Los preparativos para la boda de Robert y Catalina se transformaron en un torbellino de actividad que llenó de vida los pasillos de la mansión, devolviéndole la luz a una casa que solo había albergado secretos oscuros. Emma ya se encontraba en las treinta y siete semanas de embarazo; la panza se le veía enorme y redonda bajo la ropa, obligándola a caminar despacio, y tanto Robert como Benedict insistieron en que el enlace matrimonial se celebrara antes del nacimiento de la bebé. No querían esperar un segundo más. Robert y Catalina ya habían pasado varias décadas lejos el uno del otro, atrapados en sus respectivos matrimonios y ausencias impuestas por el orgullo familiar, así que se debían este momento de absoluta redención. Robert fue sumamente claro desde el primer día y le dio a Catalina el poder absoluto para elegir cada detalle del evento, desde las flores hasta el banquete; después de todo, se convertiría legítimamente en la nueva señora Campbell y merecía gobernar su propio festejo. Catalina, desbordada por una felicidad que creía imposible a su edad, se pasaba las tardes en el gran salón junto a Angélica, revisando los catálogos de encajes, las muestras de mantelería fina y las enormes decoraciones de rosas blancas que adornarían el lugar.
En medio de la revisión de unos arreglos florales de gran tamaño, Angélica se llevó una mano a la frente, sintiendo que el piso se le ponía al revés de forma imprevista. Un mareo súbito la obligó a sostenerse con rudeza del borde de la mesa de madera, mientras una oleada intensa de náuseas le revolvía el estómago por completo ante el aroma dulce de los lirios. Catalina la observó de reojo, notando la palidez repentina en sus mejillas y cómo apretaba los dientes para no flaquear. Angélica respiró profundo, tragando saliva para recuperar la compostura antes de que su madre hiciera preguntas incómodas que no sabría cómo responder.
—Este calor infernal me está sentando fatal, además de que el perfume de estas flores está demasiado concentrado. Deben ser desarreglos por la falta de sueño de estas últimas semanas —dijo Angélica, abanicándose con una de las carpetas de diseño y acomodándose el cuello de la blusa, restándole importancia a ese malestar que venía repitiéndose desde hacía varios días, justo desde aquella noche en el apartamento del Ruso.
Emma entró al salón sosteniéndose la espalda baja con ambas manos, mostrando una sonrisa radiante que contagiaba a todos los presentes en la habitación. Se sentía profundamente feliz por su abuela. Aunque ahora la dinámica familiar se volvería un absoluto enredo y Robert se convertiría en su abuelo además de conservar su lugar como su suegro, la realidad era que a Emma no le importaba en lo más mínimo el qué dirán de la alta sociedad. La felicidad de Catalina valía cualquier confusión de parentesco. Benedict llegó poco después para desentenderse de los negocios de la empresa por unas horas; tomó a Emma de la mano con suavidad y la llevó personalmente a la boutique exclusiva del centro para elegir el vestido que usaría en la ceremonia. Después de probarse varias opciones que le apretaban la panza y la hacían sentir incómoda, Emma eligió uno de tela ligera en un tono verde pastel hermoso, un diseño de caída suave que se amoldaba de forma espectacular a las nuevas curvas de su cuerpo de embarazada. Benedict la observó desde el sillón de la tienda con los ojos oscuros brillando de fascinación; estaba completamente encantado con la sola idea de quitárselo por completo en cuanto la fiesta terminara.
Por supuesto la celebración no sería para nada un evento íntimo o discreto que buscara ocultar las arrugas o el pasado. Si algo quería Robert con todas las fuerzas de su ser, era que toda la maldita alta sociedad supiera que Catalina al fin ocuparía en su vida el sitio de honor que siempre tuvo reservado en su corazón. Quería que los periódicos, sus socios comerciales y los antiguos enemigos vieran a la mujer humilde de la cafetería convertida en la reina absoluta de su imperio. La señora Campbell.
...
El día de la boda, la gran iglesia de la zona residencial lucía abarrotada de invitados vestidos de gala, murmurando entre dientes sobre el regreso del viejo magnate a los brazos de su primer amor. Rumor que elmmismo Robert propició con el pecho hinchado de orgullo. Angélica lucía espectacular vistiendo un vestido azul cobalto que resaltaba su figura de forma imponente, manteniéndose cerca de la entrada mientras discretamente rechazaba las copas de champaña que los meseros le ofrecían, prefiriendo tomar agua mineral para mantener a raya las constantes punzadas y el asco en el vientre. Ella y Emma compartían miradas de absoluta felicidad, conmovidas por el despliegue de elegancia y el triunfo del amor de los viejos sobre el tiempo perdido.
La música del órgano comenzó a resonar con fuerza por todo el recinto, silenciando los murmullos de los asistentes de golpe y obligando a todos a girar la cabeza hacia el pasillo principal. En la entrada del templo, Catalina se acomodó el velo de encaje antiguo con dedos temblorosos, respirando el aroma de su ramo de orquídeas para calmar los latidos de su pecho. Benedict se colocó a su lado, ofreciéndole su brazo firme con una sonrisa de absoluto respeto y cariño filial, demostrando que la respaldaba ante el mundo entero. Catalina lo tomó con fuerza, sintiendo el calor de su apoyo mientras daban el primer paso sobre la alfombra roja. Benedict la guió con paso seguro y elegante a lo largo del pasillo principal, llevándola del brazo directo hacia el altar mayor, donde Robert la esperaba de pie vistiendo un esmoquin gris impecable, con los ojos empañados en lágrimas de emoción y una sonrisa que le borraba los años de amargura de la cara al ver llegar a la única dueña de su vida.

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