El ruso notó cómo la piel de Angélica se quedaba completamente blanca mientras escuchaba la voz de su madre a través del auricular. Ella bajó la mano que sostenía el teléfono con un temblor evidente, dejando que el aparato colgara a un costado de su cuerpo mientras la respiración se le volvía corta y rápida. Él dio un paso hacia el frente, tomándola de los antebrazos para obligarla a mirarlo, notando el pánico real que empezaba a asomar en sus ojos oscuros, una expresión que contrastaba con la altanera mujer que había entrado al club minutos atrás.
—¿Qué sucede, Angie? Habla de una vez —pidió el ruso, apretando el agarre en sus brazos para infundirle algo de cordura en medio del colapso que estaba sufriendo.
Angélica tragó saliva con dificultad, sintiendo que la garganta se le cerraba por la angustia de verse acorralada por las autoridades locales, algo que jamás pensó que ocurriría.
—La policía fue a la mansión. Tienen una orden de aprehensión en mi contra por el aborto y el envenenamiento de Mariana. Alguien me delató, saben todo lo que puse en su comida el día de la boda de mi hija —confesó Angélica, soltando las palabras de golpe, con un tono de voz que mezclaba el miedo con una profunda frustración por ver sus planes arruinados.
El ruso no mostró ni un ápice de preocupación al escuchar la gravedad de la acusación; al contrario, una sonrisa ladina y descarada comenzó a dibujarse en sus labios, desatando una chispa de diversión en sus ojos. Le parecía absolutamente genial descubrir la verdadera naturaleza de la mujer que tenía enfrente; las piezas del rompecabezas encajaban a la perfección y confirmaban sus sospechas de que ambos estaban cortados con la misma tijera, siendo ella una criatura igual de cruel, calculadora y desalmada que él cuando se trataba de proteger sus propios intereses o eliminar los estorbos del camino.
—No te rías, idiota, esto no es un juego. No voy a pisar la cárcel por culpa de esa mujer, por más poder que tengan los Campbell en esta ciudad. La fiscalía consiguió un testigo clave y tienen pruebas contundentes en mi contra, pero estoy embarazada de ti y no pienso entregarme a ningún policía para que me encierren en una celda mugrosa —expresó Angélica, zafándose de su agarre, caminando hacia la ventana del lugar para mirar hacia la calle con los puños cerrados.
El ruso caminó detrás de ella, colocándose a su espalda sin tocarla, observando cómo sus hombros subían y bajaban debido a la agitación del coraje que la dominaba.
—Tengo un plan para esto, Angie. De hecho, mi trabajo en esta ciudad ya estaba por terminar y tenía planeado marcharme pronto a mi país. Puedo acelerar el viaje para esta misma noche, conseguir los permisos necesarios para el jet privado y llevarte conmigo lejos de los Campbell y de la policía de este lugar —propuso el ruso, estirando la mano para delinear la curva de su cuello con los dedos, sintiendo los latidos acelerados de su pulso.
Angélica se giró lentamente, sopesando la propuesta con frialdad; marcharse significaba dejarlo todo atrás, huir como una criminal y depender por completo del hombre que la había embarazado, pero la alternativa de pasar años tras las rejas era mil veces peor. Asintió con la cabeza en un gesto de aceptación, aceptando las condiciones del escape con la condición de que le permitiera hacer una última parada antes de subir al avión.
Dos horas más tarde, Emma llegó apresurada al jardín trasero de un pequeño café abandonado en las afueras de la zona residencial, el lugar donde su madre la había citado mediante un mensaje de texto de carácter urgente. Emma traía a la pequeña Benett dormida en sus brazos, envuelta en una manta de lana rosa, y su rostro reflejaba una confusión enorme mezclada con la angustia de saber que las patrullas estaban estacionadas frente a la mansión familiar. Al ver a Angélica de pie junto a un automóvil sin placas, Emma apresuró el paso, sintiendo que el corazón se le partía al notar las maletas en el asiento trasero.
Angélica no esperó a que su hija le hiciera preguntas; dio un paso al frente y la estrechó entre sus brazos con una fuerza inusual, teniendo cuidado de no lastimar a la bebé que descansaba en medio de las dos. Emma se quedó congelada por el impacto del abrazo, sintiendo cómo el cuerpo de su madre temblaba ligeramente contra el suyo, una muestra de vulnerabilidad que jamás había visto en ella.

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