La primera reacción de Emma fue cerrar la puerta con fuerza, pero Noah lo impidió colocando su pie. Empujó la madera obligándola a retroceder varios pasos y entró al apartamento, barriendo el lugar con una mirada de odio. Ella, con el ceño fruncido y el pulso galopando en sus oídos, trató de interponerse, pero fue inútil; Noah ya estaba adentro, invadiendo su espacio y rompiendo la escasa paz que había logrado construir esa mañana.
—¿Qué carajos haces aquí? —exigió Emma, intentando que su voz no delatara el temblor que recorría su cuerpo.
—Eso mismo me pregunto yo. ¿Qué demonios haces tú en el apartamento de Benedict? —respondió Noah, estaba muy molesto.
Emma cruzó los brazos sobre el pecho, mientras la rabia se adueñaba de su cuerpo.
—¿No es obvio? Duermo aquí. Vivo aquí —soltó con toda la frialdad que pudo reunir, aunque por dentro sintiera que se caía a pedazos.
Noah apretó los dientes de tal forma que los músculos de su mandíbula saltaron. La furia en su rostro hizo que él corazón de Emma saltara más fuerte.
—Deberías irte a disfrutar de tu luna de miel y no estar pendiente de lo que hago yo —añadió ella, queriendo herirlo de la misma forma en que él lo hacía.
Noah no respondió con palabras. Dio un paso violento hacia ella, la sujetó del brazo con una fuerza que le arrancó un gemido y la pegó a la pared. Estaba fuera de sí.
Al terminar la noche, se había llevado a Mariana al apartamento donde tantas veces llevó a Emma. Mariana se sentía mal, lloraba por la humillación de Benedict y el estrés de la fiesta amenazando la vida que llevaba en su interior arruinó la noche de bodas. Noah estaba tenso, carcomido por la imagen de Emma del brazo de su tío. Se negaba a creer que ella fuera ese tipo de persona: una arribista esperando al mejor postor que la sacara de la miseria donde vivía. Había ido a la farmacia por medicamentos que lograrán apaciguar el malestar de su esposa y sin darse cuenta terminó frente a la casa de Emma. Allí, Angélica le dijo entre sollozos que Emma se había ido sin decir nada apenas terminaron su relación, que estaba profundamemte preocupada por ella, porque no sabía dónde estaba y solo rogaba al cielo que su querida hija estuviera a salvo. También le contó que no solo se había ido de casa sin importarle nada, se fue dejándolas con deudas. Noah terminó dándole un fajo de billetes, un gesto que le dio asco; sentía repudio de saber que ella había dejado a su familia a su suerte para largarse a la cama de un hombre con más dinero.
Se negaba a creer que Emma no fuera la mujer dulce que decía amarlo.
—¿Qué pretendes? Si lo que querías era hacerme enfadar, ya lo lograste —siseó Noah, acercando su rostro al de ella—. No juegues con mi paciencia porque sabes que es poca. Termina con esta farsa de relación ahora mismo, porque no sabes de lo que soy capaz.
Emma forcejeó, sintiendo que los dedos de Noah se hundían en su carne. Cada palabra de él era como una bofetada que ardía en el interior de su cuerpo, un golpe profundo que estrujaba su corazón y lo hacía pedazos.

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