Benedict recibió a la pequeña de manos de la enfermera con un cuidado extremo, manteniendo los brazos rígidos por el temor a lastimarla debido a su extrema fragilidad. El imponente empresario quedó completamente embelesado ante el diminuto tamaño de la criatura que descansaba sobre su pecho; Benett era preciosa, una réplica exacta de la delicadeza de su mamá que le ablandó las entrañas de un solo golpe. Acarició con extrema lentitud los finos cabellos rubios que le cubrían la cabecita, maravillado de tanta perfección en medio de un mundo tan turbio. En ese preciso instante, la recién nacida se removió entre las mantas y, tras un pequeño quejido, abrió sus ojitos por primera vez bajo la luz blanca de la suite médica.
Benedict sonrió, fue una expresión de triunfo absoluto que rara vez mostraba, al descubrir unos hermosos y grandes ojos grises que lo miraban con fijeza inocente. Aquella tonalidad no era en realidad algo extraño dentro de la genética familiar; los Campbell eran conocidos por portar ese rasgo grisáceo y penetrante en la mirada, una herencia directa que incluso el padre de Noah había tenido en vida, a diferencia de su sobrino que los sacó verdes debido a los genes de su madre. Pero descubrir ese color en las pupilas de la recién nacida la hacía sentir mucho más suya, una marca de su sangre que nadie en este mundo podría osar cuestionar. Era su hija, la prueba viviente de su dominio absoluto.
Emma sonrió con debilidad desde la cama de hospital, acomodada contra las almohadas con el rostro pálido pero iluminado por una paz inmensa, al notar ese destello orgulloso en la mirada de Benedict.
—No puedes negar que me esforcé muchísimo en acabar de formar a esta pequeña, Em. Salió idéntica a mí en la mirada —dijo Benedict, con un tono de voz ronco que desbordaba suficiencia y arrogancia masculina.
Se inclinó sobre la cama y besó la frente de Emma con una ternura posesiva, depositando una vez más a la bebé en sus brazos para que pudiera amamantarla. Pocos minutos después, la puerta de la habitación se abrió y entraron Catalina y Robert tomados de la mano, seguidos de cerca por Angélica, quien todavía vestía el elegante vestido azul de la fiesta. Los recién casados habían abandonado el banquete en cuanto supieron la noticia de la fuente rota; la boda del viejo magnate y el nacimiento de la nueva Campbell se habían cruzado en la misma madrugada, demostrando que la dinastía no podía haber terminado mejor su noche.
Robert y Catalina se acercaron a la cama desatando un debate emocional muy intenso que les ensombreció la mirada por un segundo. Por un lado, sentían el impulso egoísta y desesperado de quedarse ahí plantados junto a los nuevos padres y la bebé, cancelando cualquier plan personal que tuvieran para el futuro inmediato.
En los ojos de ambos ancianos, esa recién nacida representaba de manera dolorosa y hermosa todo lo que ellos no pudieron tener en su juventud; una bebé que mezclaba de forma completamente diferente la sangre de ambos, un milagro biológico que sellaba su amor de décadas de una forma que jamás imaginaron ver en vida. Robert estiró los brazos y, con el permiso de Emma, cargó a la criatura con una devoción temblorosa, atrayéndola hacia el pecho de Catalina. Ambos se sintieron sumamente felices al verla respirar.
Mientras tanto, Angélica observaba la escena desde un rincón, sintiendo una emoción extraña y punzante instalada directo en el centro del pecho. Jamás en su vida podría jactarse de haber sido una buena madre para Emma; de hecho, constantemente se decía a sí misma en la intimidad de su mente que su hija siempre había merecido muchísimo más que a ella como mamá, cargando con la culpa de sus propios errores del pasado. Quizá esta era la forma retorcida pero generosa de la vida de premiarla al fin; dándole una bebé hermosa y perfecta que sería completamente amada desde el primer segundo de su existencia.

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