Benedict se colocaba la camisa frente al espejo, abotonándola con calma mientras ignoraba la tormenta de pensamientos que siempre lo invadía en esa casa. La mansión Campbell había sido habitada por Robert, él y Noah desde que tenía memoria. Su madre había fallecido cuando él tenía apenas diecinueve años, en el mismo accidente que se llevó a su hermano Ernesto y a su cuñada —los padres de Noah—. Noah, con solo diez años, se había quedado huérfano de golpe y Robert terminó haciéndose cargo de él. Después, pese a ser adultos y tener fortunas propias, ninguno había tomado la decisión de irse de aquella propiedad. Era enorme, con todas las comodidades con las que un hombre pudiera soñar, y francamente no había un motivo real para mudarse, más allá de evitar las miradas de juicio del otro en los pasillos.
Como experto en finanzas y estrategia corporativa, Benedict se había formado con un único propósito: dirigir el imperio familiar. Su padre lo había nombrado director general, un puesto que desempeñaba a la perfección, con una frialdad y una eficacia que nadie en el sector podía cuestionar. Sin embargo, su verdadera meta siempre fue suceder a Robert como CEO. Todo parecía estar bajo control y destinado a sus manos hasta que su padre puso aquella maldita cláusula en el testamento: los bienes y el mando total pasarían al primero que le diera un nieto. No se trataba solo de su espíritu competitivo o de su soberbia, la cual estaba bien justificada porque sabía que no había un hombre mejor preparado que él para el puesto. Era la rabia de que su sobrino pudiera arrebatarle lo que por derecho y capacidad le pertenecía. Para Benedict, Noah no lo merecía; era un pensamiento que le quemaba las entrañas.
Terminó de abotonarse la camisa y salió de su habitación. Caminó por los pasillos silenciosos hasta el despacho de su padre, tal como se lo indicó la noche anterior. Al entrar, el olor a tabaco y madera vieja lo recibió de golpe. Robert estaba sentado tras su escritorio, imponente, y le hizo un gesto para que tomara asiento. Benedict prefirió quedarse de pie, recargado cerca de la puerta con una postura arrogante. No le gustaba que su padre lo llamara a solas porque sabía que la charla resultaría en un incómodo sermón sobre su vida privada, algo que no le interesaba escuchar.
—Ahorremos esto y dime qué es lo que te incomoda sobre Emma, padre —soltó Benedict, cortando el silencio antes de que Robert empezara.
Robert levantó la vista, sus ojos eran dos pozos de sospecha que analizaban cada fibra de su hijo.


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