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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 131

Todo en el hospital había sido un caos absoluto, una marea de uniformes blancos y pitidos de máquinas que martilleaban los oídos de Noah. Sus nervios estaban peor que nunca, deshilachándose con cada segundo que pasaba; por eso se rehusó tajantemente a apartarse de ese pasillo. Como esposo legal, su prioridad sobre los demás era un derecho que pensaba ejercer hasta las últimas consecuencias. Sabía que si ella recobraba el habla, él debía ser el primero en entrar, el primero en verla, para asegurarse de que el miedo en los ojos de Mariana fuera suficiente para mantenerla callada o, en el peor de los casos, para terminar lo que el destino no quiso completar.

No sé reconocía a sí mismo, con el paso de lao días se sentía más hundido que nunca. Y todo había ocurrido por supuesto desde que Benedict apareció el día de su boda con Emma de su brazo.

En el fondo, se negaba a creer que ella de verdad quisiera a su tío. El ego masculino que aún prevalecía en su interior, le dictaba que esa boda repentina con Benedict no era más que un intento absurdo de llamar su atención. Que quería provocarlo y vaya que lo había logrado.

La quería de vuelta. Pero todo estaba nublado a su paso. Él no podía presentarse ante Emma para retomar lo que dejaron pendiente sin antes deshacerse de ese matrimonio.

Le importaba una m****a si estaba esperando una hija de su tío. Le perdonaría el haberse acostado con Benedict.

​A kilómetros de ese ambiente aséptico y cargado de muerte, Emma se encontraba en la calidez de su hogar. Estaba en la habitación de la bebé, un espacio que poco a poco se llenaba de colores suaves y texturas delicadas. Acomodaba las pequeñas prendas de algodón sobre la cómoda, sintiendo cómo los casi seis meses de embarazo comenzaban a notarse con una contundencia nueva. Su vientre lucía mucho más abultado, al igual que había aumentado el tamaño de sus pechos y Benedict no tardó en comprobarlo. Emma sintió las manos grandes de su esposo apretando sus pechos desde atrás, afirmando para sus adentros que en efecto estaban más llenos y sensibles.

​Su libido había aumentado considerablemente con el embarazo, convirtiéndola en un imán para los instintos más básicos de Benedict. Ella disfrutaba de sus atenciones, de la forma en que él la marcaba como suya a cada momento, pero también se apenaba. La puerta de la habitación estaba abierta de par en par y cualquier empleado doméstico podría pasar y verlos en esa actitud tan íntima.

​—Benedict, la puerta... alguien puede vernos —susurró Emma, aunque su cuerpo se inclinaba hacia atrás, buscando el calor de él. Aquellas palabras parecían salir de su boca más por costumbre, porque sabía perfectamente que a él le importaba poco si alguien se asomaba.

​Benedict soltó un gruñido bajo y, tras un último apretón firme, alejó sus manos. Era tarde y los deberes no esperaban. Cada día, él conducía hasta la casa a la hora del almuerzo solo para comer con ella, para asegurarse de que estuviera alimentada y segura, pero esta vez la visita había sido fugaz. Tenía una junta directiva de vital importancia que no podía postergar bajo ninguna circunstancia. Con la ausencia de Noah en su cargo de director general debido a su "vigilia" en el hospital, Benedict tenía mucho más de qué ocuparse. Aunque no era un secreto para nadie que no le pesaba el trabajo extra; por el contrario, se sentía profundamente satisfecho con Noah fuera de la empresa, manteniendo su nariz lejos de las decisiones estratégicas.

​Se giró hacia ella y la tomó del rostro, dándole un beso que la dejó sin aliento, un beso que sabía a promesa y a reclamo.

​—Te veré en la noche. No te esfuerces demasiado con esto —dijo Benedict, señalando la ropa de la bebé antes de salir de la habitación con paso decidido.

​Minutos después, Benedict presidía la junta en la sede de Industrias Campbell. La empresa no era una entidad cualquiera; era un imperio de inversiones que movía capitales privados y fondos estratégicos con una frialdad que asustaba a sus competidores; ahora Benedict se desenvolvía en la silla del CEO con una autoridad natural. Todos los presentes estaban a gusto con su forma de liderar. Benedict se veía imponente, era un hombre que sabía perfectamente de lo que hablaba, pero su verdadera fuerza residía en su capacidad para callar ante lo que desconocía; escuchaba, aprendía y luego ejecutaba con una precisión devastadora.

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