Conocer la verdad detrás de lo que fue un grave accidente no era una tarea fácil, al menos no para los simples mortales que dependían de la burocracia y los informes policiales deficientes. Sin embargo, para un hombre poderoso y con el dinero suficiente para mover los hilos necesarios, encontrar una respuesta definitiva a ese supuesto percance era solo cuestión de tiempo. Las probabilidades de obtener la información que buscaba aumentaban con cada dígito en su cuenta bancaria, y Benedict era un hombre sumamente poderoso, alguien que no conocía los límites cuando se trataba de conseguir un objetivo.
Acababa de tener esa conversación crucial con Robert. Dejarle claro que la bebé era su hija sin importar lo que dijera una prueba de ADN había sido su declaración de soberanía. Aquella respuesta rotunda sobre la paternidad le trajo un extraño alivio en el fondo de su ser; después de todo, se sentía bien saber que no todos los secretos debían llevarse a la tumba y que algunas verdades necesitaban ser gritadas con orgullo. Sin embargo, Benedict había omitido deliberadamente la parte más peligrosa de la historia: el hecho de que Noah le había pagado a un mercenario ruso para asesinarlo. Y es que esa omisión no había sido algo al azar, Benedict lo había ocultado a su padre con toda la intención de que no lo supiera. Porque Robert era un hombre sumamente inteligente; si Benedict mencionaba el trato de su nieto con el ruso, el viejo ataría cabos de inmediato. Sabría que, para tener esa información, Benedict también se movía en las sombras y mantenía negocios con el crimen organizado.
A veces era mucho mejor dejar quieto lo que estaba quieto, mantener las cartas ocultas y no levantar sospechas innecesarias. Lo verdaderamente importante en ese momento era que su padre ya sabía la clase de escoria que tenía por nieto y que él, siendo un hombre al que no le importaba en lo más mínimo las consecuencias que esa investigación pudiera traer a su sobrino, llegaría hasta lo último para destruirlo.
Benedict subió a su auto, aflojando un poco el nudo de su corbata para liberar la tensión que le oprimía el cuello. Tenía una promesa que cumplir. Le había asegurado a Emma que la llevaría a cenar esa misma noche; sabía perfectamente que su antojo por los postres dulces no había mermado con los meses de embarazo, al contrario, parecía aumentar. Quería llevarla a un lugar exclusivo donde pudiera saborear varias opciones sin restricciones, porque le encantaba verla disfrutando de cada bocado, observando la forma en que sus ojos brillaban con esos pequeños detalles que para él eran algo mínimo siendo un hombre que quería poner el mundo a sus pies. . Aunque llegar a ese restaurante implicaba conducir al menos una hora de distancia, el viaje valía totalmente la pena si al final obtenía esa sonrisa que le pertenecía solo a él.
Sin embargo, antes de pasar por ella, tenía que cumplir con una escala forzosa y crucial. El auto avanzó con rapidez por las avenidas principales hasta detenerse frente a un edificio de gran lujo que se alzaba con imponencia en la zona más exclusiva de la ciudad. Benedict se dirigió a ver a un detective privado, pero no a uno cualquiera de esos que se ocultan en oficinas de mala muerte y persiguen infidelidades baratas. Este hombre era un especialista de alto nivel, un sujeto que por una jugosa cantidad de dinero era capaz de desenterrar a los muertos si con ello obtenía la información necesaria para sus clientes. No se escondía de nadie; su despacho estaba a la vista de todos porque sabía que, mientras le llegaran al precio —el cual no era nada barato—, estaba dispuesto a buscar y encontrar lo que fuera.
Al ingresar, la secretaria lo reconoció de inmediato y lo hizo pasar sin hacerlo esperar ni un solo segundo. El espacio privado gozaba de una sofisticación impecable, con muebles de diseñador y una vista panorámica que gritaba éxito ilícito. André Jackman, el detective, se puso de pie para recibirlo, mostrando una sonrisa astuta que denotaba que sabía perfectamente quién era el hombre que cruzaba su puerta.
Benedict se mantuvo altivo y seguro de sí mismo, como siempre, sentándose en uno de los sillones de cuero negro sin perder la postura de autoridad que lo caracterizaba.
—No solo buscaré pruebas de esa caída, encontraré cualquier negocio turbio que le involucre a él y a esa esposa suya. A veces estos "accidentes" , se dan cuando el otro tiene información que no desean que se sepa —declaró André encogiendose de hombros.
—Pero para ello, necesitaré acceso a la lista de invitados de los eventos más recientes. Una lista de los lugares a los que hayas asistido con tu esposa desde tu anuncio del compromiso. Los informes médicos del hospital donde está Mariana y, si es posible, un plano detallado del lugar de la caída. También investigaré las cuentas de Noah; los movimientos bancarios inusuales de las últimas semanas siempre hablan cuando las personas deciden callar. Comenzaré de inmediato, no perderé tiempo.
—Eso espero, Jackman. No me interesan tus métodos, solo quiero los resultados en mi escritorio lo antes posible —concluyó Benedict, poniéndose de pie con la misma seguridad con la que había entrado, listo para iniciar la cacería que terminaría por sepultar a su enemigo.

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