Fue en una vieja cabaña de pescadores, lejos del ojo vigilante de su tía y de las absurdas reglas de una sociedad que ya pretendía encadenarlos a realidades distintas. Robert recordaba a la perfección el sudor corriendo por la espalda de Catalina mientras ella se horquillaba en sus caderas, los gemidos ahogados por el ruido constante del oleaje y la forma en que sus dedos se enterraban en la madera rústica buscando un punto de apoyo. Habían sido salvajes, imprudentes y destructivos. Un amor que no pedía permiso y que se consumía en la clandestinidad de las tardes de verano, donde el aroma a salitre se mezclaba con la costosa loción que él siempre usaba, una fragancia de notas amaderadas y exclusivas que delataba su cuna de oro. Robert siempre tuvo dinero, el poder de su apellido lo respaldaba a cada paso, mientras que Catalina venía de un origen humilde. Ella trabajaba en una pequeña cafetería local, un lugar común e insignificante para la élite, pero Robert aparecía casi a diario solo para verla sonreír detrás de la barra, desafiando el estatus de su linaje y las amenazas de su propia familia.
Terminar en ese rincón olvidado de la costa había sido su perdición y su gloria. Catalina entregó su virginidad en ese lugar poco convencional, un refugio húmedo y frío que ellos convirtieron en un infierno ardiente. Robert rememoraba la mirada de terror y fascinación de la joven al ver su verga por primera vez, asustada por el tamaño imponente de un miembro grande que prometía destrozarla, pero que ansiaba sentir dentro.
Con una paciencia que no poseía para nada más en la vida, él le quitó la virtud con cuidado, transformando el dolor inicial en un delirio de placer puro, haciéndola suya toda la noche, una y otra vez, hasta que el amanecer los encontró exhaustos y marcados por el fuego de una pasión prohibida.
Varias décadas después, el trayecto en el asiento trasero del automóvil no era muy diferente en esencia, aunque el escenario fuera un lujoso vehículo blindado y el chofer mantuviera la vista al frente, fingiendo una sordera profesional. Robert sostenía la mano de Catalina, contemplando sus facciones maduras bajo las luces intermitentes de la ciudad que se colaban por los cristales tintados. Al volver al presente, al mirarla de cerca en la penumbra del coche, vio en los ojos de Catalina a esa misma joven a la que nunca dejó de amar, la misma mirada desarmada y altiva que lo volvía loco en la juventud. El peso de los años, las arrugas en las comisuras de sus ojos y las vidas enteras que habían construido por separado parecieron borrarse de golpe. No pudo contenerse más y la tomó por la nuca, atrayéndola hacia él.
La besó con una desesperación intensa, reclamando su boca con la autoridad que le pertenecía por derecho de historia. Catalina correspondió al instante, soltando un leve suspiro contra sus labios. Sus manos, marcadas por el paso del tiempo pero firmes en su andar, subieron por el pecho de Robert, aferrándose a las solapas de su abrigo con una mezcla de rabia por el tiempo perdido y una devoción que la madurez solo había hecho más profunda. Se besaron como dos adultos mayores que conocen perfectamente la brevedad de la vida, con una lentitud preñada de promesas silenciosas y la urgencia de quienes ya no tienen décadas que desperdiciar. Las lenguas se buscaron con un ritmo pausado pero cargado de un magnetismo antiguo, saboreando el vino tinto que aún compartían en el aliento. Robert delineó el labio inferior de Catalina con el pulgar, sintiendo un escalofrío recorrerle el cuerpo al notar que ella temblaba bajo su toque, tan vulnerable ante él como lo fue en la cabaña abandonada.
Cuando el auto finalmente se detuvo frente a la residencia de su hijo, el chofer apagó el motor, pero ninguno de los dos se movió de inmediato. Se miraron en la penumbra, respirando el mismo aire, con los rostros a escasos centímetros. Bajaron del vehículo envueltos en la frialdad de la noche, pero el frío exterior no logró apagar el calor que les quemaba el pecho. Catalina, con el cuerpo un tanto flojo por el efecto del vino pero con una determinación implacable en los dedos, no lo dejó marchar hacia el auto de regreso. Lo tomó del brazo con fuerza, clavándole las uñas a través de la tela de su abrigo, frenando su retirada.
—Quédate conmigo, Robert. No te vayas —dijo Catalina, mirándolo desde abajo con los ojos nublados por el alcohol y una honestidad que solo la embriaguez le permitía exhibir.
Estaba ebria, probablemente no sabía lo que decía y la lógica indicaba que sus palabras eran producto de la resaca inminente y la debilidad del momento, pero a Robert no le interesó en lo más mínimo actuar con cordura o ser el hombre sensato que la sociedad esperaba a su edad. Sabía perfectamente que a la mañana siguiente ella se arrepentiría de lo ocurrido, que la culpa, el orgullo y los fantasmas de sus pasados matrimonios regresarían para levantar ese maldito muro de hielo entre los dos. Sin embargo, en ese instante, el mundo podía irse al demonio. Él solo podía pensar en una sola cosa: estar una vez más dentro de ella, devorarla con la madurez de un hombre que sabe exactamente lo que le gusta a su mujer y recordarle a qué sabía el verdadero dueño de su cuerpo y de sus gemidos.
La tomó por la cintura, pegando su cuerpo contra el suyo, sintiendo los latidos acelerados de su corazón. La guió hacia el interior de la propiedad con pasos apresurados pero seguros, abriendo la puerta principal con la llave que ella le entregó con manos temblorosas. Subieron las escaleras en un silencio roto solo por el roce de sus ropas y las respiraciones de dos amantes clandestinos que burlaban el destino. Al llegar a la alcoba, Robert la acorraló suavemente contra la madera de la entrada, devorando sus labios una vez más en un beso posesivo que le arrebató las pocas fuerzas que le quedaban en las piernas. Catalina se entregó al contacto, enredando sus dedos en el cabello cano de Robert, gimiendo bajito cuando sintió la presión de su cuerpo reclamando el suyo. Besó una vez mas sus labios, y acto seguido se escuchó el sonido seco de la puerta de la habitación cerrándose a sus espaldas, sepultándolos en la penumbra de una intimidad que siempre les perteneció y que esa noche volverían a sellar.

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