Angélica despertó enredada en las sábanas de seda oscura de la cama del Ruso, sintiéndose exhausta y completamente desnuda. La luz del día ya se filtraba con fuerza por los ventanales del lujoso apartamento, obligándola a parpadear un par de veces antes de incorporarse sobre los codos. El cuerpo le pasaba factura; la musculatura le protestaba levemente y sentía la piel sensible debido a las fricciones de la madrugada. El Ruso apareció en la habitación vistiendo únicamente un pantalón negro holgado, sin camisa, dejando al descubierto la intrincada red de tatuajes que le cubrían el pecho, los brazos y parte del cuello. Llevaba en una mano un vaso con agua fresca y en la otra dos pequeñas pastillas. Se acercó a la orilla del colchón y se las extendió sin decir una sola palabra. Angélica se quedó observando los comprimidos con el ceño fruncido, intentando descifrar qué eran.
—Es tu píldora de emergencia y un analgésico para el dolor —dijo el Ruso, con esa voz áspera del despertar—. Tómalas.
Angélica dejó salir un suspiro de alivio absoluto al reconocer el medicamento. Habían tenido sexo salvaje y sin protección, y el Ruso había acabado dentro de ella al menos cuatro veces durante toda la noche, un descuido monumental que ahora requería una solución inmediata. Tomó las pastillas de su palma, bebió el agua de un solo trago y dejó el vaso en la mesita de noche antes de deslizarse fuera de la cama para buscar su ropa interior y el vestido negro esparcidos por la alfombra. Se vistió con movimientos rápidos, intentando recuperar la compostura y la dignidad de una mujer que no se deja amedrentar por una aventura nocturna.
—Una vez más te lo digo, esto se acabó —expresó Angélica mientras se abrochaba el cierre del vestido—. Ya no necesito tus servicios para eliminar a Noah, el asunto se resolverá en familia, así que consideremos nuestro acuerdo totalmente terminado.
El Ruso se recargó contra el marco de la puerta, cruzándose de brazos mientras la miraba con una expresión indescifrable que mutó rápidamente en una sonrisa ladina llena de suficiencia.
—De acuerdo, Angie. Si tú lo dices, el trato queda cancelado. Aunque si en algún momento te aburres de la buena conducta y quieres divertirte de verdad, ya sabes exactamente dónde encontrarme.
—Eso no sucederá —respondió ella con firmeza, colocándose los tacones.
El hombre ladeó una sonrisa que demostraba que no le creía absolutamente nada, pero no insistió. Angélica salió del apartamento, tomó un taxi de vuelta y llegó a la residencia, justo cuando la mañana avanzaba. Cuando el automóvil se detuvo frente a la entrada principal, Angélica se quedó helada al observar a Robert Campbell saliendo sigilosamente de la propiedad, mirando hacia los lados con cautela, casi como si fuera un ladrón que acababa de cometer un atraco en plena luz del día. Una sonrisa involuntaria se dibujó en sus labios pintados.
—Al menos no salió en una ambulancia —murmuró para sí misma, soltando una pequeña risa y negando con la cabeza. Tal parecía que ella no había sido la única en tener una noche ardiente y descontrolada.
Mientras tanto, en la planta alta de la casa, Catalina se encontraba en su habitación vistiendo una elegante bata de seda blanca. Había dormido muy pocas horas debido a los acontecimientos de la madrugada, pero se sentía de maravilla, con una ligereza que tenía años sin experimentar en el pecho. Todo lo vivido con Robert era tan nuevo y a su vez tan conocido, una dualidad que la mantenía flotando en un mar de emociones encontradas. Le había costado un enorme esfuerzo convencer a Robert de irse antes de que quien fuese que estuviera en la mansión despertara y los descubriera juntos en esa situación. Aunque estaba completamente segura de que Benedict y Emma no habían pasado la noche allí, prefirió no arriesgarse; necesitaba tiempo a solas para asimilar los hechos y pensar fríamente qué hacer con su vida de ahora en adelante.
Robert se había negado rotundamente a marcharse al principio; le había repetido que no tenía por qué huir como en el pasado, que ahora era un hombre libre y poderoso que quería afrontar la situación de frente, confesarle a su hijo que amaba a Catalina con la misma intensidad y retomar ese amor que quedó en pausa, más nunca se fue. Sin embargo, no quería presionar a Catalina. Él sabía que ella necesitaba procesar el regreso de la pasión, y con el turbio asunto de Noah y las sospechas criminales de que él fue quien atentó contra la vida de Mariana, el panorama familiar se volvía mucho más difícil y delicado. Ya encontrarían el momento adecuado para formalizarlo todo.
La puerta de la alcoba se abrió y Angélica entró con un semblante relajado, denotando un cansancio pleno que Catalina reconoció al instante. La anciana la miró desde el tocador, acomodándose la bata.
—¿Con quién estabas, Angélica? Llegas muy tarde —preguntó Catalina, arqueando una ceja.
—Emma ya es una mujer casada y sabe perfectamente cómo funciona el mundo, mamá. Si ese hombre te hace sentir feliz y te devuelve la vida, cógetelo. Aún tienes la edad perfecta para disfrutar de los placeres de la vida, y de paso, sácale algo de dinero, uno nunca sabe cuándo se puede necesitar un respaldo económico de un Campbell.
Catalina se destapó la cara, mirando a su hija con una mezcla de severidad y diversión, asombrada por la madurez y el descaro de la conversación que estaban manteniendo.
—Eres una desvergonzada, de verdad. Robert es un caballero y las cosas entre nosotros son... complejas. Pero cambiando de tema, tú deberías tener más cuidado con esos encuentros clandestinos. Mírate la cara, estás agotada. Solo te pido que te cuides mucho, Angélica, no quiero sorpresas de nueve meses en esta casa a estas alturas de la vida.
Angélica soltó una risa cantarína, estirando las piernas sobre la colcha con total desparpajo.
—No te apures por eso. Soy una mujer sumamente responsable, el asunto de los pañales ya quedó en mi pasado y tomé las precauciones necesarias para que la única bebé que tengamos que cuidar, sea la de Emma.
Catalina negó con la cabeza, sonriendo con ternura mientras observaba a su hija. La charla, madura y cargada de una complicidad humana que nunca habían tenido antes, terminó por sellar la paz entre ambas, dejando claro que el amor y el deseo no tenían fecha de caducidad para ninguna de las dos.

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