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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 128

Emma despertó con una intensa sensación que la hizo apretar las piernas de golpe, soltando un gemido ahogado en la almohada. En ese mismo instante cayó en cuenta de que Benedict estaba con el rostro hundido entre sus muslos. El calor de su boca era directo y constante; la chupaba con una devoción implacable, usando la lengua para atormentarla justo en el centro de su intimidad húmeda. Emma se retorció un poco sobre el colchón, enterrando los dedos en las sábanas deshechas del apartamento lujoso, incapaz de frenar el ritmo que él le imponía con las manos firmes sujetándole las caderas. Ya eran más de las cinco de la mañana y Benedict parecía no haber tenido suficiente con el sexo de la noche anterior. Su obsesión no mermaba con las horas. Emma sintió cómo el clímax se acumulaba rápidamente en su vientre bajo, una tensión deliciosa que estalló segundos después. Benedict recibió el orgasmo de Emma directo en su boca, saboreando cada fluido con una lentitud que la hizo temblar por completo. Sin darle tiempo a recuperarse, él subió sobre ella otra vez, acomodando su cuerpo grande entre sus piernas y hundiéndose de un solo golpe limpio. No estaba ni cerca de terminar con ella.

Después de ese candente sexo matutino, Benedict la cargó para llevarla a la ducha, donde el agua caliente borró el rastro del cansancio pero no la marca de su posesión. Se vistieron rápido y se marcharon de regreso a casa. Emma necesitaba descansar de verdad; su embarazo ya era lo suficientemente agotador por sí solo, pero la realidad era que jamás podría cansarse de la entrega de ese hombre. Benedict la dejó en la propiedad justo en el momento en que su abuela y su madre desayunaban en el comedor. Se despidió con un beso rápido en los labios; no se podía quedar a compartir los alimentos porque tenía una junta sumamente importante en la empresa y otra reunión con el detective para mover los hilos de la investigación contra Noah.

Catalina y Angélica detuvieron sus tazas en el aire al ver entrar a Emma. Definitivamente la joven la había pasado increíble, y no hacía falta que lo dijera en voz alta. Las marcas moradas y rojizas se extendían sin pudor por todo su cuello, los hombros y parte de los brazos, rompiendo con cualquier intento de discreción. Parecía que la había atacado una jauría de perros hambrientos o algo similar. Emma sonrió al notar las miradas fijas de las dos mujeres; no estaba apenada en lo absoluto por las huellas en su piel. Cada marca era la prueba irrefutable de que Benedict había recorrido su cuerpo, reclamándola como suya, y eso era algo que valía la pena mostrar con orgullo ante el mundo.

Mientras tanto, en el hospital de la ciudad, la situación para Altagracia no había sido tan apremiante ni placentera. La mujer había estado en un constante desvelo a causa del nada profundo sueño de Mariana. La joven se encontraba postrada en la cama de la suite médica. Durante la madrugada, Altagracia comenzó a darse cuenta de que Mariana se veía sumamente asustada cada vez que se abría la puerta. Y lo comprendió muchísimo mejor cuando los dedos débiles de la enferma intentaron torpemente apretarle la muñeca en el preciso instante en que Noah entró en la habitación para fingir el papel de esposo preocupado.

Altagracia era una mujer sumamente intuitiva, astuta y curtida por los secretos de la alta sociedad. Pronto notó que aquella reacción física de Mariana no había sido un hecho al azar o un espasmo muscular cualquiera. Se convirtió en un patrón que comenzó a surgir en cada momento en que el nieto de Robert se acercaba a la cama, haciéndole saber a Altagracia que algo andaba muy mal detrás de ese supuesto accidente doméstico. Mariana se tensaba, sus ojos se abrían con pánico y los monitores médicos alteraban su ritmo cardíaco de forma drástica ante la sola presencia del hombre.

Mariana se puso extremadamente nerviosa ante la mención directa de su esposo. Su expresión cambió por completo, reflejando el terror que le provocaba el simple recuerdo de esa tarde en la mansión. Se notaba lo alterada que estaba; la respiración se le volvió errática y los aparatos que medían sus signos vitales comenzaron a emitir pitidos constantes debido a la súbita subida de su presión arterial. Miraba hacia la puerta con la paranoia de ver entrar a su verdugo en cualquier segundo.

Altagracia observó el cuadro con frustración. Estaba a punto de desistir, creyendo sinceramente que se había excedido con la presión y que la salud de la joven corría peligro si continuaba alterándola de esa manera en su estado tan delicado. Sin embargo, justo cuando se disponía a soltar sus dedos para llamar a la enfermera de turno, sintió una presión pequeña pero inconfundible en su palma. Mariana le apretó la mano con una desesperación absoluta, mirándola fijamente a los ojos como si le entregara su propia vida en ese gesto. El secreto había salido a la luz.

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