Las manos de Benedict deslizaron las diminutas bragas de Emma con una lentitud que bordeaba la tortura, exponiendo su intimidad a la luz tenue de la habitación. Él elevó una de sus piernas, apoyándola en su hombro, y comenzó a besarla con una devoción que contrastaba con la fuerza que emanaba de su cuerpo. Los besos fueron lentos y expectantes, comenzó en el tobillo y fue avanzando hasta que mordió con suavidad la cara interna de su muslo, dejando una marca rosada que Emma contempló con la respiración entrecortada, y pronto ella pudo sentir el calor de su aliento en su punto más vulnerable. El aroma de Emma, era exquisito y embriagador. Cuando Emma trató de cerrar las piernas por una inercia de timidez, él sonrió con una arrogancia que la hizo estremecer y negó con la cabeza, manteniendo su posición con firmeza.
—Entre más me lo niegues, más ganas tengo de probarlo —dijo Benedict con ese tono ronco y grave que logró encenderla por completo.
—Buena chica —susurró cuando ella cedió, separando las piernas nuevamente.
Benedict hundió la lengua entre sus pliegues con una destreza que la hizo arquear la espalda de golpe, aferrándose a las sábanas con fuerza. La saboreaba como si fuera una delicia prohibida, recorriéndola con una perversidad que se alimentaba de la situación; la idea de estar con la mujer que esperaba un hijo de su sobrino le daba un matiz oscuro a cada lamida, a cada succión. Había una satisfacción profunda en saber que, desde ese momento, ella era suya y de nadie más. Trazó círculos lentos en su botón, sintiendo la humedad que ella emanaba, mientras su mano libre subía para acariciar uno de sus pechos. Apretó el pezón entre sus dedos, tirando un poco de él mientras su boca seguía bebiendo de ella, provocando que Emma gimiera su nombre en un jadeo desesperado. Se dejó llevar por la forma exquisita en que él la dominaba, hasta que el orgasmo llegó fuerte y avasallante, sacudiendo su cuerpo en oleadas de placer puro. Benedict sonrió contra su piel cuando sintió que las piernas de ella intentaban cerrarse para apartarlo por la sensibilidad, pero él simplemente se quedó allí, saboreando hasta la última gota de su clímax.
Emma sintió el cuerpo débil, pesado, mientras observaba a Benedict desvestirse frente a ella. El corazón le dio un vuelco al ver la anatomía imponente del hombre, mostrando esa parte de su cuerpo que ella estaba ansiosa por conocer. Mordió su labio inferior al notar el tamaño prominente de su erección, con esas venas que la rodeaban dándole un aspecto intimidante y fascinante a la vez. Benedict se sentó en el borde de la cama y, con un movimiento firme, la subió a su regazo. La besó con hambre antes de atrapar sus pezones en su boca, dejando que su dureza rozara sus pliegues con un descaro que la hacía humedecerse de nuevo. Tomó la mano de Emma y la llevó hacia él, ordenándole con la mirada que lo agarrara. Ella obedeció, sintiendo el calor y la longitud de su miembro, ejerciendo presión y frotándolo de arriba abajo mientras imaginaba lo que sería tenerlo finalmente dentro. Entonces, él la elevó lo suficiente para que Emma pudiera guiarlo a su entrada y, con una calma exasperante, comenzó a bajar sobre él.
—Joder... —gruñó Benedict, sintiendo la presión de las paredes de Emma, que lo recibían de forma estrecha y cálida.
Se deslizó con calma, disfrutando del estiramiento, mientras Emma jadeaba y se abría paso hasta que él estuvo hundido por completo. Sin darle tiempo a recuperarse, Benedict comenzó a embestirla con una intensidad brutal que Emma no se habría imaginado. La tenía rebotando sobre él, apretando sus pechos con las manos mientras hundía sus labios en su cuello para sofocar sus gritos. Así era Benedict: intenso, atento y capaz de hacerle perder la cabeza con un solo movimiento de cadera.
—Vamos, cariño —dijo él, y Emma sintió que el placer la recorría con renovada fuerza ante lo sensual de su voz.
—Eso es, Em. Muévete para mí —agregó, usando ese diminutivo que sonó tan íntimo que la hizo sentir fascinada.


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