Semanas despues
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La medianoche cubría la recámara principal de la mansión con una luz muy tenue que venía de la pequeña lámpara de la mesa de noche. Benedict entró al cuarto cerrando la puerta, se quitó la corbata y la tiró sobre la alfombra. Buscó con la mirada a Emma, quien estaba sentada a la orilla del colchón, acomodando los últimos botones de su bata de seda tras haber acostado a la bebé en la cuna de madera. El ambiente entre los dos se sentía lleno de un magnetismo que se había acumulado durante semanas. Benedict se acercó despacio, deteniéndose justo frente a ella, obligándola a levantar la vista para toparse con la necesidad que traía dibujada en las facciones.
Emma sintió un vuelco en el estómago al ver el deseo que emanaba de su esposo. Las semanas de recuperación del postparto habían sido una prueba de resistencia para ambos; la cercanía constante, los roces intencionales y los besos en los pasillos solo habían alimentado un fuego que ahora amenasaba con devorarlos. Ella estiró la mano y le tomó la tela del pantalón, tirando ligeramente hacia abajo, invitándolo a romper la distancia que los separaba. Benedict respondió al instante. Se arrodilló entre sus piernas abiertas, tomó sus muslos y los apretó mientras enterraba el rostro en el hueco de su cuello, respirando el aroma dulce que la lactancia y el cansancio tierno le habían otorgado a su piel.
—No tienes una idea de la falta que me hacías, Emma. Siento que me voy a volver loco si paso una noche más sin tenerte de esta manera —susurró Benedict con una voz ronca que le erizó la piel.
Emma le enredó los dedos en el cabello oscuro, arqueando la espalda cuando los labios de Benedict comenzaron a subir por su mandíbula, reclamando su boca con una desesperación que la hizo gemir. Sus lenguas se encontraron con una urgencia salvaje, un reclamo mutuo que desató las amarras de la contención. Benedict la levantó un poco, acomodándola en el centro de la cama mientras sus manos hábiles desabrochaban la bata de seda verde, dejando expuesto su cuerpo modificado sutilmente por la maternidad, con las curvas más pronunciadas y los senos notablemente hinchados, desbordantes por la leche que alimentaba a la pequeña Benett.
La mirada de Benedict se detuvo en el pecho de Emma, encendiéndose con una fascinación posesiva que rozaba lo obsesivo. La piel blanca contrastaba con las venas azuladas que marcaban el flujo de la vida. Con mucha delicadeza, pasó la yema del pulgar por uno de los pezones erectos, presionando ligeramente hasta que una pequeña gota de líquido blanquecino asomó en la punta. El hombre bajó la cabeza sin dudarlo, atrapando la redondez con sus labios, probando el sabor dulce y tibio de la leche materna mezclado con el calor de la piel de su esposa.
Emma soltó un jadeo sonoro, apretando los hombros anchos de Benedict mientras una corriente de electricidad le recorría el vientre bajo. La sensación de ser adorada de esa manera tan íntima y primitiva, donde sus funciones de madre se mezclaban con el deseo carnal de su esposo, la hizo perder el sentido de la orientación. Benedict succionaba con un ritmo pausado y profundo, devorando cada gota que brotaba, usando la punta de la lengua para estimularla mientras su otra mano bajaba por su vientre suave, buscando el calor húmedo entre sus piernas que ya lo esperaba con urgencia.
—Eres perfecta, maldita sea. Toda tú me perteneces, cada gota de tu cuerpo es mía —dijo Benedict, levantando el rostro para mirarla fijamente mientras se despojaba de la ropa con movimientos torpes por la prisa.


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