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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 125

La bandeja de plata descansaba sobre la mesa del despacho de Robert, adornada con una torre de panqueques recién horneados que Catalina había llevado consigo. El aroma a vainilla y mantequilla inundó el espacio, rompiendo la habitual rigidez de la habitación de un plumazo.

La presencia de la mujer que en los umtimos meses ocupaba sus pensamientos le habia sido verdaderamente grata. No se espersba que fuers ella quien decidiera tomar la iniciativa de verlo, pero no lo arruinsria con preguntas incomodas.

Robert observó el plato con una sonrisa que le borró las arrugas de la frente por un momento, estirando la mano para tomar uno sin importarle las formalidades. Al morderlo, la nostalgia lo golpeó directo en el pecho; el sabor era exactamente el mismo de hace tantos años, cuando eran apenas dos jóvenes devorados por un amor prohibido.

—Sigues usando la misma cantidad exagerada de canela, Catalina —dijo Robert, saboreando el bocado con los ojos cerrados.

—Es el ingrediente secreto, Robert. Aprendiste a comerlos así porque no tenías otra opción cuando fuimos novios, recuerdas que te los pasaba a escondidas por la ventana de la cocina de mi tía —respondió Catalina, soltando una risa coqueta que le devolvió el brillo de la juventud a su rostro.

Ambos devoraron los panqueques entre risas, recordando las quemaduras de sol, las cartas escritas en papel de fumar y las huidas improvisadas a la playa. Para cuando terminaron el plato, Robert destapó una botella de vino tinto que guardaba para ocasiones especiales. Catalina, llevada por la ligereza del momento y la comodidad de estar a su lado, bebió una copa tras otra sin medir las consecuencias. El alcohol no tardó en hacer su efecto, soltándole la lengua y despojándola de la timidez que los años de distancia le habían impuesto. Estaba borracha, con las mejillas encendidas y una risita floja que a Robert le pareció la cosa más adorable del mundo. De pronto, Robert soltó un quejido, frotándose el tobillo con una mueca de dolor debido a una vieja lesión de la rodilla que le cobraba factura con los cambios de clima.

—Déjame ayudarte con eso, no siempre fuiste un quejumbroso —dijo Catalina, levantándose del sillón con un andar un tanto inestable.

Se arrodilló directamente en el suelo con lentitud, justo entre las piernas de Robert, quien estaba sentado en su enorme sillón de cuero. Catalina le quitó el zapato y el calcetín, colocándose el pie del hombre sobre su regazo para comenzar a darle un masaje profundo en la planta y los tobillos, aplicando presión con los pulgares mientras se inclinaba hacia delante debido a la borrachera. Desde el ángulo de la puerta principal del despacho, la posición era sumamente comprometedora.

Maldita mosca muerta —dijo para sus adentros. Catalina se hacia la santa y la muy cuzca estaba de rodillas ante Robert.

Mientras tanto, ajenos al caos de la cocina, en el despacho la atmósfera se había vuelto sumamente apasionada. Catalina se puso de pie, impulsada por el valor del vino, y miró a Robert con una intensidad que borró cualquier atisbo de comedia. Se inclinó sobre él y lo besó. Fue un beso profundo, húmedo, cargado de toda la nostalgia del tiempo perdido, de las promesas que no pudieron cumplirse y de ese amor salvaje que nunca dejó de existir a pesar de los matrimonios de conveniencia y los años de separación. Robert le correspondió con la misma urgencia, tomándola de la cintura para pegarla a su cuerpo, saboreando el vino y la canela en sus labios, reconociendo que ella seguía siendo la única dueña de sus pensamientos más íntimos. Cuando se separaron, Catalina apenas podía mantenerse en pie por el mareo de la bebida.

—Es hora de llevarte a casa, estás completamente borracha —dijo Robert, con una sonrisa tierna mientras le acomodaba el cabello.

Robert la tomó del brazo para ayudarla a caminar por los pasillos de la mansión, saliendo por la puerta principal donde el chofer ya los esperaba con la puerta del automóvil abierta. Aunque el empleado conduciría el vehículo, Robert insistió en subir con ella para ir a dejar a Catalina personalmente a la residencia de su hijo, negándose a soltar su mano durante todo el trayecto por las calles iluminadas de la ciudad.

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