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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 123

A decir verdad, Angélica se había colocado ese vestido negro de corte ceñido y una linda tanga de encaje rojo con la firme esperanza de despedirse de una forma muy candente del Ruso. Su intención oculta era provocar al hombre, doblegar su postura imperturbable y quizás tener una última noche de placer con el tatuado; una sesión donde los dos disfrutaran lo suficiente para luego dar la vuelta a la página y fingir que jamás había pasado nada entre ellos, tal como se acostumbraba hacer con cualquier amante de paso que cruzaba por la vida de quienes no esperaban ataduras. Lo que nunca esperó fue verse a sí misma como una colegiala urgida que no tenía ni para pagar la habitación de un hotel de paso. Porque así era justamente como se sintió en ese pasillo oscuro, un espacio semipúblico detrás de las cocinas del club donde cualquiera podría cruzar en cualquier momento y descubrirlos en plena falta.

​Pero ya era demasiado tarde para analizar el panorama o retroceder con dignidad, sobre todo porque el Ruso ya tenía el cierre del pantalón abajo y la mano de Angélica envolvía su erguida erección, midiendo el calor acumulado y el grosor de la carne que latía contra su palma.

M****a, eso definitivamente no lo vio venir con tanta rapidez. En su vida había realizado muchas locuras, pero tener sexo contra la pared en un rincón de un club nocturno resultaba excesivamente excitante, encendiendo un morbo que creía enterrado.

​El Ruso bajó los tirantes del vestido negro con un movimiento fluido y certero, liberando sus pechos por completo en la penumbra. Se inclinó de inmediato para chupar sus pezones, alternando entre mordiscos sutiles que la hacían jadear y caricias húmedas con la lengua que le tensaban el vientre. Angélica cerró los ojos y rogó internamente que no hubiera cámaras de seguridad en esa esquina, con guardias de turno masturbándose mientras veían el espectáculo, pero pese a la plena conciencia del riesgo, no pretendía detener el encuentro. El hombre la acarició con urgencia, metiendo la mano libre por debajo de la tela del vestido para frotar su clítoris con el pulgar, encontrándola ya empapada. Su mirada ardía cuando se separó un segundo para ver cómo los ojos de Angélica se ponían vidriosos por el deseo. Hundió dos dedos en su interior, moviéndolos con un ritmo constante, estirando sus paredes mientras la besaba para ahogar los gemidos que amenazaban con delatarlos. Cuando ella llegó al orgasmo, el espasmo fue violento, un temblor que él recibió directo en la boca, devorando su aliento. El Ruso sacó los dedos húmedos, se los llevó a los labios para probar su propio sabor sin apartar los ojos de ella y la besó nuevamente, pasándole el gusto de su esencia antes de colocar el glande en su entrada.

​La elevó del suelo por completo, obligándola a enredar las piernas alrededor de su cintura mientras le hacía a un lado la tanga de encaje, dejando su intimidad totalmente expuesta. La embistió con fuerza de un solo golpe, haciéndola chocar contra el muro. Angélica clavó los dientes en su hombro para no gritar al sentir el grosor entrando sin contemplaciones; el hombre comenzó a moverse en un vaivén rudo, empujando con una potencia que la hacía sentir que la tomaba demasiado profundo, rozando el límite de su resistencia. El crujido de la ropa y el sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenaban el angosto pasillo, incrementando la adrenalina de ser atrapados.

​—Quiero correrme dentro de ti —dijo el Ruso con una ronquera criminal, apretando sus nalgas con las dos manos para estamparla más fuerte contra él.

​Angélica cayó en cuenta de que no habían usado condón. Joder, de verdad parecía una adolescente ardiendo en hormonas que había olvidado las reglas más básicas de protección por un momento de calentura. La razón le decía que lo detuviera, pero el calor que emanaba del cuerpo del mercenario le nublaba cualquier rastro de cordura.

​—Dijiste que es la última vez, Angie. Déjame llenarte de mí —susurró el Ruso, buscando sus ojos en la oscuridad, obligándola a mirarlo mientras se hundía con más fuerza y lentitud, saboreando el control que tenía sobre ella.

​—Vete. Ella se va conmigo esta noche —indicó el Ruso, cerrando la puerta del chofer antes de que el hombre pudiera siquiera cuestionar la orden.

​El auto de la familia avanzó perdiéndose en la avenida, dejando a Angélica varada en la acera junto al mercenario, sintiendo el aire frío de la noche golpear sus piernas descubiertas.

​—¿Qué haces? —preguntó ella, girándose con indignación, intentando recuperar la postura de mujer inalcanzable que se le había caído en el pasillo.

​—¿Crees que esto fue una despedida, Angie? Ese fue solo el abreboca de la noche —respondió el Ruso, mostrándole las llaves de su propio auto con un brillo de malicia en los ojos.

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