Las conversaciones de negocios siempre se tornaban tensas, sobre todo aquellas en las que había mucha información por descubrir y mucho dinero de por medio sobre la mesa.
Benedict regresó a casa con la mente trabajando a mil revoluciones, pero todo ese ruido se apagó en el instante en que subió a su habitación y vio a Emma frente al tocador, deslizándose un labial encendido por sus carnosos labios. Emma sonrió al notar su presencia a través del reflejo del espejo y detuvo sus movimientos al sentir cómo él se aproximaba con ese porte seguro y dominante que la hipnotizaba. Benedict se colocó justo detrás de ella, atrapando su mirada en el cristal, y con una lentitud que contrastaba con la urgencia que siempre le provocaba, usó su mano para elevarle el rostro. Con el pulgar recorrió el labio inferior de Emma, delineando la humedad de la pintura roja; joder, se imaginó de inmediato su verga hundiéndose en medio de esos labios carmines, haciéndola tragar hasta el fondo.
—Me daré una ducha rápida —avisó con la voz más oscura de lo habitual.
Emma asintió en silencio, sintiendo cómo una corriente eléctrica le recorría la espina dorsal. Benedict siempre causaba ese efecto destructivo y delicioso en su cuerpo con solo rozarla. Mientras él se metía al baño para despojarse del traje y cambiarse por algo más casual pero impecable, Emma tomó su pequeño bolso de mano y caminó por el pasillo hacia la habitación de su madre.
Al entrar, descubrió que Angélica también se estaba alistando para salir de la propiedad. Llevaba un vestido negro sumamente ajustado que remarcaba sus curvas y los labios pintados de un rojo idéntico al de ella. Emma achinó los ojos, cruzándose de brazos mientras observaba el esmero con el que su madre se retocaba el maquillaje.
—¿A quién vas a ver? Y no me digas que no es un hombre, porque está más que claro que lo es —preguntó Emma, esperando atraparla.
Angélica se giró con una sonrisa llena de picardía y malicia, confirmando las sospechas de su hija sin el menor rastro de vergüenza.
—Por supuesto que es un hombre. Sería un absoluto desperdicio colocarme labial rojo si fuera de otra manera.
Emma sonrió y se acercó un poco más, ayudándola a acomodar el cierre rebelde del vestido en la espalda.
—¿Y a quién verás? ¿Es alguien importante?
Angélica lo pensó durante un breve segundo, mirando su propio reflejo antes de responder.
—No le digas a tu abuela, pero es menor que yo. Seguramente tiene la edad del gusano de Noah, quizá unos años mayor —confesó, lo cual fue sorprendente para Emma, aunque claro, jamás la juzgaría. Por el contrario, le emocionaba que su madre tuviera un poco de diversión en la vida.
—¿Y es importante? —cuestionó Emma otra vez, buscando desentrañar lo que su madre ocultaba.
Angélica negó con la cabeza, aunque por dentro ella misma dudaba de la certeza de su respuesta. No podía ser importante; habían tenido sexo duro, él le había proporcionado los mejores orgasmos de su vida, pero el Ruso no era el tipo de hombre que la tomaría en serio, y ella misma no tenía intenciones de involucrarse sentimentalmente con un tipo tan peligroso.
Benedict tomó la mano de Emma con firmeza y miró a su suegra antes de salir.
—Usa al chofer, Angélica, estará listo en cualquier momento —indicó, sabiendo que Emma estaría mucho más tranquila si su madre viajaba segura.
—Y llámame si necesitas algo, mamá —completó Emma.
Los dos bajaron las escaleras tomados de la mano, subieron al vehículo y se encaminaron hacia la cena que Benedict le había prometido. Durante el trayecto de una hora, el silencio dentro del automóvil se volvió denso, devorado por los pensamientos lascivos que compartían. Emma miraba de reojo el perfil de su esposo, deseando que el viaje terminara para poder desabrocharle los pantalones, mientras Benedict mantenía una mano firme sobre el muslo de ella, apretando la carne a través de la tela, recordándole lo mucho que le gustaba.
Una vez en el restaurante de lujo, apartados en una mesa discreta, Emma se dedicó a saciar sus antojos. Tomó un trozo de pastel de chocolate bañado en un espeso jarabe dulce y, al morderlo, ensució la comisura de sus labios. Benedict la observó con una intensidad oscura y devoradora; se inclinó hacia delante y, con la yema del dedo, le limpió el rastro del dulce. Emma contuvo el aliento al ver cómo él recolectaba esa gota de jarabe con la punta de la lengua, saboreándola con una lentitud que la hizo humedecerse de inmediato entre las piernas. En ese instante, ella quería recolectar otro tipo de jarabe, uno mucho más espeso y salado, directamente de la verga de su esposo. Benedict notó la lujuria en sus ojos, se acercó a su rostro y la besó; no fue un beso largo ni demasiado profundo porque estaban en un lugar público y rodeados de gente de la alta sociedad, pero tuvo la intensidad suficiente para demostrarle que era la única mujer que gobernaba su mente y su cama.
Mientras tanto, en la otra parte de la ciudad, Angélica hizo caso a las recomendaciones y dejó que el chofer la llevara directamente al club privado donde sabía que encontraría al Ruso. El ambiente del lugar era oscuro, envuelto en música baja y la presencia de hombres de negocios turbios. Ahora que Benedict se encargaría personalmente de investigar y hundir a Noah por lo de Mariana, ya no había ninguna razón lógica para continuar con ese trato peligroso. Había ido hasta allí con un objetivo claro: le diría al mercenario que sus servicios ya no eran necesarios, que el contrato quedaba cancelado y que debían olvidar para siempre lo que había ocurrido en la intimidad de esa cama. No quería más riesgos, ni más secretos que pudieran arrastrarla al abismo.

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