La mano de Benedict finalmente se apartó de su muslo cuando el motor se detuvo, pero no se alejó demasiado. En lugar de salir de inmediato, se inclinó sobre el espacio de Emma, invadiendo su aire hasta que ella pudo oler de nuevo el rastro de su colonia. Emma contuvo el aliento, pegando la espalda al asiento mientras él estiraba el brazo para alcanzar el cinturón de seguridad. Sus dedos rozaron sus pechos con toda intención, un contacto que pareció quemar a través de la tela roja del vestido, y antes de liberar el anclaje, Benedict detuvo su rostro a escasos centímetros del suyo. Sus ojos grises que estaban cargados de esa promesa depredadora, recorrieron sus labios con una lentitud desesperante.
—Te diría que no muerdo, pero estaría mintiendo, aunque no lo haré aquí ahora —susurró Benedict con esa voz ronca que la hacía vibrar por dentro. No es que el hombre fuera pudoroso, si por el fuera la provocaría hasta que ella misma accediera a que la follara ahí mismo, pero no quería abrumarla de momento. El proceso sentimental y el dolor de una decepción, para su mala fortuna no se olvidaba con una noche, sin importar que hubiese sido tan intensa como la suya.
El clic del cinturón sonó como un disparo en el silencio del auto. Benedict salió y rodeó el capó con esa elegancia segura que lo caracterizaba. Al abrirle la puerta, no esperó a que ella bajara sola; le tendió la mano y, en cuanto Emma estuvo fuera, colocó la suya en la base de su espalda, justo donde la curva de su cadera se encontraba con la columna. La presión era firme, posesiva, recordándole sin palabras la forma en que la había sujetado la noche anterior antes de hundirse en ella con una intensidad que la dejó sin fuerzas. Entraron al restaurante, el lugar era un bar de lujo donde el cristal y el terciopelo dominaban el ambiente, y Emma sintió que todas las miradas se giraban hacia ellos. Estaba nerviosa, pero no por la opulencia, sino por el calor de la mano de Benedict que parecía reclamarla ante cada persona que se cruzaba en su camino. Él la guió hasta una mesa apartada, pidiendo un vaso de whisky para él y un agua mineral para ella, recordándole con ese pequeño gesto que ahora cuidaba de lo que llevaba en su vientre.
La comida transcurrió en una tensa calma. Benedict comía con una sofisticación hipnótica, observándola de vez en cuando como si estuviera decidiendo qué parte de ella devorar a continuación. Cuando llegó el postre, él tomó una pequeña porción con la cuchara y, con una naturalidad que a Emma le pareció una tortura, pasó la lengua por el borde para limpiar el exceso de crema. Emma abrió los ojos de par en par, sintiendo un vuelco en el estómago al recordar esa misma lengua moviéndose con destreza entre sus pliegues. El recuerdo fue tan vívido, tan físico, que sintió el calor subirle por el cuello hasta teñir sus mejillas de un rojo intenso.
Definitivamente las hormonas estaban haciendo de las suyas.
—¿Te sientes mal? Estás muy roja de repente —preguntó Benedict frunciendo el ceño.
Emma no pudo responder; solo consiguió ponerse aún más roja y bajar la vista hacia su copa de agua, intentando que el frío del cristal calmara la agitación de su sangre. En ese preciso instante, el ambiente en el restaurante cambió. La temperatura pareció bajar varios grados cuando la puerta se abrió y Noah entró acompañado de Mariana.
Benedict la observó en silencio durante un segundo, y entonces su expresión se suavizó en una mueca de aprobación que le erizó la piel. Estiró la mano y acarició la mejilla de Emma con el dorso de sus dedos, fue un gesto casi tierno si no fuera por la oscuridad que brillaba en su mirada grisacea.
—Eso me gusta. La rabia es mucho más útil que la tristeza —murmuró Benedict, inclinándose hacia adelante—. Yo te daré esa venganza que tanto deseas. Voy a destruirlo frente a tus ojos y me aseguraré de que no le quede nada.
Sin previo aviso, Benedict sujetó el mentón de Emma y la obligó a levantarse un poco de la silla para alcanzar sus labios. La besó ahí mismo, frente a todos los comensales, frente a Mariana que los miraba con desprecio y frente a un Noah que acababa de detenerse a pocos metros de la mesa. Fue un beso profundo, que dejaba clara esa posesividad absoluta, donde Benedict se encargó de marcar su territorio con una lentitud deliberada. Emma se entregó al contacto sin pensarlo mucho, aferrándose a los hombros de él mientras sentía la mirada de Noah quemándole la espalda. Podía sentir la furia que emanaba de su ex, la forma en que sus puños se cerraban y su mandíbula se tensaba al ver cómo el hombre que más odiaba saboreaba a la mujer que él había desechado. Benedict se separó despacio, rozando sus labios una última vez antes de mirar a Noah con un desprecio soberano, disfrutando de la rabia que consumía a su sobrino.

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