La sala de la planta alta estaba en completo silencio, iluminada por el sol de la tarde que entraba por el gran ventanal. Catalina tomaba una taza de té sentada en el sillón individual, mientras Emma descansaba en el sofá grande con la pequeña Benett en sus brazos. La bebé se veía atenta, con sus ojitos fijos en los de su madre, moviendo una de sus manitas abiertas para acariciarle la mejilla con suavidad. Emma sonreía, embelesada por el gesto, besándole los dedos pequeños a su hija. Angélica caminaba de un lado a otro frente a ellas, frotándose las manos con un nerviosismo que ya no podía contener, hasta que se detuvo en seco y las miró fijamente.
—Tengo que decirles algo muy importante —soltó Angélica, tomando aire antes de continuar—. Estoy embarazada. Estoy espersndo un hijo y tengo quince semanas.
Catalina dejó la taza sobre la mesa de madera de un golpe, abriendo los ojos de par en par, mientras Emma se quedó estática por un segundo, mirando a su madre con una sorpresa absoluta que pronto se transformó en una sonrisa enorme. La reacción de ambas fue puramente emotiva; después de todo, Angélica era una mujer adulta y madura, no necesitaba que la reprendieran como si fuera una jovencita irresponsable. Catalina se levantó para abrazarla con fuerza, con los ojos llorosos por el impacto de la noticia, dándole palmaditas en la espalda en señal de apoyo incondicional. Emma se acomodó a la bebé en el regazo, riendo con una felicidad genuina que no le cabía en el pecho.
—¿Escuchaste eso, Benett? Vas a tener un tío más joven que tú —dijo Emma, inclinándose hacia la bebé, quien no comprendía las palabras de su madre.
No hacía falta preguntar mucho, por supuesto Angelica habia tenido sexo, los detalles no importaban y en cuanto a quién era el padre... era algonque esperarían pacientes a que ella les informara.
La alegría del momento se cortó de golpe cuando el teléfono celular de Angélica vibró en su mano con una llamada de urgencia del abogado de la familia Campbell, quien le informó en un tono alarmado que un contacto en la fiscalía le había informado que se había iniciado una investigación formal en su contra por el envenenamiento de Mariana. Angélica sintió un frío recorrerle la espalda; la policía ya la estaba buscando y el tiempo se le terminaba. Sin dar explicaciones detalladas a su familia, tomó sus llaves y salió de la mansión a toda prisa, manejando directo hacia el club nocturno de la zona baja de la ciudad, el único lugar donde sabía que encontraría al ruso para pedirle ayuda.
Al entrar al establecimiento, la música de fondo y las luces de los pasillos la guiaron hasta el área privada del segundo piso. El ruso estaba sentado en un sillón de piel oscuro y no se vio para nada sorprendido al verla cruzar la puerta; al contrario, se reclinó hacia atrás, recorriendo su cuerpo con un descaro absoluto que le hizo notar la ligera y pequeña redondez de su vientre, antes de esbozar una sonrisa de suficiencia.
—Angie. Qué agradable sorpresa —saludó el ruso, poniéndose de pie sin ninguna prisa.
—Tenemos que hablar de inmediato, y tiene que ser en privado —dijo Angélica, cruzando los brazos sobre el pecho para ocultar el temblor de sus manos, sosteniéndole la mirada con una mezcla de enojo y desesperación.
El ruso hizo una seña al barman de la barra privada para que sirviera dos copas de un licor oscuro y costoso, pero Angélica levantó la mano de inmediato, deteniendo el movimiento del empleado antes de que colocaran los vasos sobre la mesa.
—No voy a tomar nada de alcohol. Te dije que tenemos que hablar a solas —insistió Angélica, apretando los dientes por la frustración de verlo tan calmado en medio de su tormenta personal.
El ruso asintió con un gesto plano y la guió por un pasillo trasero que conectaba directamente con un departamento privado en el piso superior del edificio, últimamente ahí cerraba sus negocios. Una vez que la puerta pesada se cerró con doble llave, Angélica se giró hacia él, soltando la bomba que traía atorada en la garganta desde hacía horas.
—Estoy esperando un hijo tuyo. Tengo quince semanas de embarazo —confesó Angélica, plantándose frente a él con el rostro encendido por la rabia de verse obligada a tener que ablrdar el tema.
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