Noah regresó a la suite médica sosteniendo dos vasos de cartón con café humeante, uno para él y otro destinado a Altagracia, quien todavía se encontraba en un estado de absoluto shock por el apretón de manos de Mariana. Altagracia disimuló su agitación como pudo, pero por dentro la cabeza le daba vueltas a mil revoluciones. Ya no tenía la menor duda: Noah era el monstruo que había provocado la tragedia. Pronto comenzó a asociar los comportamientos erráticos del chico con la mirada desahuciada de su esposa, porque después de todo eran esposos ante la ley y la sociedad, unidos por un lazo que ahora parecía una sentencia de muerte. Sin embargo, al observar el semblante tenso de Noah, Altagracia notó algo más profundo: no había en él ningún sentimiento de culpa ni remordimiento por lo que le había hecho a la mujer que se suponía que amaba; quizás ni siquiera registraba la gravedad de sus actos. Era miedo lo que gobernaba las acciones. Miedo a ser descubierto, terror a que la verdad saliera a la luz y destruyera su fachada de heredero perfecto.
Altagracia tomó el café que él le extendía, sintiendo el calor del cartón quemándole las palmas temblorosas, mientras Noah la observaba con una mirada cargada de desconfianza.
—¿Pasó algo? —preguntó, entornando los ojos de forma suspicaz al notar el ambiente enrarecido de la habitación.
—Mariana se alteró un poco hace un momento, pobrecita. Creo que tuvo una especie de pesadilla o un espasmo por los medicamentos que le están pasando por el suero, pero ya la tranquilicé —inventó Altagracia, soltando una mentira perfectamente creíble para justificar los pitidos que los monitores habían emitido segundos antes.
—Qué bueno que estás aquí para cuidarla. Te agradezco mucho por no dejarla sola en este hospital de m****a —dijo Noah, fingiendo una gratitud que sonaba completamente falsa.
Por dentro, Altagracia temblaba de rabia y asco al escucharlo hablar con tanta hipocresía. Quería salir corriendo de esa habitación, cruzar los pasillos y buscar ayuda de inmediato para proteger a la enferma, sin embargo, sabía perfectamente que no podía simplemente marcharse y dejar el terreno libre. Sobre todo si Noah continuaba ahí plantado como un guardia. Si lo dejaba a solas con su esposa en ese estado de paranoia, el imbécil era totalmente capaz de asfixiarla con una almohada o alterar el goteo del medicamento para terminar el trabajo que había dejado a medias en las escaleras.
Noah la contempló en silencio durante unos segundos largos y tensos. Sintiéndose observado, intuyó que algo no andaba bien con el comportamiento de la mujer, porque Altagracia se veía visiblemente nerviosa, incapaz de sostenerle la mirada como solía hacerlo. Se preguntó internamente si ella sospechaba algo del accidente o si acaso sabía la verdad de lo ocurrido en la mansión, pero trató de descartar esa idea de inmediato en su mente. Era un absoluto imposible que Mariana hubiera confesado o dicho una sola palabra en ese estado de parálisis y shock psicológico en el que se encontraba.
—Tengo que irme un par de horas —anunció Noah, rompiendo el silencio mientras revisaba su teléfono celular—. Mi padre no llegó a dormir a la mansión en la noche y quiero saber si todo está bien con él o si tuvo algún inconveniente en la empresa.
Altagracia maldijo para sus adentros con toda la furia de su ser, sabiendo perfectamente que esa extraña ausencia del viejo Robert tenía que ver con las mañas de la maldita vieja de Catalina, pero en ese preciso instante lo único verdaderamente importante y urgente era salvar la vida de Mariana.
—Ve a resolver tus asuntos, yo me quedo aquí con ella —respondió Altagracia, forzando una sonrisa tranquila.
Apenas Noah cruzó la puerta de la suite y sus pasos se alejaron por el pasillo del hospital, Altagracia se movió con una agilidad impresionante. Salió al corredor, buscó a una de las enfermeras encargadas del piso que sabía que necesitaba dinero y, tomándola del brazo, la arrastró hacia un rincón apartado del mostrador. Sacó un fajo enorme de billetes de su bolso de mano y se los metió directamente en el bolsillo del uniforme con desesperación.
El oficial asintió con seriedad y le tomó la declaración completa, haciéndole firmar los folios correspondientes. El caso quedaría abierto formalmente y una investigación oficial se iniciaría en las próximas horas, enviando peritos al hospital y a la propiedad de la familia.
Altagracia salió de la estación de policía sintiendo que un enorme peso se le quitaba de encima, respirando el aire de la tarde con una falsa sensación de victoria. Sin embargo, toda la sangre se le congeló en las venas cuando, al bajar los escalones de piedra del edificio, vio la silueta de Noah recargada contra la puerta de su auto deportivo, esperándola en la acera con una mirada que destilaba malicia y violencia. La había seguido desde el hospital. La había visto extraña, asustada y demasiado nerviosa como para dejarla andar libre por la ciudad, y sus peores sospechas se habían confirmado al verla entrar a la delegación.
Noah caminó hacia ella, cerrándole el paso de inmediato antes de que pudiera gritar o correr hacia los guardias de la entrada.
—Te vi sumamente extraña en el hospital y veo que no me equivoqué, Altagracia. Espero por tu propio bien que no hayas hecho una completa estupidez allá adentro —dijo Noah, con una sonrisa cínica que no le llegaba a los ojos.
Altagracia se espantó mucho, abriendo los ojos con terror absoluto al verse acorralada en plena vía pública por el mismísimo monstruo al que acababa de denunciar. Intentó retroceder para buscar el cobijo de los policías del interior, pero Noah reaccionó con velocidad. La tomó del brazo con un agarre fuerte que le lastimó los huesos y, usando su fuerza física, la subió a la fuerza al asiento trasero de su auto, azotando la puerta de golpe antes de que los transeúntes pudieran percatarse del secuestro. Noah subió al lugar del conductor, arrancando a toda velocidad, completamente dispuesto a callar a la mujer para siempre y a encargarse después de esos malditos policías si osaban meter las narices en sus asuntos familiares.

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