Hubo muchas veces en las que Benedict observó a mujeres de rodillas con los labios pintados de rojo mientras su verga se deslizaba en su boca, pero ninguna experiencia en su pasado era remotamente similar a verla a ella en el acto.
Emma rompió todos sus esquemas. En algún momento de la noche, las cosas habían escalado de una manera descontrolada y terminaron en ese lujoso apartamento que le pertenecía a Benedict en el centro de la ciudad. No es que fuera un hombre pudoroso que no pudiera cogerla en la calidez de su propia casa, sino porque sabía perfectamente que ese lugar les quedaba mucho más cerca en la ruta y no se detuvo siquiera a pensarlo dos veces cuando el deseo los desbordó en el auto. Todo comenzó cuando Emma expresó abiertamente y sin tapujos que tenía un antojo en particular, un capricho del embarazo que constaba de crema batida untada sobre su miembro duro. Benedict no pudo resistirse ante semejante confesión lasciva de su esposa; la urgencia lo dominó, aceleró a fondo y la llevó directo al interior del edificio, subiendo las escaleras sin romper el contacto físico.
Una vez dentro del lujoso espacio, el juego se volvió una tortura deliciosa. Emma se arrodilló sobre la alfombra, desabrochando el pantalón de Benedict con dedos hábiles y liberando la enorme pieza de carne que ya latía con fuerza, totalmente despierta. Tomó el bote de crema batida que habían conseguido y comenzó a untarla por todo el largo del miembro, cubriendo la piel ardiente con esa sustancia fría que generó un contraste electrizante. Benedict soltó un gruñido ronco, enterrando las manos en el cabello de Emma mientras la observaba iniciar su labor. Ella comenzó a quitar la crema con la lengua, usando pasadas lentas y ascendentes que volvían loco a Benedict, saboreando la mezcla del dulce con el sabor natural del hombre. Emma succionaba con fuerza, metiendo la cabeza de su miembro en su boca, jugando con el frenillo y envolviendo el grosor con sus labios carnosos. Benedict sentía que los pensamientos se le nublaban; las sensaciones eran demasiado intensas, un calor abrasador que se concentraba en su pelvis con cada movimiento rítmico y experto que ella ejecutaba. Emma subía y bajaba, desafiando su propia capacidad, haciéndolo gemir sin contenerse, disfrutando del poder que tenía sobre el hombre más implacable de la ciudad. El placer se volvió insoportable, una marea que empujó a Benedict al límite hasta que no pudo más y se corrió con fuerza en su boca, vaciando una cantidad impresionante de semen espeso. Emma se lo tragó todo sin dudarlo un solo segundo, manteniendo la mirada fija en él, demostrando una devoción absoluta. A Benedict le fascinaba ese contraste único en ella; tenía una mirada dulce y era una mujer buena y noble en el día a día, pero también podía transformarse en un ser completamente seductor, sensual y atrevido en la intimidad de su alcoba. Joder, verla arrodillada con los labios llenos de su semen era la imagen más sucia y hermosa que había presenciado en su vida.
Sin dejar que se recuperara del todo, Benedict la tomó en vilo y la llevó directamente hacia la bañera principal, donde el agua caliente ya comenzaba a llenarse. La despojó de la ropa que le quedaba y se metió con ella a la tina, dejando que el líquido elemento cubriera sus cuerpos entrelazados. Su vientre abultado no fue un impedimento en absoluto para lo que planeaban hacer; al contrario, añadía una capa de erotismo y vulnerabilidad que Benedict adoraba adorar. Emma se subió a su regazo, acomodando sus piernas a los lados de las caderas de él, y se dejó caer lentamente sobre su verga que ya volvía a ganar dureza gracias al calor del agua. La cogió dentro del agua con un ritmo pausado pero profundo, sintiendo cómo la fricción líquida alteraba las sensaciones, volviendo cada embestida una experiencia completamente nueva y sumamente placentera.
Emma echó la cabeza hacia atrás, apoyándose en el pecho de Benedict mientras las olas pequeñas de la tina salpicaban el suelo de mármol. Los gemidos de ella resonaban en las paredes del baño, mezclándose con el sonido del agua moviéndose con violencia debido al vaivén constante de sus cuerpos. Benedict la sostenía de la cintura, guiando el ascenso y descenso, hundiéndose en su interior húmedo y caliente con una necesidad primitiva de marcarla como suya una vez más. Las olas de placer comenzaron a pasarle factura a Emma de forma inmediata; la sensibilidad de su cuerpo debido al embarazo la llevó a experimentar un primer orgasmo sumamente rápido, un espasmo largo que le hizo contraer las paredes vaginales alrededor del miembro de Benedict, obligándolo a detenerse un momento para no venirse junto con ella. Él la besó en el cuello, saboreando el sudor y el agua que se mezclaban en su piel, dándole tiempo de recuperarse antes de reiniciar la marcha con mayor intensidad.
El ritmo cambió a uno más lascivo y lujurioso, con Benedict moviéndose con fuerza desde abajo, haciendo que el agua se desbordara de la tina. Emma se aferraba a sus hombros, sintiendo cómo la plenitud de tenerlo adentro la hacía delirar de nuevo. La estimulación constante en ese entorno tan íntimo y caliente la arrastró rápidamente hacia un segundo orgasmo en un momento diferente de la noche, un clímax mucho más intenso que el primero que la dejó temblando por completo en los brazos de su esposo. Benedict esperó a que ella disfrutara de cada réplica del placer antes de dar sus últimas estocadas, hundiéndose al fondo del templo que era el cuerpo de Emma y liberando su semilla dentro del agua, sellando otra noche de absoluto desenfreno en la que demostraron que su vínculo era indestructible.

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