El tintineo metálico de las esposas golpeando la mesa de madera fue el único sonido que precedió al inicio de la sesión en el locutorio de la prisión de alta seguridad. Noah se acomodó en la silla de metal con una rigidez que ya se había vuelto parte de su anatomía tras semanas de encierro, fijando sus ojos verdes en el maletín de cuero que su abogado, el licenciado Estrada, colocaba sobre la superficie maltratada. El defensor sacó un fajo de documentos legales con el sello del registro civil y los deslizó hacia el frente, ajustándose las gafas con un gesto que denotaba la incomodidad de estar en ese lugar.
—El trámite quedó concluido esta mañana, Noah. Oficialmente, Mariana ya no es tu esposa; el divorcio se decretó bajo disolución de mutuo acuerdo dado el contexto de tu sentencia. Ahora bien, tenemos que revisar el desglose de los bienes propios que serán divididos entre ambas partes, puesto que tú tenías propiedades y cuentas registradas a tu único nombre antes de la boda que no entraban en la sociedad conyugal, y ella está exigiendo la liquidación correspondiente —explicó el abogado, señalando las líneas donde los peritos contables habían tasado los activos.
Noah se mantuvo completamente serio, con las facciones del rostro tan duras como si estuvieran talladas en piedra. No le importaba en absoluto la pérdida de los terrenos o las cuentas bancarias que Mariana pretendía arrancarle; toda su atención estaba concentrada en un objetivo mucho más profundo y privado que el dinero de los Campbell. Se inclinó un poco hacia el frente, haciendo que las cadenas de sus muñecas sonaran contra el borde de la mesa, y bajó la voz para que los custodios que vigilaban desde la puerta de cristal no prestaran atención.
—¿Conseguiste lo que te pedí? —preguntó Noah, interrumpiendo el discurso técnico, con una intensidad en la mirada que denotaba que la respuesta definiría su estado de ánimo por el resto de la tarde.
Estrada soltó un largo suspiro, dejando caer los hombros mientras miraba de reojo hacia la cámara de seguridad del techo, sintiendo el sudor frío del nerviosismo bajarle por la nuca. Metió la mano en el bolsillo interior de su saco y extrajo un sobre blanco de tamaño pequeño, deslizándolo por debajo de los papeles del divorcio con un movimiento rápido y discreto.
—No fue sencillo, Noah. La seguridad alrededor de la mansión y de los movimientos de la familia es extrema desde que se dictó tu condena, pero logré que uno de los fotógrafos de la prensa local me vendiera esto —reveló el abogado, retirando las manos para dejar el sobre al alcance del recluso.
Noah abrió el papel con dedos torpes debido a las restricciones de las esposas y extrajo una fotografía impresa a color de alta resolución. La imagen mostraba a Emma sentada en una banca del jardín trasero de la clínica privada, cargando con una ternura infinita a la bebé en sus brazos. Emma sonreía de una forma hermosa, con esa luz en los ojos que él tanto recordaba y que le provocó un vuelco inmediato en el estómago; la pequeña vestía una batita de punto rosa y se chupaba la mano derecha con los ojos muy abiertos hacia la lente.
—Su nombre es Benett Campbell —mencionó el abogado, observando cómo la mandíbula de su cliente se apretaba al escuchar el apellido del empresario.
Noah comenzó a acariciar la fotografía con el pulgar, recorriendo los contornos del rostro de Emma antes de detenerse por completo sobre la figura de la niña. En su cabeza, la idea fija de que esa bebé era suya se instaló con la fuerza de una verdad absoluta; los tiempos de la gestación, los últimos encuentros furtivos que había tenido con Emma antes de que ella lo descubrieran con Mariana solo le confirmaban que su sangre corría por las venas de esa criatura.
—Se parece muchísimo a Benedict, Noah —comentó el abogado, intentando traer un poco de realidad a la obsesión evidente que le leía en el rostro al preso.
—¿Por los ojos? Mi padre y mi abuelo tienen los mismos ojos, Estrada. El color no significa absolutamente nada en esta maldita familia; los genes de los Campbell se repiten en todos nosotros de la misma manera —respondió Noah, sin apartar la vista de la sonrisa de Emma, sintiendo que una mezcla de rabia y posesión le quemaba el pecho al verla tan feliz por estar al lado del hombre que odiaba.

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