El regreso a la mansión Campbell tras recibir el alta médica se dio bajo un despliegue de seguridad absoluto. Cuatro camionetas escoltaron el trayecto desde la clínica privada hasta el portón de la propiedad, garantizando que nadie pudiera acercarse a la nueva heredera. Al cruzar el umbral de la residencia, el silencio de la casa fue roto por los chillidos sutiles de la pequeña Benett, quien iba envuelta en una manta blanca contra el pecho de Emma. Benedict caminaba a su lado, con la camisa remangada hasta los codos y los ojos grises fijos en sus dos mujeres. Su naturaleza sobreprotectora se había agudizado desde el momento en que Noah fue recluido; el hombre no confiaba en nadie cuando se trataba de la seguridad de su esposa y de su hija recién nacida.
Guió a Emma con suavidad hacia la estancia principal, colocándole una mano firme en la espalda baja para sostenerla, ayudándola a instalarse en el enorme sillón de terciopelo donde los cojines ya estaban listos.
—Quédate aquí, no quiero que hagas el menor esfuerzo por hoy. Los médicos fueron muy claros con el reposo que debes llevar —indicó Benedict, agachándose para besarle la frente antes de acomodar las cobijas alrededor de las piernas de su esposa.
Benedict se quedó de pie un momento, simplemente contemplando a las dos mujeres de su vida. Miró a la pequeña Benett, admirando cómo respiraba con tranquilidad, y luego desvió la mirada hacia Emma, atrapando el brillo limpio y renovado que se había instalado en sus ojos tras el nacimiento. La debilidad del parto empezaba a quedar atrás, reemplazada por una madurez que la hacía ver mucho más hermosa. Él se sentía el dueño absoluto del mundo al verlas a salvo ybtan suya.
Angélica entró al salón un momento después cargando una bandeja con té caliente y un par de bocadillos ligeros para facilitarle las cosas a su hija. Se movía con agilidad, intentando mostrarse servicial y fuerte, pero en cuanto dejó la porcelana sobre la mesa de centro, una oleada súbita de náuseas le revolvió las entrañas de golpe. Sintió un sudor frío recorrerle la nuca y el piso pareció tambalearse bajo sus pies. Para no levantar sospechas ni arruinar el momento de paz de Emma, Angélica dio un paso hacia atrás, se disculpó con voz temblorosa aludiendo que iría a revisar unas sábanas limpias a las habitaciones de servicio y salió a prisa hacia el baño de visitas del pasillo inferior.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Atada a un Hombre Mayor