Mariana compartía con Emma algo más que el pasado con Noah y eso era la incertidumbre del sexo del bebé que crecía en sus entrañas. Ella contaba los días para que los tres meses de su embarazo se cumplieran, rogando al cielo que fuera un niño el que se desarrollara en su interior.
Traer un hijo varón al mundo era su único trabajo, y ahora este parecía ser el más complicado de todos. ¿Qué carajos haría de no ser así? Su primera respuesta fue la obviedad de seguir practicando, de seguir abriendo las piernas para Noah hasta que un varón fuera concebido, pero ella no quería convertirse en una simple fábrica de bebés. Y si Noah seguía como en las últimas semanas —sin tocarla— eso sería sin más lejano. Lo ideal era que ese hilo que esperaba fuera varon. Ahora había dos embarazos en puerta dentro de la familia y la sola idea de que Emma diera a luz a un niño mientras ella traía una niña al mundo la hacía hervir de rabia. No podía permitirse esa humillación. Sin embargo, una posibilidad mucho más oscura comenzó a tomar forma en su mente: lo mejor sería que Emma simplemente no trajera a ese bebé al mundo. Si ese embarazo desaparecía, Mariana volvería a ser la única prioridad de los Campbell.
Con esa resolución fría instalada en el pecho, Mariana tomó a Noah del brazo con una fuerza que él no cuestionó. Usó el pretexto de saludar a su tío y a su prometida para obligarlo a caminar hacia la mesa de Benedict. Mariana se portó gentil, dibujando una sonrisa perfecta y vacía, mientras Noah ofrecía un saludo tan gélido y distante que cualquier extraño jamás imaginaría que compartían la misma sangre. Benedict ni siquiera se levantó; se limitó a observarlos con un desprecio soberano que Noah devolvió con una mirada cargada de un odio que ya no se molestaba en ocultar. Tras el breve y tenso intercambio, Mariana arrastró a Noah hacia una mesa cercana, desde donde podían vigilar cada movimiento de la pareja.
—Tráeme un whisky —ordenó de inmediato, su mandíbula tan apretada que parecía a punto de romperse. Últimamente estaba demasiado irritado, saltando ante cualquier comentario, pero Mariana fingía que todo estaba bien. No iba a permitir que una discusión estúpida terminara en un divorcio antes de haber asegurado su posición. Un hijo varón era lo que necesitaba para aferrarse a esa familia y no dejaría que el mal humor de Noah arruinara sus planes. Ella pidió un vaso de agua con hielo. Tras unos minutos de silencio hostil, Mariana se levantó con elegancia.
—Voy al baño, Noah. No tardo —dijo la pelirroja y cuando él hizo el amago de ponerse de pie para acompañarla. Ella negó con un gesto suave—. No es necesario, sé cómo llegar. Quédate a disfrutar tu trago.
Mariana caminó hacia el área de los baños, entró y retocó su labial rojo frente al espejo, observando su reflejo con una determinación que daba miedo. Al salir, su mirada no buscó a Noah, sino que se centró en los meseros que se movían por el salón. Los analizó uno a uno, tal como si estuviera realizando una entrevista de trabajo, analizaba sus perfiles, buscando la debilidad necesaria. Finalmente, eligió a uno. Lo vio tomar de la mesa de un compañero una propina jugosa que claramente no le pertenecía, escondiéndola con rapidez en su bolsillo. Mariana sonrió; había encontrado a su hombre. Se acercó a él con pasos seguros y le habló en voz baja, deteniéndolo cerca de un pasillo oscuro.
—Eso no es tuyo, ¿verdad? —soltó, señalando el bolsillo del joven mesero.
Señaló con la mirada a Emma, quien en ese momento bebía un poco de agua mientras Benedict le hablaba al oído. El mesero dudó, mirando la bolsa y luego a la pareja de la mesa principal con miedo. Mariana se acercó más, dejando que el aroma de su perfume caro lo envolviera.
—Hay una cantidad generosa esperando por ti afuera cuando tu trabajo esté hecho. Nadie sabrá que fuiste tú, simplemente debes colocar el polvo y el dinero será tuyo —presionó ella, clavando sus ojos en los del joven.
El tipo se notó un poco nervioso, pero luego cerró el puño alrededor de la pequeña bolsa y asintió levemente, aceptando el trato. Mariana se dio la vuelta y regresó a su mesa con la satisfacción de haber encontrado quien hiciera el trabajo sucio con rapidez. Se sentó junto a Noah, tomó un sorbo de su propia bebida y observó con una calma aterradora cómo el mesero comenzaba a caminar con la bandeja hacia la mesa de Emma, dispuesta a ver cómo el futuro de Benedict Campbell se disolvía en un vaso de cristal.

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