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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 118

—¿Cómo es que tienes una grabación de Noah, mamá? —preguntó Emma, sintiendo que un escalofrío le recorría la espalda mientras observaba a su madre, luego de que ella confesarse que tenía en su poder aquella grabadora.

​Angélica se encogió de hombros, restándole importancia al asunto con una naturalidad pasmosa. No había rastro de culpa en sus ojos, solo ese pragmatismo frío que la caracterizaba.

​—Quería chantajearlo —soltó sin más, con una franqueza que dejó a Emma y a Benedict en un breve pero denso silencio. Angélica arqueó una ceja, ajustándose el suéter que usaba—. Se lo merece. Por engañarte, por hacerte sufrir y por creerse más inteligente que yo. Además, siempre es bueno sacar provecho de las circunstancias cuando la vida te pone las herramientas en la mano.

​Benedict ladeó una sonrisa, una expresión que mezclaba la sorpresa con una pizca de admiración retorcida. Su suegra era toda una culebra, una mujer capaz de morder a traición si eso le garantizaba una ventaja, y la verdad es que eso no le molestaba. Mientras no se metiera con él y todo ese veneno lo usara para proteger a Emma, no había nada que decir al respecto. En su mundo, la moralidad era un estorbo, y tener a alguien así cerca era más una ventaja que una carga.

​Angélica se retiró a su habitación un momento, dejando la tensión flotando en el aire. Minutos después regresó con paso decidido y reprodujo la grabación, mostrándole a ambos lo que Noah le había confesado a su amigo David en un momento de estúpida confianza.

​Benedict frunció el ceño, apretando la mandíbula mientras escuchaba la voz de Noah. El tono de su sobrino en la grabación era el de un hombre que se sentía dueño del destino de todos los demás. Noah aseguraba con una frialdad decidida que su plan era divorciarse de Mariana sin dudarlo. El motivo: solo necesitaba que ella le diera un hijo varón para asegurar que su abuelo le entregara la herencia familiar. Una vez que tuviera el dinero y el poder en sus manos, pensaba botar a Mariana a la calle como si fuera basura inservible para regresar con Emma. Benedict sintió un exceso de rabia cuando escuchó a Noah afirmar que estaba seguro de que Emma volvería con él, bajo la estúpida creencia de que ella solo estaba herida por el abandono pero que lo seguía amando con la misma intensidad de siempre. El tipo incluso mencionaba que si lo que Emma buscaba era dinero, él le daría todo con tal de que se divorciara de Benedict, pretendiendo comprar un perdón que no se le concedería ni en mil vidas.

​La grabación continuaba y el enojo en la habitación crecía. Noah confesaba detalles todavía más crudos sobre sus intenciones. Decía que se la llevaría lejos, que le pediría perdón por haberla traicionado y por casarse con Mariana solo para asegurar su puesto en la jerarquía familiar. Según él, Emma lo perdonaría porque entendería que esa traición fue un "sacrificio" por el futuro de ambos. Aseguraba que buscaría recuperarla cueste lo que cueste, como si ella fuera un trofeo que se podía reclamar después de haberlo arrojado al lodo.

​Emma apretó los puños con tal fuerza que sus nudillos se volvieron blancos. Ya no sentía amor por él, no quedaba ni el más mínimo rastro de afecto, pero le indignaba profundamente la pésima persona que Noah demostraba ser. Le revolvía el estómago pensar que su bebé llevaba esa misma sangre, que compartía un lazo biológico con un hombre tan mezquino y manipulador.

​Benedict le arrebató la grabación a Angélica con un movimiento rápido.

​—¿Quién más ha escuchado esto? —preguntó Benedict, con una voz que era puro hielo.

​—Noah —respondió Angélica, cruzándose de brazos—. Me iba a dar una casa a cambio de mi silencio. Estaba casi cerrado el trato, pero claro, con esa mujer moribunda y el accidente, todo se fue al carajo. Aunque dudo que él se acuerde de que esto ahora que Mariana está en ese estado.

​—Yo me haré cargo —sentenció Benedict.

​No podía dejarlo pasar. Si Noah era el responsable del accidente de Mariana, por mucho que Benedict detestara a la mujer, tenía que pagar. No era por justicia hacia ella, sino por seguridad. Noah era un peligro errante para Emma y para la hija que venía en camino. Si era capaz de planear tal nivel de manipulación con su propia esposa y heredero, no se detendría ante nada para intentar desestabilizar su matrimonio con Emma.

​Angélica asintió y se retiró a su habitación, sintiendo cómo un peso se liberaba de sus hombros. No sentía remordimiento por haber chantajeado a ese hijo de puta, pero ocultar esa información a la larga podría traer consecuencias desastrosas. Si Benedict lo resolvía con sus propios métodos, ella ya no tendría que recurrir al contacto ruso para acabar con Noah. Eso le quitaba un problema de encima y le permitía dormir más tranquila.

​Benedict soltó un suspiro pesado, mirando hacia la nada. Los comportamientos de su sobrino no le enorgullecían en lo absoluto; al contrario, le daban asco. Sin embargo, debía admitir que le agradaba que cada acción de Noah lo alejara más de Emma. Le irritaba profundamente pensar que Noah pudiera enterarse de que la bebé era suya y que intentara vanagloriarse de tener un lazo tan fuerte con Emma. El simple hecho de imaginar a Noah sintiéndose vinculado a Emma por la sangre de la bebé le provocaba una rabia asesina que necesitaba canalizar de inmediato.

​—Solo quiero relajarte, Emma —murmuró él contra su piel, antes de volver a lamerla con fuerza.

​Emma sintió un movimiento en su vientre, una pequeña sacudida que hizo que Benedict se detuviera un segundo para sonreír contra su muslo. La bebé se había manifestado, se estaba moviendo bajo su mano.

​—La pequeña está de acuerdo con su padre —dijo con descaro, antes de retomar su tarea con más ímpetu.

​Emma cerró los ojos, echando la cabeza hacia atrás. Sentía la lengua de Benedict trabajando sobre su clítoris con una lentitud demasiado placentera, subiendo y bajando, presionando justo donde ella más lo necesitaba. El placer comenzó a irradiar desde su centro, borrando por un momento la rabia y el asco que la grabación le había provocado. Sus emociones eran un caos: la indignación se mezclaba con el deseo bruto que Benedict siempre lograba despertar en ella. Sintió cómo sus músculos se tensaban y cómo el calor la invadía por completo hasta que finalmente se corrió en su boca, soltando un grito ahogado que él devoró sin reparo.

​Benedict se levantó con una agilidad impresionante y comenzó a desabrocharse el cinturón con manos impacientes. Sus ojos brillaban con una intensidad oscura, una necesidad que no se había saciado solo con ella. Su verga estaba demasiado dura y ahora más que nunca tenía unas ganas insanas de descargarse dentro de ella.

​—Joder, no es suficiente —gruñó, mirando brevemente su reloj de pulsera—. Aunque tengo diez minutos.

​El sexo era su forma de canalizar la rabia que le corría por las venas, una manera de recordarle a Emma que él era suficiente hombre para ella y dejar claro que Noah no tenía espacio en esa ecuación. Tenía mucho que resolver y su sobrino había cruzado todas las líneas posibles, pero en ese momento, bajo la luz tenue de la habitación, lo único que importaba era poseer a la mujer que Noah creía que podía recuperar. Benedict iba a encargarse de mandarlo lo suficientemente lejos para que nunca más pudiera estorbar en la familia que él estaba protegiendo.

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