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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 135

Robert permanecía firme frente al altar, con las manos entrelazadas al frente y el pulso galopando con una fuerza que creía extinta en su pecho maduro. Cuando la silueta de Catalina apareció en el umbral del templo, envuelta en el encaje antiguo del velo, el tiempo pareció colapsar sobre sí mismo. Por un microsegundo, las luces de la imponente iglesia se desvanecieron y Robert vio caminar hacia él a la Catalina de hace décadas; la joven de la cafetería humilde, con las mejillas encendidas por la vergüenza y el cabello rubio rebelde que él solía enredar entre sus dedos en las tardes clandestinas de la cabaña. Sin embargo, al parpadear, el espejismo se diluyó para dar paso a la fastuosa realidad del presente. Lejos de sentir melancolía, una oleada de felicidad salvaje lo inundó por completo al verla allí, madura, imponente, caminando con la dignidad de una reina del brazo de Benedict. Cuando su hijo se la entregó con un gesto de mudo respeto, Robert la tomó de las manos, perdiéndose de inmediato en la inmensidad de esos ojos celestes que conservaban intacto el brillo desafiante que lo había vuelto loco en la juventud.

Llegado el momento de pronunciar las promesas, el silencio en el recinto se volvió absoluto. Robert aclaró su garganta, sosteniendo los dedos temblorosos de su mujer con una firmeza que pretendía transmitirle toda la seguridad que le arrebató en el pasado.

—No siempre los tiempos de los hombres son perfectos, Catalina, y nos costó una vida entera de ausencias comprenderlo. Pero los hilos del destino suelen tejerse de maneras que no siempre entendemos, cruzando caminos cuando ya creíamos que todo estaba perdido. Nos debíamos este momento frente a Dios y frente al mundo. Te prometo que esta vez voy a luchar por ti cada maldito día que me quede de aliento, voy a tenerte a mi lado sin escondites y me encargaré de hacerte ver lo valiosa que eres, el tesoro que siempre significaste para este viejo testarudo —expresó Robert, sintiendo un nudo en la garganta.

Benedict dio un paso al frente con solemnidad, sosteniendo el cojín de terciopelo para darles los anillos de oro, mirando a su padre con una complicidad que nunca antes habían compartido. Catalina, con las lágrimas rodando libremente por sus mejillas, tomó la palabra para responder con la misma intensidad emocional.

—Te amo desde que no teníamos nada más que promesas en una playa abandonada, Robert. El tiempo que no fue ya no importa, porque el presente nos pertenece y te prometo amarte más allá de los errores y de los años que nos separaron —dijo Catalina, sellando el juramento con una sonrisa desarmada.

El banquete posterior en los jardines de la mansión Campbell fue un despliegue de opulencia absoluta, digno de la dinastía. Las mesas estaban cubiertas de mantelería fina y candelabros de cristal que iluminaban la noche, mientras los invitados de la alta sociedad brindaban por la nueva señora de la casa. Pronto llegó el momento del primer baile de los recién casados. La orquesta comenzó a tocar una melodía clásica y suave, y Robert guió a Catalina hacia el centro de la pista con una soltura que dejó a todos mudos. Desde una de las mesas laterales, Angélica los observaba fijamente mientras sostenía una copa de champagne con los dedos apretados; un ápice de profunda nostalgia se instaló en el fondo de sus ojos oscuros al ver la devoción con la que el magnate envolvía a su madre. Angélica suspiró con pesadez, sintiendo un vacío extraño en el estómago; quizás algún día, después de tanta turbulencia y malas decisiones, ella también tendría la paz, la estabilidad y la dicha que ahora gozaban su madre y su hija.

La música continuó su curso y las parejas comenzaron a unirse a los novios en el centro de la pista.

Encadenada a su lado 1

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