Los días parecieron moverse mas de prisa y eventualmente, el juicio de Noah llegó. La sala de audiencias del tribunal civil amaneció con un murmullo constante de abogados y guardias de seguridad que acomodaban los escritorios principales. Mariana cruzó el umbral del recinto arrastrando el pie izquierdo con evidente dificultad, apoyándose con firmeza en un bastón de metal con empuñadura de madera negra para sostenerse. Dos enfermeras uniformadas caminaban a sus costados, sosteniéndola de los codos con sumo cuidado cada vez que flaqueaba; Robert había pagado por esa asistencia médica completa, pues después de todo, al ser la esposa legal de Noah, tenía derecho a usar los recursos de la familia, pese a que Benedixt le había retirsdo el apoyo y nadie se lo podía negar. Mariana avanzó hasta la primera fila de los asientos de madera, sentándose con un esfuerzo que le hizo apretar los dientes. Levantó la vista y descubrió a Benedict de pie cerca del estrado principal, conversando en voz baja con el fiscal del caso.
Un resquemor amargo se instaló en el pecho de Mariana al contemplar la figura imponente de Benedict. Mirarlo le traía el recuerdo constante de saber que con él su destino pudo haber sido completamente diferente, lleno de estabilidad y lujos legítimos, aunque ahora era sumamente consciente de que en realidad jamás tuvo la menor oportunidad de conquistarlo. No se sentía humilde ni andaba pidiendo clemencia por los pasillos; simplemente estaba consciente de que sus propias acciones le trajeron consecuencias desastrosas. Ella se culpaba a sí misma en la intimidad por la muerte de Altagracia y sabía perfectamente que cargaría con esa culpa el resto de sus días. Detestaba a Noah con todas las fuerzas de su ser, pero ya no experimentaba ese odio destructivo que le quemaba las entrañas meses atrás; los médicos de la clínica le habían dado terapia intensiva durante su internamiento y lo único que deseaba ahora era sanar del todo, cerrar las heridas del cuerpo y recuperar su vida, esa misma que perdió por culpa de las ambiciones de Noah y las propias.
Las puertas laterales de la sala se abrieron de golpe, interrumpiendo las conversaciones de los asistentes. Dos custodios armados entraron escoltando a Noah, quien caminaba con las esposas tintineando en sus muñecas y vistiendo el uniforme naranja de la prisión preventiva. Su aspecto físico se notaba demacrado, con la barba crecida y el cabello desaliñado, pero conservaba intacta esa sonrisa cínica que tanto fastidio provocaba en la familia. En cuanto Noah puso un pie en el centro del pasillo principal, sus ojos verdes buscaron a Mariana. Una rabia evidente transformó sus facciones al verla apoyada en el bastón y custodiada por el personal que su propio abuelo pagaba. Noah apretó los puños, haciendo crujir las cadenas de las esposas, mientras sus ojos destilaban una furia contenida que amenazaba con romper la solemnidad del lugar.
Mariana le sostuvo la mirada sin achicarse, enderezando la espalda en el asiento de madera. El enojo entre ambos se volvió visible para los presentes; las miradas que se lanzaban estaban llenas de reproches acumulados por meses de traiciones. Mariana revivía el dolor en la columna cada vez que recordaba el empujón que la mandó al fondo de las escaleras de la mansión. El ambiente se puso tenso, sin discursos largos, simplemente dos personas que se destruyeron la vida mutuamente midiéndose antes de escuchar la resolución del juez.
Benedict tomó asiento en la fila correspondiente a los testigos de la parte acusadora, cruzando las piernas con una tranquilidad que desquiciaba a Noah. El fiscal se acomodó los lentes y comenzó la lectura de los cargos formales, detallando el fraude financiero, el homicidio de Altagracia y las lesiones graves infligidas a Mariana durante la noche de la agresión. Noah se sentó junto a su abogado de oficio, moviendo la pierna izquierda con un balanceo nervioso que demostraba la desesperación que intentaba ocultar tras su arrogancia.
—Tu declaración de hoy va a ser el clavo definitivo en su ataúd, Mariana. No dejes que su presencia te intimide en lo absoluto —dijo la enfermera más experimentada, acomodándole el abrigo sobre los hombros mientras le acercaba un vaso con agua.
—Ese imbécil ya no tiene ningún poder sobre mí. Que me mire todo lo que quiera, hoy es el día en que empieza a pagar por cada una de las porquerías que nos hizo —respondió Mariana en voz baja, tomando el vaso con dedos firmes, demostrando que la terapia había funcionado para devolverle el control sobre sus emociones.


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