¿Podía un hombre hacerla sentir más miserable? Probablemente no. Emma observó los ojos de Noah y sintió un nudo visceral en la garganta que amenazaba con asfixiarla. La preocupación en el rostro de él mientras sostenía a Mariana, y la forma en que su mano se posó sobre el vientre de la pelirroja para proteger el mencionado embarazo, eran un puñal clavado en su pecho. Era un dolor insoportable, una agonía que la hacía querer doblarse sobre sí misma y desaparecer, mientras sentía que a ella se la llevaba el diablo. Se tragó el malestar con una fuerza desesperada, apretando los dientes para no ponerse a llorar delante de todos esos desconocidos que la juzgaban con la mirada. No podía permitirse esa debilidad, mucho menos ahora que el suelo se abría bajo sus pies.
—Tiene ocho semanas de embarazo, te juro que si algo le pasa me las vas a pagar —amenazó Noah con un dedo acusador hacia Emma, con una voz que destilaba un odio maldito y directo hacia ella.
Joder.
Aquella amenaza terminó de destrozarla.
Eran las mismas semanas que tenía Emma. El asco y el dolor que le producía saber que Noah las había dejado embarazadas al mismo tiempo la hicieron palidecer hasta quedar casi traslúcida. Noah la estaba señalando, condenándola frente a su familia, y la rabia en su rostro era evidente; le dolía que Emma, la mujer que él usaba en la oscuridad, pudiera haberle hecho daño a su "familia oficial". Emma sentía todas esas miradas clavadas en su piel como si fuera la peor de las mujeres, una loca agresora atacando a una embarazada, sin que nadie ahí supiera que ella también llevaba una vida en su vientre, una vida que a Noah le importaría un carajo probablemente, porque ya había demostrado que ella no le importaba en absoluto.
El ensimismamiento de Emma era tal que el mundo alrededor se volvió borroso, hasta que la voz de Benedict la trajo de vuelta a la realidad.
—No te permito que acuses a mi prometida de esa manera —dijo Benedict mientras se colocaba frente a ella, cubriéndola con su cuerpo y elevando el mentón hacia su sobrino con una autoridad aplastante.
Mo mostró ni un ápice de duda. Su presencia era como un muro de piedra que separaba a Emma del escarnio público.
—Si ese embarazo es tan riesgoso, quizá no debería estar festejando sino en el hospital —continuó Benedict—. Me parece una estupidez que culpen a Emma cuando es ella quien ha estado bailando con esos tacones toda la velada. Tu esposa no es la más precavida, Noah; si algo le pasa a tu hijo sería una lástima, pero sería culpa de su imprudencia y no de mi prometida.
Mariana se vio profundamente ofendida y apretó los labios con un odio que ya no podía ocultar bajo su máscara de víctima. Pero Benedict no había terminado.
—Y tú, sobrino, te recomiendo tener más cuidado en la forma en que te diriges a Emma. Recuerda que muy pronto será tu familia.
—¡Basta, Benedict! Es suficiente —interrumpió Robert Campbell, haciendo que todos guardaran silencio. Benedict elevó una ceja, su padre no parecía sorprendido por la noticia, seguramente ya lo sabía—. Noah, llama a un médico para que revise a tu mujer de inmediato. El resto, será mejor que volvamos al salón a menos que deseen dar por terminada esta fiesta.
De inmediato, toda la gente que había estado pendiente del drama ocasionado, comenzó a dirigirse al salón.
—Yo tengo que hablar seriamente contigo, Benedict, así que mañana te espero en mi despacho. No voy a acusar a tu... prometida, pero creo que su presencia ya ha causado demasiado alboroto. Lo mejor será que se retiren.
—No te preocupes, padre. Las bodas jamás han sido de mi agrado, así que con gusto nos largamos —respondió Benedict con todo el cinismo del que era capaz—. Pero será mejor que todos se acostumbren a la presencia de Emma, porque como dije, pronto será de la familia.

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