El rostro de Noah pasó de la palidez a un rojo encendido en cuestión de segundos. El restaurante se volvió una jaula asfixiante donde el aire parecía escasear. Las palabras de Angélica eran un dardo directo al centro de su inestabilidad; si esa información llegaba a oídos de Robert, sus posibilidades de heredar Industrias Campbell se reducirían a cenizas. Robert valoraba la lealtad por encima de todo, para él, Noah era un hombre honorable, uno que no se atrevería a hacer lo que Angélica quería exponer. Que Robert supiera que su nieto había engañado a la ahora prometida de su hijo con Mariana sería el fin de su carrera. Noah se inclinó sobre la mesa, sus ojos verdes inyectados en una rabia que ya no podía contener, deseando poder borrar esa sonrisa del rostro de la mujer.
—¿Estás loca? —masculló Noah, bajando la voz hasta convertirla en un siseo—. Si abres la boca, no solo me hundes a mí. Hundes a Emma. ¿Crees que Benedict la querrá a su lado cuando sepa que está recibiendo mis sobras? ¿Que fue a la que yo dejé por otra? No tienes idea de lo que mi tío es capaz de hacer cuando siente que algo suyo ha sido manchado por alguien más —expuso, aunque lo último no lo dijo en serio, el Benedict que Noah conocía jamás vería a una mujer como suya, simplemente porque jamás se involucraba emocionalmente con ninguna.
Angélica no se inmutó. Tomó su servilleta de lino y se limpió la comisura de los labios con una calma que hizo que Noah quisiera volcar la mesa. Ella disfrutaba de verlo así: acorralado y dependiente de su silencio.
—Oh, Noah. No seas dramático. Benedict parece estar muy interesado en ella —dijo Angélica, aludiendo con una mirada perversa esa relación que Noah tanto detestaba—. A él no le importará el pasado si tiene el presente. Pero a tu abuelo... a Robert sí le importará saber que su nieto perfecto es un mentiroso. Robert Campbell se ve como un hombre que tiene códigos muy estrictos, y no creo que le guste saber que su nieto engañó a una joven inocente mientras planeaba su boda con otra.
Noah sintió un nudo en la garganta. La mujer tenía razón. A Benedict quizás le daría igual, pero Robert era un hombre de principios antiguos. La rabia en su interior se transformó en un odio intenso que le nubló la vista, pero tuvo que tragar saliva y tratar de negociar con la mujer que lo tenía entre la espada y la pared.
—¿Qué es lo que quieres, Angélica? —preguntó, su voz ahora era un hilo tenso—. Porque esto no es por honestidad. Tú no tienes nada de eso. Así que dime qué es lo que buscas para cerrar la boca.
Angélica dejó escapar una risa corta y bebió el último sorbo de su jugo. Lo miró con una intensidad que le recordó a Noah por qué Emma siempre se sentía tan presionada por ella.
—Quiero una casa —soltó Angélica sin rodeos—. No se verá nada bien que Emma esté casada con alguien tan importante como Benedict Campbell y su madre siga viviendo en esa casa de pobres. Es una cuestión de imagen para todos. No puedo permitir que el círculo social de Benedict sepa que su suegra vive en un barrio mediocre.
Noah soltó una carcajada amarga, llena de incredulidad.
—Pídesela a Benedict. Es tu yerno y tiene dinero de sobra para comprarte una mansión si se lo pides con la cara adecuada. ¿Por qué vienes a molestarme a mí con tus delirios de grandeza?


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