El agua tibia salpicaba ligeramente los bordes de la tina de porcelana blanca mientras Emma sostenía con firmeza el cuerpo de Benett, que ya cumplía cuatro meses de nacida. A esta edad, la pequeña se mostraba mucho más activa y despierta; estiraba sus piernas con fuerza, chapoteando con entusiasmo y emitiendo pequeños balbuceos alegres que resonaban en las paredes del cuarto de baño. Su pasatiempo favorito durante este momento del día era intentar atrapar un patito de goma amarillo que flotaba a su alrededor; coordinaba sus movimientos con cuidado hasta que lograba sujetarlo con ambas manos, llevándoselo de inmediato a la boca mientras Emma se reía, vertiendo agua templada sobre sus hombros con una pequeña taza plástica. La bebé disfrutaba muchísimo del baño, relajándose bajo el contacto del agua y el aroma del jabón neutro, mientras miraba a su madre con esos ojos claros que cada día se parecían más a los de los Campbell.
Emma sacó a la niña de la tina, envolviéndola de inmediato en una toalla de algodón con capucha de oso para evitar que se enfriara, y la trasladó al cambiador de la recámara. Mientras la secaba con movimientos suaves, sin ninguna prisa, platicaba con ella en un tono dulce, contándole cómo sería la tarde cuando Benedict regresara del trabajo. Benett respondía estirando los brazos hacia el rostro de Emma, buscando sus cabellos y soltando una risita ronca cuando sentía las cosquillas del talco en sus pies. Emma tomó un mameluco rosita con botones de presión en el frente, pasándole las mangas por las extremidades diminutas con una paciencia absoluta, disfrutando cada segundo de esa intimidad que solo ellas compartían. Una vez vestida, la cargó contra su pecho, acomodándose en la mecedora de la esquina para darle de comer leche materna; la bebé se prendió de inmediato, entrelazando sus pequeños dedos con los de Emma, mientras el ritmo de su respiración comenzaba a volverse más pausado y pesado conforme se saciaba.
Cuando la niña se quedó completamente dormida, Emma la acostó con cuidado en medio de la gran cama matrimonial para mantenerla vigilada mientras aprovechaba el tiempo para hablar con Angélica por teléfono. Su madre, desde su residencia en el extranjero, compartía los pormenores de su propio proceso; ya alcanzaba las veinticuatro semanas de un embarazo estable y sin complicaciones, y no dejaba de repetir lo contenta que estaba con las atenciones que el ruso le brindaba en su nuevo hogar. Emma escuchaba con una sonrisa, aliviada de saber que la tormenta legal había quedado atrás para ellas y que su madre finalmente parecía haber encontrado una estabilidad, aunque fuera en un entorno tan complejo como el de la mafia. Al terminar la actualización médica, Emma se despidió con cariño, prometiendo enviarle nuevas fotografías del crecimiento de la niña esa misma noche.
Emma tomó a la bebé en sus brazos una vez más y la llevó hasta su cuna, acomodándola de lado sobre el colchón firme antes de ajustar las mantas tejidas alrededor de su cuerpo. Todo en la habitación quedó en un silencio absoluto, apenas alterado por el sonido del monitor de respiración que parpadeaba con una luz verde en la mesita de noche. Emma miró el reloj de pared, dándose cuenta de que ya pasaba de la una de la tarde y pronto llegaría Benedict a la mansión para comer juntos, tal como lo tenían planeado desde el inicio de la semana. Salió de la habitación de la bebé con pasos sigilosos, entornando la puerta de madera para no romper el descanso de la pequeña.
Habían transcurrido solo unos minutos desde que bajó al piso inferior. Desde el nacimiento de Benett, Emma se había rehusado tajantemente a tener una niñera de planta dentro de la propiedad, pues consideraba que ella misma tenía el tiempo y la energía necesarios para encargarse por completo de la crianza de su hija, sin intermediarios. Sin embargo, ahora que deseaba tomar una ducha larga y cambiarse de ropa antes de que su esposo cruzara el portón, se planteaba seriamente la posibilidad de contratar finalmente a una profesional que la auxiliara en los momentos más complicados del día. Caminó por el pasillo principal hasta encontrarse con una de las sirvientas de confianza de la casa y le pidió que le preparara el agua caliente en el baño principal. Le indicó con claridad que, en cuanto terminara de llenar la tina, se quedara unos minutos cuidando de Benett cerca de la cuna mientras ella se duchaba; la empleada asintió con amabilidad, haciendo una pequeña reverencia antes de subir las escaleras para cumplir con la encomienda.
Emma regresó al dormitorio principal poco después, con la intención de sentarse en el sillón de lectura a esperar a que la sirvienta le avisara que el baño estaba listo para poder entrar. Caminó con tranquilidad por la alfombra gruesa, estirando la mano hacia la manija de madera de la habitación de la bebé para echar un último vistazo de rutina. Sin embargo, al abrir la puerta, su rostro palideció por completo y el aire se le atascó en la garganta al ver la escena que se desarrollaba en el interior del cuarto infantil.

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