Angélica se sentó en la mesa privada sin esperar siquiera una invitación formal, y el Ruso sonrió de inmediato ante semejante atrevimiento. Sus ojos oscuros la recorrieron con una lentitud que le erizó la piel.
—¿Viniste a pagarme otra de las cuotas? Pensé en llamarte hoy mismo, pero veo que me has leído la mente —dijo el hombre, con esa voz áspera que delataba su origen.
Un mesero se acercó de inmediato con la cabeza baja, y el Ruso le pidió una bebida para Angélica con un simple gesto de la mano. No se veía molesto por su llegada sin previo aviso sino todo lo contrario. En ese momento, una mujer despampanante se aproximó a la mesa, ignorando deliberadamente la presencia de Angélica. Se inclinó hacia el hombre, exhibiendo la mitad de los pechos en un escote profundo que no dejaba casi nada a la imaginación, buscando capturar toda su atención.
—¿Quieres desestresarte un poco esta noche? —preguntó, con una voz arrastrada y provocativa. Dando una mirada breve a la rubia para hacerle saber que sabía que estaba ahí, pero simplemente no le interesaba. Acomodó su cabello negro sobre su hombro y le dedico una sonrisa al hombre de los tatuajes.
—Ya estoy a punto de desestresarme —respondió el Ruso, sin apartar los ojos del escote de la madre de Emma, levantaba sus pechos de una forma tan sensual que era imposible ignorarlos, aunque no era tan revelador, ignorando por completo el ofrecimiento de la desconocida.
Angélica tomó la copa que el mesero le trajo con total calma, saboreando el momento. La mujer, molesta por el desprecio pero intentando mantener la compostura, insistió burdamente, fingiendo que Angélica era invisible en ese lugar.
—Bebe un trago conmigo en otra parte. No pierdas el tiempo aquí.
Angélica asumió en silencio que esto era algo perfectamente normal en la vida de ese hombre. Seguramente tenía sexo cada día con una mujer diferente, y a decir verdad, a ella no le había importado pertenecer a esa larga lista de conquistas pasajeras. Sin embargo, tampoco pudo evitar la profunda incomodidad que la invadió al verse atrapada en medio de esa conversación tan barata. La mujer era bonita, mucho más joven que ella sin duda alguna, y aunque la edad no le importaba en lo absoluto, prefirió que lo mejor era irse de ahí cuanto antes.
—Lárgate. Estoy ocupado con Angie —sentenció el Ruso, despachando a la mujer con un tono mucho más alto, haciéndole saber que no estaba bromeando.
¿De verdad la había llamado Angie? Qué atrevido. Angélica frunzó el ceño con indignación, una reacción que pareció fascinar al mercenario. Después de que la mujer la barrió con la mirada llena de veneno y se largó con los tacones resonando con furia, el Ruso se inclinó hacia adelante.
—Dime, Angie, ¿a qué debo tu hermosa visita? —cuestionó con mayor seriedad.
—No debiste correr de esa manera a tu... amiga. Después de todo, no demoraré mucho aquí. Vine porque debemos terminar con esta relación laboral que tenemos —soltó Angélica, manteniendo la voz firme.
El hombre se sorprendió un poco, entornando los ojos mientras ella continuaba con su discurso sin flaquear.
El ruso la observó mientras se alejaba y Angélica sintió en el pecho una punzada extraña, una mezcla de vacío y agitación en la que no quería indagar por su propia salud mental. Pero antes de cruzar la puerta de salida, una mano grande y despiadada la jaló del brazo con fuerza, arrastrándola hacia un pasillo oscuro. Con brusquedad, el Ruso la pegó contra el muro de piedra, acorralándola con su propio cuerpo.
—¿Crees que es tan fácil romper un trato conmigo? —cuestionó más incrédulo por el atrevimiento.+—. Aunque, por alguna razón, tu maldita falta de tacto me ha alegrado la noche. Tal vez soy un masoquista —susurró el Ruso, pegando sus labios a su oreja para morderle el lóbulo con una sutileza que la hizo jadear.
Angélica intentó zafarse, pero él era una montaña de músculos, demasiado grande y fuerte. Su aliento caliente la quemaba.
—No creo que hayas venido con ese lindo vestido negro, elevando de esa forma tus pechos, solo para terminar con nuestro acuerdo. Estoy seguro de que al menos buscabas sexo de despedida.
—Eres un... —comenzó a decir Angélica, con la rabia hirviendo en su voz, pero los labios del hombre la silenciaron de golpe.
Su beso fue intenso, posesivo y cargado de una demanda brutal que le nubló el juicio. La dureza de su pene erecto presionando contra su vientre bajo el pantalón se convirtió en una maldita tentación que la hizo derretirse. El maldito había dado en el clavo; Angélica también quería despedirse del Ruso con sexo, deseaba una última noche de esa perdición antes de cerrar esa puerta para siempre.

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