Entrar Via

Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 30

Robert regresó al salón con una calma que parecía haber borrado por completo la tormenta de la terraza. Caminaba con esa autoridad natural que inspiraba respeto en el resto, moviéndose entre los invitados hasta llegar al centro del salón. Catalina, por su parte, se limpió rápido los ojos con un pañuelo que llevaba en su bolso, respirando hondo para tragarse el nudo que le quemaba la garganta antes de regresar a donde estaba su hija. Angélica la recibió con una mirada analítica, pero no tuvo tiempo de preguntar nada; el silencio se extendió por el salón cuando Robert elevó una copa de cristal, capturando la atención de cada persona presente.

​—Es un honor contar con la presencia de todos ustedes en esta noche tan significativa —declaró Robert, su voz llenando el espacio sin necesidad de esfuerzo—. Me hace feliz compartir este momento que marca un nuevo capítulo para nuestra familia. Por el compromiso de mi hijo y el futuro que hoy empezamos a construir.

​Un mesero se acercó con agilidad para entregar las copas restantes. Benedict tomó la suya con un movimiento fluido, mientras que Noah hizo lo propio, apretando el tallo de la copa con una fuerza que amenazaba con quebrarla. Ambos hombres se vieron a los ojos por encima del borde del cristal, un duelo silencioso donde la rabia y el desafío eran los únicos protagonistas. Bebieron al unísono, Emma por su parte, apenas dio un pequeño trago, consciente del embarazo que ahora dictaba sus reglas. En cuanto entregaron las copas al mesero que esperaba a su lado, el aire pareció espesarse. Sin que nadie pudiera verlo venir, Benedict estiró la mano y le tomó el mentón a Emma de forma posesiva, obligándola a levantar el rostro. Se inclinó y la besó frente a todos, un beso que no tenía nada de protocolario y mucho de declaración de guerra. Emma, sorprendida pero arrastrada por la intensidad del momento, correspondió, cerrando los ojos mientras sentía el calor de Benedict envolviéndola.

Sus labios atraparon los de Emma con una intensidad devoradora, moviéndose con una maestría que le robó el oxígeno en un segundo. Era un beso rico, envolvente y oscuro, tal como era el hombre que la sostenía. Emma sintió un chispazo eléctrico recorrerle la columna, una descarga que la hizo aferrarse inconscientemente a la solapa del saco de Benedict para no perder el equilibrio.

​El sabor de Benedict, mezclado con el rastro amargo de la champaña y ese perfume que siempre lo envolvía, la hizo marearse de una forma que nada tenía que ver con su estado. Él no solo la estaba besando; estaba marcando territorio, reclamando cada centímetro de su boca frente a los ojos llenos de odio de Noah y la mirada analítica de Robert. Emma correspondió con una urgencia que la sorprendió a ella misma, dejando que su lengua se enredara con la de él en un baile desesperado que hizo que el salón y los murmullos desaparecieran por completo.

​Cuando Benedict finalmente se separó, lo hizo con lentitud, rozando sus labios una última vez como si le costara romper el contacto. Sus ojos grises, ahora convertidos en dos tormentas oscuras de deseo, recorrieron el rostro encendido de Emma.

​Noah apretó los dientes, desviando la mirada hacia un punto muerto en la pared para ocultar la furia que le deformaba los rasgos. Ver a su tío reclamando de esa manera a la mujer que hace semanas le rogaba amor era una humillación que no sabía cómo procesar. Mariana, a su lado, maldijo internamente, con las uñas clavadas en las palmas de sus manos mientras el odio le carcomía el estómago. Catalina observaba la escena con una nostalgia dolorosa, viendo en ese beso el reflejo de una pasión que ella misma había vivido y perdido, mientras que Angélica lucía entusiasmada, casi radiante, calculando mentalmente cuánto más subiría el valor de su hija después de semejante despliegue de afecto público. Benedict se alejó de Emma con una sonrisa altiva y descarada, mirándola con unos ojos que prometían incendios.

​—Valió la pena la espera —soltó Benedict, lo suficientemente alto para que los que estaban cerca lo escucharan.

​Emma sintió que sus mejillas se teñían de un rojo encendido y su corazón empezó a palpitar con una fuerza que le retumbaba en los oídos. La velada terminó poco después, entre felicitaciones hipócritas por parte de Noah y Mariana y miradas cargadas de veneno. Benedict la guio hacia su auto, uno lujoso y oscuro que rugió al encenderse en la entrada del lugar. Durante el trayecto hacia el apartamento, el silencio dentro del vehículo se volvió denso, estaban envueltos en una electricidad que Emma no podía ignorar. Ella lo miraba de reojo, estudiando su perfil perfecto recortado contra las luces de la ciudad. Se fijó en sus ojos grises, que ahora lucían más oscuros, casi negros bajo la penumbra, y en las venas que se marcaban en su mano derecha mientras sujetaba el volante con firmeza.

​Sintió una especie de excitación repentina que le recorrió la columna, una urgencia que intentó racionalizar de inmediato. Son las hormonas, se dijo mentalmente, tratando de convencerse de que su cuerpo solo estaba reaccionando a la situación y no al hombre que tenía al lado. Benedict detuvo el auto frente al edificio y bajó para abrirle la puerta. Cuando ella salió, él le tomó la mano, entrelazando sus dedos con una naturalidad que le provocó un escalofrío. Se vieron a los ojos durante un segundo eterno, un espacio donde las palabras sobraban y solo quedaba la tensión de lo que ambos sabían que vendría. Benedict la acompañó hasta la puerta del apartamento sin decir nada, manteniendo ese contacto físico que parecía quemarle la piel a Emma.

Antes de que ella pudiera despedirse, él clavó sus ojos grises en los suyos de una forma que la hizo estremecer.

​—Me gustaría beber una última copa —dijo Benedict, y su voz sonó como un mandato envuelto en cortesía.

El sabor de Benedict 1

El sabor de Benedict 2

El sabor de Benedict 3

Verify captcha to read the content.VERIFYCAPTCHA_LABEL

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Atada a un Hombre Mayor