Apenas Benedict se comunicó con los altos mandos de la policía utilizando la línea directa de la familia, la verdad sobre la corrupción interna estalló en sus narices de la forma más sorda y descarada. Uno de los comisarios principales, temblando ante la furia del heredero Campbell, revisó los servidores y le confesó que Altagracia había estado en la delegación central horas atrás para interponer una denuncia formal en contra de Noah. No solo eso; el rastreo de llamadas y las bitácoras del sistema revelaron de inmediato qué oficial se había encargado de recibir el fajo de billetes de Noah para eliminar la declaración física y digital de la trituradora. Sin embargo, esta vez las cosas se manejaron de una forma drásticamente más ágil; los mandos policiales, conscientes de que el verdadero poder de los Campbell estaba del lado de Benedict y Robert, cooperaron sin pestañear. Arrestaron al oficial corrupto en su propio cubículo y movilizaron decenas de patrullas y unidades de inteligencia por toda la ciudad para arrestar a Noah, rastreando la señal de su teléfono y las cámaras de tránsito públicas para buscar a Altagracia antes de que fuera demasiado tarde. Hicieron absolutamente de todo para encontrarlos.
Mientras las sirenas comenzaban a inundar las avenidas principales con un ulular constante que ponía los pelos de punta, Benedict llegó a su casa con las llantas del auto rechinando sobre el pavimento. Emma corrió hacia la entrada en cuanto lo vio cruzar la puerta con el rostro desencajado y lo abrazó con fuerza, sin comprender absolutamente nada de lo que estaba ocurriendo, pero sumamente nerviosa por las advertencias previas y el despliegue de hombres armados en el portón. Benedict la sostuvo contra su pecho, sintiendo el temblor de su cuerpo, y con una voz entrecortada por el dolor y la rabia le confesó la verdad: el complot de Noah, la complicidad de Mariana y el veneno abortivo que casi termina con la vida de su pequeña hija meses atrás. Angélica, que escuchaba la conversación desde la escalera junto a Catalina, apretó los dientes y pensó para sus adentros que, después de todo, el destino era justo;
qué bueno que Mariana perdió a su propio bebé en esa caída, ojo por ojo, diente por diente —pensó Angelica. La justicia divina a veces usaba métodos brutales. Solo esperaba que lonque había hecho ella quedara enterrado.
Benedict ignoró el entorno, se concentró únicamente en su esposa, la abrazó con una desesperación inmensa y la besó en los labios, pasándole toda la protección que sus brazos podían ofrecerle. La separó unos centímetros con delicadeza, se arrodilló lentamente frente a ella sobre la alfombra y comenzó a acariciar y besar su vientre abultado a través de la ropa, dejando caer la frustración por un instante.
—Les prometo que van a estar bien. Noah no va a tocarlas, nadie va a hacerles daño mientras yo respire —susurró Benedict contra su piel, besando la curva de su panza con una devoción absoluta antes de ponerse de pie para recibir la llamada de la policía. Ya se habían movilizado por completo y tenían la ubicación exacta del prófugo.



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