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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 40

El mesero llegó a la mesa con los hombros rígidos y dejó las bebidas con una rapidez que delataba sus nervios. Colocó frente a Emma un agua mineral de manzana y depositó una bebida fuerte frente a Benedict, retirándose de inmediato sin esperar un agradecimiento. Emma no notó la extraña actitud del joven; su mente estaba en otra parte. Sus dedos comenzaron a jugar con el borde del vaso, trazando círculos lentos sobre el cristal frío, mientras la tensión en el ambiente crecía por momentos. Podía sentir la mirada de Noah y Mariana quemándole la piel desde la mesa cercana, pero, para su propia sorpresa, el malestar que sentía no tenía nada que ver con ellos. El impacto de ver a su ex con otra mujer se había desvanecido, reemplazado por una agitación mucho más profunda que nacía del hombre sentado frente a ella. No podía quitarse de la cabeza lo sucedido la noche anterior; el roce de Benedict y la forma en que la reclamaba le provocaban un sonrojo que teñía sus mejillas de un rosa intenso. Se sentía extraña, casi asombrada, al darse cuenta de que tener a Noah cerca ya no le causaba el daño de antes.

​Benedict observó el movimiento errático de los dedos de Emma sobre el vaso. Con una elegancia que cortaba el aire, estiró su mano y atrapó la de ella, deteniendo su juego nervioso. Le dio una caricia lenta con el pulgar sobre los nudillos antes de llevarse la mano de ella a los labios, depositando un beso que la hizo estremecer.

​—Jamás he sido un hombre celoso, Emma. Pero puedo ser demasiado posesivo. También suelo ser muy competitivo, sobre todo cuando se trata de mi sobrino —dijo Benedict, mirándola con atención, haciendo que se quedara sin aliento.

​Él estaba convencido de que el nerviosismo de Emma se debía a la presencia de Noah, desconociendo por completo que ella estaba lidiando con el deseo que él mismo le despertaba. Emma guardó silencio un momento, disfrutando del calor de su mano, y entonces se atrevió a romper la barrera de su acuerdo con una pregunta que le rondaba la cabeza.

​—¿Por qué no tienes una buena relación con Noah? ¿Qué fue lo que pasó entre ustedes para que se odien tanto? —preguntó Emma, buscando algo de verdad en esos ojos grises.

​Benedict sonrió de lado, abandonando por un instante el tono de coqueteo. Su expresión se volvió más seria, más humana, mientras se recostaba en la silla sin soltarle la mano.

​—No se si es de tu conocimiento, pero hubo un accidente hace muchos años. Ahí murieron los padres de Noah y también mi madre. Noah tenía solo diez años y yo diecinueve. En aquel entonces, yo quise ser como un hermano mayor para él; era solo un niño y se había quedado huérfano de la noche a la mañana. Yo al menos tenía a mi padre, pero él estaba solo. Sin embargo, conforme Noah creció, pasó de ser el sobrino que me admiraba a verme como una competencia directa. Al cumplir los veinte, su actitud se volvió hostil. Quería imitarme en todo, quería ser mejor que yo en cada aspecto, en cada movimiento. Los años solo empeoraron ese comportamiento hasta que empezó a querer todo lo que yo tenía. Si soy sincero, no supe exactamente en qué momento dejamos de ser familia para convertirnos en simples competidores.

​Emma lo observó intensamente a los ojos, procesando la carga de amargura que Benedict intentaba ocultar tras su fachada de hombre de negocios implacable. Y también analizando la forma tan sencilla en que le dijo todo. Se quedó callada, analizando la vulnerabilidad que acababa de asomar en su relato.

​—¿Sucede algo? ¿Tengo algo en la cara? —preguntó Benedict al notar que ella no le apartaba la mirada.

​—No, no es nada —respondió Emma con una sonrisa suave, negando ligeramente.

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