Noah recordaba a la perfección la sonrisa amable de Emma el día de la entrevista, una expresión limpia que lo recibió mientras él la invitaba a sentarse en la silla frente a su escritorio de gerencia. Vestía un vestido negro de corte corporativo que, aunque no resultaba para nada revelador, se le ajustaba de una forma hermosa a las curvas de su cuerpo, remarcando la delicadeza de su cintura. Pero lo que verdaderamente lo cautivó más allá de su evidente atractivo físico, de su timidez y de esos labios carnosos que invitaban al pecado, fue lo malditamente inteligente que ella era. Noah repasaba en su mente las preguntas difíciles que le había formulada aquella mañana y cómo ella respondió a cada una sin titubear lo más mínimo, demostrando una seguridad implacable en sus conocimientos, aunque en el fondo de sus ojos se notaba lo nerviosa que se sentía por la presencia de su futuro jefe. Ese era el recuerdo exacto de cuando la contrató como asistente de gerencia. Se puso de pie con elegancia y le extendió una mano con caballerosidad.
—Está contratada, señorita Spencer —anunció Noah, disfrutando del destello de alivio que iluminó el rostro de la joven.
Después estrechó su mano, un contacto inicial que mandó una descarga directo a su espina dorsal. A partir de ese día, el contacto entre ambos se hizo más cercano cada vez en la rutina de la oficina; bastaba un roce de dedos al entregarse unos informes para que las mejillas de Emma se tornaran rosas y hermosas, delatando el efecto que él causaba en ella. Noah pasaba las horas muertas en las juntas pensando en el color de sus pezones, deseando arrastrarla al escritorio para devorarla. El punto de quiebre ocurrió durante una cena de negocios tardía; al quedarse a solas en el estacionamiento, Noah la acorraló contra la pared y la besó por primera vez. Emma no lo rechazó en absoluto; por el contrario, intensificó el beso con una entrega desesperada, enredando sus manos en su cuello. Sus ojos demostraron de inmediato el anhelo profundo de querer hacerlo suyo, confirmando que se había enamorado perdidamente de su jefe.
...
El recuerdo se disolvió de golpe, golpeando a Noah con la cruda realidad del presente. Ahora, con las manos aferradas al volante del automóvil, apretándolo con tanta fuerza como si quisiera arrancarlo del tablero, conducía a toda velocidad mientras observaba a Altagracia a través del espejo retrovisor. La mujer se encontraba en la parte trasera con la mirada totalmente aterrada. Noah había usado su propia corbata de seda para amarrarle las manos a la espalda luego de pasar rápidamente por una ferretería de la avenida y comprar una cinta adhesiva industrial con la que cubrió su boca, ahogando cualquier intento de grito. El heredero Campbell no iba a permitir que sus planes se vinieran abajo; él recuperaría a Emma a como diera lugar y no dejaría que la estúpida de Altagracia se interpusiera en su camino. Era hora de tomar medidas sumamente drásticas para limpiar el panorama.
Condujo hasta las afueras de la zona industrial, deteniéndose frente a una bodega antigua y abandonada que pertenecía a la familia. Bajó del auto, arrastró a Altagracia del cabello hacia el interior del recinto polvoriento y ahí la arrojó con fuerza contra el suelo de concreto, haciendo que las rodillas de la mujer sangraran al chocar limpiamente con la superficie rugosa. Altagracia soltó un gemido de dolor detrás de la cinta, con los ojos desorbitados por el miedo.
—No debiste ser tan estúpida, Altagracia. Ahora vas a morir junto con "tu niña" —sentenció Noah, limpiándose el polvo de las manos con total desprecio.
Altagracia se veía muy alterada, moviéndose torpemente en el suelo mientras intentaba zafarse de las ataduras, pero el suelo húmedo solo ensuciaba más su ropa. Noah, completamente calmado, sacó su teléfono celular para hacer un par de llamadas clave; el poder y la influencia de los Campbell en las esferas de la ciudad eran inmensos, y solo necesitó mover un par de contactos de alto nivel en la central para que la visita de la mujer a la estación de policía fuera silenciada de inmediato. Nadie nunca sabría que Altagracia fue a denunciarlo esa tarde, tampoco que fue él quien arrojó a Mariana por las escaleras de la propiedad. No podía permitir que una simple nana destruyera su apellido.
Altagracia tembló de impotencia cuando Noah activó el altavoz del teléfono y la misma voz del oficial corrupto que le había tomado la declaración en la delegación resonó en el espacio vacío, hablándole con una sumisión asquerosa.
Mientras tanto, en las oficinas principales de Industrias Campbell, la realidad se movía en una dirección completamente distinta para el resto de la familia. La junta de consejo de Benedict terminó tras largas horas de debates financieros, y el hombre se dirigió de inmediato a su oficina privada para asistir a otra cita muchísimo más importante y urgente para el destino de su matrimonio; era el encuentro programado con su detective privado de confianza. El investigador ya lo esperaba sentado frente al gran escritorio de madera, sosteniendo un sobre de manila bastante grueso entre las manos.
—Tengo mucha información relevante sobre los movimientos de Noah —anunció el detective, extendiéndole los documentos en cuanto Benedict cerró la puerta con llave.
El detective había encontrado pruebas contundentes e irrefutables de que Noah arrojó a Mariana de la escalera aquella tarde en la mansión. Resultaba que la cámara de seguridad de la residencia vecina, que apuntaba directamente hacia uno de los ventanales laterales del pasillo alto de los Campbell, había capturado el reflejo exacto del cristal en el momento justo en que Noah empujaba a su esposa con saña, derribándola hacia el vacío. Una forma sumamente creíble y técnica de demostrar el intento de homicidio que el hombre había querido hacer pasar por un tropiezo tonto. Pero los descubrimientos del detective no se detenían allí; el hombre también le mostró más pruebas documentales que confirmaban que Noah y Mariana habían actuado de forma directa en su contra meses atrás para dañar lo que él más amaba, aunque no había pruebas de que fuera en complicidad. El investigador le entregó una fotografía y el nombre de un mesero que fue pagado con una fuerte suma de dinero en efectivo por la propia Mariana para poner un potente agente abortivo en la bebida de Emma durante una noche en un club. Los registros bancarios y la confesión grabada del empleado coincidían con exactitud con aquella dolorosa vez en que Emma fue a dar al hospital de urgencias después de sentirse mal a mitad de la noche, donde casi pierde a su bebé debido a las hemorragias.
La rabia más pura y negra llenó por completo a Benedict al procesar la información, sintiendo cómo la sangre le hervía en las venas y la mandíbula se le tensaba hasta crujir. Los quería a los dos malditos fuera de sus vidas para siempre; Noah y Mariana pagarían con sangre el hecho de que Emma casi pierde a su hija por culpa de sus malditos juegos de ambición y envidia. Todo el panorama quedaba expuesto de forma creible e irrefutable, incluso Altagracia, pues el detective demostró que fue ls nana quien se encargó de conseguir aquellos abortivos.

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