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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 15

Benedict se colocaba la camisa frente al espejo, abotonándola con calma mientras ignoraba la tormenta de pensamientos que siempre lo invadía en esa casa. La mansión Campbell había sido habitada por Robert, él y Noah desde que tenía memoria. Su madre había fallecido cuando él tenía apenas diecinueve años, en el mismo accidente que se llevó a su hermano Ernesto y a su cuñada —los padres de Noah—. Noah, con solo diez años, se había quedado huérfano de golpe y Robert terminó haciéndose cargo de él. Después, pese a ser adultos y tener fortunas propias, ninguno había tomado la decisión de irse de aquella propiedad. Era enorme, con todas las comodidades con las que un hombre pudiera soñar, y francamente no había un motivo real para mudarse, más allá de evitar las miradas de juicio del otro en los pasillos.

​Como experto en finanzas y estrategia corporativa, Benedict se había formado con un único propósito: dirigir el imperio familiar. Su padre lo había nombrado director general, un puesto que desempeñaba a la perfección, con una frialdad y una eficacia que nadie en el sector podía cuestionar. Sin embargo, su verdadera meta siempre fue suceder a Robert como CEO. Todo parecía estar bajo control y destinado a sus manos hasta que su padre puso aquella maldita cláusula en el testamento: los bienes y el mando total pasarían al primero que le diera un nieto. No se trataba solo de su espíritu competitivo o de su soberbia, la cual estaba bien justificada porque sabía que no había un hombre mejor preparado que él para el puesto. Era la rabia de que su sobrino pudiera arrebatarle lo que por derecho y capacidad le pertenecía. Para Benedict, Noah no lo merecía; era un pensamiento que le quemaba las entrañas.

​Terminó de abotonarse la camisa y salió de su habitación. Caminó por los pasillos silenciosos hasta el despacho de su padre, tal como se lo indicó la noche anterior. Al entrar, el olor a tabaco y madera vieja lo recibió de golpe. Robert estaba sentado tras su escritorio, imponente, y le hizo un gesto para que tomara asiento. Benedict prefirió quedarse de pie, recargado cerca de la puerta con una postura arrogante. No le gustaba que su padre lo llamara a solas porque sabía que la charla resultaría en un incómodo sermón sobre su vida privada, algo que no le interesaba escuchar.

​—Ahorremos esto y dime qué es lo que te incomoda sobre Emma, padre —soltó Benedict, cortando el silencio antes de que Robert empezara.

​Robert levantó la vista, sus ojos eran dos pozos de sospecha que analizaban cada fibra de su hijo.

​—Justo eso me incomoda. No sé quién es ella, no sé de dónde salió y me pregunto por qué de pronto, justo ahora, estás pensando en casarte. Aunque tengo una idea bastante clara de tus motivos.

​Benedict soltó una risa seca y finalmente decidió sentarse. Se dejó caer en la silla frente al escritorio, tiró la espalda contra el respaldo y cruzó una pierna sobre la otra con total desparpajo. Miró a su padre con un desafío que le brillaba en los ojos.

​—¿Insinúas que me caso únicamente por la herencia? ¿Crees que me encontré a Emma por ahí y le propuse que fuera mi esposa con el único fin de obtener tu tan preciada herencia? ¿Tan desgraciado me crees? —preguntó Benedict, arqueando una ceja. Era un maldito sínico.

​—No juegues conmigo, Benedict. Soy tu padre y conozco mi propia sangre. Sé de lo que eres capaz cuando se trata de ganar —respondió Robert, apoyando las manos sobre el escritorio.

​Benedict sonrió más, con sarcasmo. Sabía que su padre lo conocía, pero lo que realmente le molestaba era que no conocía la verdadera cara de Noah. Su sobrino siempre había mostrado una fachada de buen hombre, del hijo perfecto y responsable, una imagen que era el polo opuesto a Benedict. Ante los ojos de Robert, Benedict era el rebelde que solía pasar las noches en clubes nocturnos, perdiéndose entre las piernas de mujeres hermosas que solo lo satisfacían físicamente. La reputación de Benedict no era la mejor en el ámbito familiar, y Noah se había encargado de brillar a costa de esa sombra.

​—No sé si le ofreciste dinero a esa mujer para cubrir esta farsa, pero lo voy a averiguar —sentenció Robert, sin apartar la mirada—. No voy a permitir que te burles de esta familia con un matrimonio inventado.

​Benedict sintió que la rabia le subía por el cuello, pero mantuvo la calma externa. Le resultaba patético que su padre no le dijera lo mismo a Noah, quien claramente se había apresurado a casarse y a preñar a Mariana por el mismo motivo. El favoritismo de Robert hacia la "rectitud" de su nieto era algo que Benedict no iba a perdonar fácilmente. Estaba decidido a quedarse con esa herencia, incluso si para lograrlo tenía que quemar la mansión entera con todos ellos adentro.

​—Averigua lo que quieras —dijo Benedict, levantándose de la silla—. ​Antes de que lo hagas, te diré algo que debes saber sobre Emma —soltó, deteniéndose justo antes de cruzar la puerta.

​Robert frunció el ceño, esperando saber qué otra trama o manipulación estaba por soltar su hijo. Pero la seguridad en el rostro de Benedict lo puso alerta.

​—Emma está embarazada —declaró Benedict con una frialdad absoluta—. Tiene ocho semanas y, si me voy a casar con ella, es porque obviamente ese hijo es mío.

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