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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 136

Si Benedict pensó que podía tener absolutamente todo bajo control tras meter a Noah a la cárcel y neutralizar a Mariana, había algo biológico e impredecible que no premeditó en sus planes perfectos, y era justamente el nacimiento adelantado de su hija. Emma se quedó inmóvil en medio de la pista de baile, respirando de manera entrecortada mientras el vestido verde pastel continuaba empapándose con el líquido incoloro. El pánico tiñó sus facciones y se puso sumamente nerviosa, apretando los brazos de su esposo con los dedos rígidos. Apenas Angélica notó el semblante descolorido de su hija desde el extremo del jardín, abandonó su mesa de inmediato y caminó a toda prisa hacia ellos, apartando a un par de invitados que estorbaban en el trayecto. La bebé nacería esa misma noche, en medio de la fastuosa celebración del matrimonio de los viejos. Sin esperar un segundo más y ocultando de manera magistral un nerviosismo profundo que Emma jamás creyó verle en la cara, Benedict reaccionó con la velocidad de un rayo; pasó un brazo por debajo de las rodillas de su esposa, el otro por su espalda y la levantó en vilo con una facilidad asombrosa, abriéndose paso entre la multitud atónita que abría los ojos con sorpresa. La llevó a pasos rápidos directo hacia el estacionamiento de la mansión, donde su coche esperaba listo.

Necesitaba llevarla al hospital general antes de que las contracciones se volvieran insoportables y el parto se complicara en plena madrugada. El trayecto se convirtió de inmediato en un escenario caótico; las avenidas principales de la ciudad estaban completamente colapsadas debido a un accidente vial en el puente elevado, generando un tráfico denso y ruidoso que no avanzaba a pesar de los bocinazos desesperados de los conductores. Benedict maldecía entre dientes mientras maniobraba el volante con brusquedad, subiéndose a las aceras y metiéndose en sentido contrario por los callejones para burlar el embotellamiento. A pesar de la furia que le provocaba la situación, el hombre se mantenía imponente y magnífico en su desesperación; las venas de sus manos grandes y antebrazos se marcaban con fuerza a través de la tela de la camisa formal, y la mandíbula apretada le daba un aspecto tan apuesto y masculino mientras lidiaba con la urgencia de la calle. Emma lo observaba desde el asiento del copiloto, aguantando una punzada dolorosa en el vientre. Lo amaba. Lo amaba demasiado con todas sus virtudes y sus demonios posesivos.

En medio de un frenazo brusco que los dejó atrapados detrás de un camión de carga, Emma estiró el brazo y le tomó la mano con fuerza, entrelazando sus dedos con los de él para calmar el temblor de su pulso. Mientras él lidiaba con el volante y buscaba desesperadamente una ruta de escape en la pantalla del navegador, Emma lo obligó a mirarla por un breve instante.

—También te amo, Benedict. No sé desde cuándo exactamente, pero estoy completamente segura de que te amo con toda mi alma —soltó Emma, con los ojos brillando por las lágrimas del dolor físico y de la emoción contenida.

Benedict soltó el freno de mano, se inclinó hacia ella con una urgencia salvaje y la besó en la boca de un solo golpe. Fue un beso posesivo y directo; su lengua entró urgente en su cavidad, reclamando su aliento con una desesperación que pretendía borrar el ruido de los cláxones del exterior. Sin romper el contacto de sus labios, tomó la mano de Emma con brusquedad y se la puso directo en el centro del pecho, presionándola contra la tela fina de su ropa para que ella fuera capaz de sentir los latidos desbocados y violentos de su corazón, que parecía querer salirse de la caja torácica. Él siempre tenía un plan para cada negocio, siempre sabía exactamente qué hacer ante cualquier amenaza corporativa, y ahora lo único real que sabía en su vida era que amaba con locura a esas dos mujeres que habían llegado en un combo imprevisto a cambiar su mundo de sombras.

El automóvil derrapó finalmente frente a la rampa de emergencias del hospital privado alnque acudian los Campbell, deteniéndose a escasos centímetros de las puertas de cristal. Benedict bajó del vehículo sin apagar el motor, cargó a Emma nuevamente en sus brazos y entró a los pasillos exigiendo atención médica a gritos directos hacia las enfermeras de guardia. El personal reaccionó al instante al reconocer el apellido del hombre; subieron a la joven a una camilla rodante y la llevaron a toda velocidad directo hacia la sala de partos del segundo piso. Benedict se negó rotundamente a quedarse en la sala de espera; obligó a los médicos a entregarle un uniforme quirúrgico esterilizado a base de amenazas legales y entró al quirófano dispuesto a mantenerse al lado de su mujer hasta el último segundo del proceso.

El ambiente en la sala de operaciones se tornó tenso, iluminado por las enormes lámparas del techo que reflejaban la rigidez de los instrumentos médicos. Emma pujaba con las pocas fuerzas que le quedaban, aferrándose al brazo de Benedict con una fuerza que le enterraba las uñas en la piel, mientras él le limpiaba el sudor de la frente con una gasa húmeda, susurrándole palabras de aliento al oído con una voz ronca y posesiva. Benedict estuvo presente en cada segundo del dolor y el esfuerzo, observando con una mezcla de fascinación y absoluto respeto el milagro de la vida, en especifico de la que Emma llevaba en su vientre. Tras un último empuje doloroso que hizo eco en las paredes del cuarto, el llanto agudo y limpio de la criatura inundó el espacio, rompiendo la tensión acumulada de la noche de golpe. El médico cortó el cordón umbilical y envolvió el cuerpo pequeño en una manta térmica antes de entregárselo directamente a los brazos temblorosos de la madre. Benedict se inclinó sobre ellas, contemplando las facciones perfectas y el cabello rubio de la recién nacida, sintiendo que su imperio finalmente estaba completo. Su nombre sería Benett Campbell, la heredera de su dinastía.

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