El "quédate" de Emma fue el combustible necesario para que el fuego dentro de Benedict se acrecentara de golpe. Siempre había sido un hombre de oportunidades y no estaba dispuesto a dejar pasar una tan interesante como esta, especialmente cuando la mujer frente a él lo miraba con esa mezcla de entrega y desafío. Sujetó el mentón de Emma y lo elevó para ver en el azul de sus ojos esa seguridad que lo hizo ladear una sonrisa oscura. No había mucho que pensar al respecto; los dos eran adultos, tenían un compromiso de por medio y, para un hombre como él, no había nada mejor que el sexo para hacer una relación más llevadera, aunque esta no fuera una convencional.
Benedict se acercó a su boca y la besó, pero esta vez fue diez veces más intenso que el beso de compromiso que habían compartido frente a la familia. Sus labios apretaron con fervor los de Emma, reclamándolos con una fuerza que la dejó sin aliento, mientras su mano grande se afianzó en su cintura, pegándola a su cuerpo con una firmeza que le arrancó un gemido placentero. Ese sonido se perdió de inmediato en el calor de sus bocas conectadas. Benedict era un hombre muy grande, fuerte y ardiente, y Emma lo comprobó cuando su lengua hurgó en su boca, enredándose con la de ella al tiempo que sus manos exploraban las curvas de su cuerpo.. Él se apartó apenas unos centímetros, cuando sus pulmones necesitaron del aire. Su mirada grisácea era como una tormenta a punto de estallar, y elevó su mano hasta uno de sus pechos. Probó su peso entre sus dedos, apretando con una parsimonia que hizo que Emma arqueara la espalda, usando el pulgar para acariciar el pezón a través de la fina tela del vestido.
Benedict sintió cómo se irguió ante su tacto y no hubo en su mente otro deseo que probarlo en su boca. Volvió a capturar los labios de Emma en un beso hambriento y la elevó del suelo con una facilidad pasmosa para llevarla hasta el sofá más próximo. La sentó a horcadas en su regazo, sintiendo cómo ella envolvía su cintura con las piernas, y entonces se dio el lujo de tirar del cordón del vestido tal y como lo había imaginado desde la tarde. La tela se deslizó sin esfuerzo sobre su piel, cayendo hasta su cintura y revelando sus pechos al aire fresco de la sala. Los ojos de Benedict los admiraron con un descaro que hizo que la piel de Emma se erizara; ella se sintió hermosa bajo ese escrutinio, incapaz de explicar cómo el mínimo contacto de ese hombre lograba encenderla de una manera tan violenta.
—Justo como los imaginé —admitió Benedict, sin una pizca de vergüenza, porque era la verdad; llevaba días visualizando ese momento y deseando tener su boca justo ahí.
Emma fue osada y tomó las manos grandes de él, guiándolas de nuevo hacia su cuerpo porque quería que la tocara, que avivara ese deseo que ya estaba humedeciendo su centro únicamente con la forma en que él la miraba. Un gemido profundo salió de sus labios cuando Benedict los apretó de nuevo, besándola con una furia renovada antes de bajar despacio por su barbilla y su cuello. Se demoró en la base de su garganta, dejando pequeñas marcas, para terminar con la boca devorando uno de sus pechos, succionando con una intensidad que hizo que Emma apretara los hombros de él. Benedict la sujetó de la cadera y tiró de ella hacia adelante, obligándola a sentir la dureza de su erección contra su propia intimidad. Se sentía grande, imponente, una promesa de lo que estaba por venir.


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