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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 33

El agua caliente caía sobre los hombros de Emma con una insistencia relajante, envolviendo el cuarto de baño en una nube de vapor que empañaba los cristales. Ella elevó el rostro, dejando que el chorro golpeara su frente y resbalara por sus mejillas, mientras sus dedos recorrían con lentitud la piel de su cuello. Al tocar la zona donde los dientes de Benedict habían dejado su marca horas antes, una sonrisa involuntaria curvó sus labios. Cerró los ojos y, por un instante, el sonido del agua fue reemplazado en su mente por el recuerdo de los jadeos roncos y la fuerza con la que él la había reclamado durante la madrugada.

​Recordó el momento en que Benedict la sacó de la cama, llevándola hasta el enorme ventanal del apartamento que ofrecía una vista privilegiada de la ciudad. El contraste entre el frío del cristal contra sus palmas y el calor abrasador del cuerpo de Benedict pegado a su espalda la había hecho perder el sentido de la realidad. Él la sujetó del cuello con esa firmeza posesiva y pronto sus dedos adornaron esa parte de su anatomía cual si fuera una joya preciosa, mientras la obligaba a mirar su propio reflejo en el vidrio. Emma se sujetó con fuerza del ventanal, sintiendo cómo Benedict la embestía desde atrás con una intensidad que la hacía rebotar contra el cristal. Sus manos grandes bajaban por sus caderas, apretando la carne con una urgencia que no conocía la paciencia, mientras sus labios se hundían en su hombro para ahogar los gruñidos de placer.

​Fue un encuentro sensual y un tanto rudo, desprovisto de las sutilezas del cortejo y lleno de una necesidad física que los consumía a ambos. Benedict la hizo girar para que lo viera a los ojos mientras seguía dentro de ella, elevando una de sus piernas para ganar profundidad. Emma se sentía pequeña ante la magnitud de su cuerpo, pero al mismo tiempo se sentía poderosa al ver cómo los ojos grises de él se oscurecían por completo, perdiendo ese control glacial que tanto presumía. Sus orgasmos habían sido avasallantes, oleadas de calor que la dejaban sin aliento y la hacían jadear su nombre contra su oído, aferrándose a sus hombros anchos mientras él terminaba de marcar su territorio en su interior. Cada embestida le hacía saber que ahora pertenecía a ese mundo oscuro y lujoso de los Campbell, y lo peor de todo era que su cuerpo lo disfrutaba con una traición deliciosa.

​Emma suspiró bajo el agua, recordando cómo terminaron exhaustos en la alfombra antes de volver a la cama para dormir apenas unas horas. Finalmente, cerró la llave de la ducha, cortando el silencio con el goteo constante sobre el azulejo. Salió de la tina y comenzó a secarse con una toalla blanca, observando en el espejo las marcas que adornaban su piel perlada. Eran sellos de una noche que lo había cambiado todo. Se vistió con calma, eligiendo algo ligero para estar en casa, sabiendo que era domingo y que el silencio del apartamento significaba que estaba sola.

​Al llegar a la cocina, sus sospechas se confirmaron. Benedict se había ido temprano; tenía pactado un desayuno con un socio importante que no podía atender otro día y su vida no se detenía por una noche de pasión. Sobre la barra de mármol, Emma encontró una nota escrita con una caligrafía firme y elegante, acompañada de esa tarjeta negra que brillaba bajo la luz de la mañana, la misma que Benedict le había dado antes, pero que Emma apenas había tocado. "Compra lo que necesites para la boda. No quiero que uses nada que no haya pagado yo", leyó en voz baja. Emma se mordió el labio inferior, sintiendo una punzada de algo que no supo identificar si era orgullo o una extraña satisfacción. La posesividad de Benedict no terminaba en la cama; se extendía a cada aspecto de su existencia. Tomó la tarjeta entre sus dedos, consciente de que ese pequeño trozo de plástico representaba su entrada definitiva a una vida donde el dinero y el poder lo dictaban todo, mientras el recuerdo del calor de Benedict seguía vibrando en lo más profundo de su vientre.

***

Emma decidió que no podía quedarse encerrada en ese apartamento de lujo ni un minuto más. La nota de Benedict seguía sobre la mesa, pero su mente estaba en otra parte. Se sentía inquieta por la red de mentiras que había tejido alrededor de Angélica y, sobre todo, ansiaba la paz que solo su abuela sabía darle. Pidió al chófer que la llevara a la casa de su madre, sintiendo que el aire de la ciudad no era suficiente para calmar el nudo que se le formaba en el pecho. Por fortuna, cuando llegó a la puerta, fue Catalina quien la recibió con una sonrisa cálida que le devolvió un poco de aliento. Su abuela le explicó que Angélica no estaba, que había salido a realizar unas compras aprovechando los aires de nueva rica que ya se daba, lo cual fue un alivio inmediato para Emma.

​—Pasa, hija. Estás pálida. ¿Quieres que te prepare algo de comer? —preguntó Catalina mientras la guiaba hacia la cocina, ese lugar que siempre olía a hogar y hacía que se detuviera el tiempo.

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