El temblor en el labio inferior de Emma se hizo presente debido a la impotencia. Cerró la puerta y se deslizó por la madera hasta quedar en el suelo, con las rodillas pegadas a su vientre aún plano. Pero, a diferencia del dolor que sintió aquel día que lo vio con Mariana en la oficina, esta vez era rabia; una rabia distinta. Quizás había sido demasiado ilusa al creer en alguien como él, pero no podía permitirse seguir llorando cada vez que la insultara, porque todo lo ocurrido solo le demostraba que no había perdido nada. No había perdido a un buen hombre. Por el contrario, había tenido la fortuna de descubrir que el hombre al que amaba no valía la pena y no tenía que perder más tiempo engañada.
Se apresuró a reponerse, se lavó la cara y retocó su maquillaje. Su vestido tenía mangas largas, así que no tendría que preocuparse por el hecho de que la marca de su mano estuviera sobre su piel. Escuchó el celular sonar; era Benedict informando que la estaba esperando abajo. Emma respiró hondo y fue hacia el auto. A dónde estaba él, con una camisa negra y un pantalón de estilo casual. Él le abrió la puerta y luego subió.
—Me sorprendió que llamaras —dijo Emma.
—Si vamos a estar casados por más de nueve meses, lo ideal es que nos conozcamos —respondió Benedict con firmeza—. Eso ayudará a que nuestra convivencia sea natural y no parezcamos dos extraños incómodos cuando estemos frente al resto.
Emma estuvo de acuerdo. Benedict detuvo el auto en un restaurante hermoso que contaba con una bella terraza. Emma la eligió ya que el aire fresco ayudaría a que no le dieran náuseas. Una vez pidieron los platillos, Benedict retomó la conversación.
—Mi padre ya sabe que estás embarazada —le soltó él con seriedad—. Es cuestión de tiempo para que comience a investigarte, así que, si tienes algún secreto que yo deba saber, será mejor que me lo digas ahora para que no me tome por sorpresa.
Emma le aseguró que no había secretos. Tampoco había nada que la ligara a Noah, puesto que él siempre fue extremadamente cuidadoso para que no los vieran juntos. Benedict la vio pensativa y le preguntó qué sucedía. Entonces, ella confesó que Noah había ido a buscarla. Benedict tensó la mandíbula, visiblemente enojado.
—¿Qué fue lo que sucedió? —preguntó él.
Emma le relató que Noah la había insultado, exigiéndole que dejara esa relación o se arrepentiría. Benedict se enfureció aún más y lo maldijo entre dientes. Al notar los ojos brillantes de Emma, la escrutó con la mirada.
—¿Pasó algo más? ¿Ese imbécil se atrevió a tocarte?
Ella lo negó. Aunque el agarre en su brazo había sido fuerte, por fortuna no pasó a mayores.
—Mi sobrino es un maldito imbécil —sentenció Benedict—. No te preocupes, porque me las va a pagar.
Se veía muy molesto; una vena se marcó en su frente por la ira. Benedict no parecía ser del tipo caballeroso, y no lo era. Era un hombre que tenía poder y sabía usarlo a su conveniencia, pero ahora Emma era su prometida; si Noah se metía con ella, se metía con él, y no iba a tolerarlo.
Al notar que Emma observó con atención un postre que fue llevado a una mesa cercana, él ordenó uno igual para ella. Dinero era algo que le sobraba y no escatimaría con su prometida, así se tratase de un simple postre. Las mejillas de Emma se tiñeron de rojo, justo antes de que Benedict le extendiera una tarjeta de crédito.


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