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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 139

El viento del Mediterráneo soplaba con una tibieza reconfortante, inflando las cortinas de lino blanco de la suite principal del crucero privado. Robert permanecía de pie junto al ventanal de cristal, contemplando la inmensidad del agua azul que se extendía hasta el horizonte, sintiendo por primera vez en muchas décadas que respiraba sin que el apellido Campbell le oprimiera el pecho. Al ver a Catalina caminar hacia la terraza, descalza y con el cabello suelto ondeando por la brisa marina, el viejo magnate experimentó un vuelco en el corazón. Llevaban apenas unos días navegando por las islas griegas, alejados de las exigencias corporativas de la ciudad, y esa distancia obligada les estaba devolviendo la vida que se les había negado en la juventud.

Robert la tomó de la mano y la guió fuera del barco, decidiendo que pasarían la tarde recorriendo las calles empedradas del pequeño puerto donde habían encallado. Caminaron tomados del brazo bajo el sol brillante, deteniéndose en los pequeños mercados locales y disfrutando de la libertad de andar sin guardaespaldas, como una pareja normal disfrutando del clima cálido. Durante el trayecto, un par de mujeres turistas mucho más jóvenes se quedaron mirando a Robert con descarada admiración; a pesar de sus años, el magnate lucía imponente, con su porte aristocrático, sus hombros anchos y esa barbilla partida que los Campbell portaban con orgullo. Catalina notó las miradas de inmediato y, lejos de incomodarse, soltó una sonrisa tranquila llena de suficiencia. Ya no estaba en edad para sentir celos ridículos; lo que experimentaba en el centro del pecho era un profundo orgullo porque sabía perfectamente que ese hombre tan apuesto y codiciado era única y exclusivamente de ella. Bajó la vista un segundo y observó el enorme diamante que brillaba en su dedo anular, una joya que gritaba ante el mundo entero que, después de tanto dolor y espera, al fin tenía la vida atada a un Campbell. Le gustaba saber que esa misma noche sería él quien le desabrocharía el vestido en la intimidad de la cabina.

Robert notó la sonrisa pícara de su esposa, deteniendo el paso por completo para girarla hacia él y acunarle las mejillas con sus manos grandes, mirándola con esos ojos grises que tantas tormentas habían desatado.

—Ninguna de esas muchachas tiene tu elegancia ni estos ojos celestes que me volvieron loco desde el primer día —declaró Robert, sellando sus palabras con un beso profundo, lleno de la pasión que había madurado con el tiempo. Pero que demostraba lo intensa que aún era.

La intimidad entre ellos se dio de forma natural al regresar a la penumbra de la suite del barco, un encuentro apasionado y maduro donde las caricias y el sexo sirvieron para sellar la promesa de no volver a separarse jamás, curando con la calidez de sus cuerpos las cicatrices que la distancia les había dejado en el alma.

...

Emma sonrió, pasando los brazos alrededor del cuello de su esposo mientras sentía los latidos fuertes de su pecho contra sus palmas, disfrutando de la seguridad inmensa que la cercanía de ese hombre siempre le otorgaba en medio de la enorme casa.

—Me alegra tanto por ellos, Benedict. Ver a mi abuela sonreír de esa manera en las fotos que mandó antes de zarpar es el mejor regalo que la vida nos pudo dar tras tantas desgracias con Noah y Mariana. Se merecen recuperar cada segundo —dijo Emma, recostando la cabeza en su hombro ancho.

Benedict la apretó más contra su cuerpo, hundiéndose en el aroma dulce de su piel con una posesión que no disminuía con el paso de los días, no veía la hora de que la cuarentena pasara, pars volver a hacerla suya.

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