El jadeo que emitió Emma fue callado por un beso mucho más intenso que el del inicio. Sus manos se colocaron en el pecho de Benedict, intentando inútilmente crear una distancia que él no permitió; por el contrario, la presión de sus brazos se volvió cinco veces más posesiva, aplastándola contra su cuerpo duro. Su lengua entró en su boca y danzó con la de ella en una lucha de poder que no terminó hasta que sus pulmones aclamaron por oxígeno. Emma, jadeante y con las mejillas encendidas en un rojo escandaloso, lo miró con incredulidad, tratando de recuperar el aliento mientras sentía el corazón martilleando contra sus costillas con una fuerza que amenazaba con romperlas.
—¿Perdiste la cabeza? Es el baño de mujeres, Benedict —soltó Emma en un susurro entrecortado, aunque sus manos seguían aferradas a su camisa de seda, hundiéndose en la tela.
—Estoy demasiado cuerdo. Ahora quiero saber por qué carajos hiciste ese berrinche en la mesa —dijo Benedict, observándola con una intensidad que parecía desnudar sus pensamientos, ignorando el lugar y el riesgo.
Emma bajó la mirada por un segundo, sintiendo el calor de la humillación, pero volvió a enfrentar esas tormentas grises que eran sus ojos, negándose a mostrarse débil otra vez.
—Sé que no tengo derecho a reclamar nada, pero ya un hombre prefirió a Mariana sobre mí. Detesto la idea de pensar que a ti también te guste ella, que ella sea el tipo de mujer que buscas —confesó Emma, dejando salir esa inseguridad que la carcomía por dentro.
Benedict tomó su mentón con firmeza, obligándola a sostenerle la mirada, clavando sus dedos en su piel.
—No me follé a Mariana, Emma. No niego que pudo suceder en algún momento porque ella se ofreció y bueno... era un hombre libre, pero me di cuenta a tiempo de que es una arpía. Ella y Noah se merecen mutuamente. Por otro lado, los celos entre nosotros no son parte del trato, pero si vas a portarte así de posesiva, entonces yo también voy a serlo. No te quiero cerca de Noah. Ni siquiera quiero que lo mires mientras estés conmigo. Entiéndelo bien.
Emma sintió una oleada de excitación ante sus palabras. Esa autoridad, esa forma de reclamar su atención exclusiva la hizo tirar de su camisa con desesperación para volver a besarlo. Lo besó con una pasión que no sabía que poseía, y cuando Benedict murmuró contra sus labios, con la respiración entrecortada, que creía que quería salir de ese lugar, ella solo pudo responder con la verdad de su cuerpo, que ya no obedecía a la razón.
—Son las hormonas —dijo Emma, aunque ambos sabían que era una mentira piadosa y que lo que sentían era un deseo voraz.
Benedict la cargó y la subió en el lavamanos de mármol. Emma dio un respingo al sentir el frío del azulejo en sus muslos desnudos, el contraste fue violento con el calor abrasador que emanaba de él. Con una lentitud deliberada que la hizo temblar, Benedict metió sus manos bajo el vestido rojo y bajó su ropa interior hasta quitarle las bragas por completo. Las dobló y las guardó en su bolsillo, mirándola con una oscuridad que la hizo estremecer hasta la médula.
—No sabes lo que estás provocando, Em —dijo Benedict antes de volver a devorar su boca con un hambre insaciable.
Él bajó el cierre del vestido, liberando sus pechos para lamerlos con una devoción que la hizo arquear la espalda y soltar un gemido ahogado. La puerta ni siquiera tenía seguro y afuera se escuchaba el murmullo distante y los pasos del restaurante, pero a ninguno de los dos parecía importarle. Emma, con los dedos temblorosos por la adrenalina, le desabrochó el cinturón y liberó su polla; se sentía dura, gruesa y casi goteante bajo su tacto. Humedeció su mano con un poco de saliva y comenzó a m*sturbarlo con ritmo frenético, imaginando su piel cubierta de mermelada hasta que su propia boca se volvió agua.
Últimamente me encantaba la mermelada.
—Nadie podrá decir que no le puse empeño en hacer a mi hijo —dijo Benedict con total descaro, observándola con esa mirada depredadora mientras se posicionaba entre sus piernas, separándolas más.
A través del gran espejo que cubría la pared frente al lavamanos, pudo ver el reflejo de la espalda de Emma, arqueada y tensa por el placer. El vestido rojo estaba bajado hasta su cintura, exponiendo su piel pálida a la luz del baño. Al ver su propio cuerpo uniéndose al de ella de esa forma tan posesiva, sintió una oleada de deseo aún más fuerte. Deseó poder girarla y embestirla frente al espejo, para que ella también pudiera ver cómo él la follaba, pero ya tendría tiempo para eso. Había tanto que quería hacer con ella, tantas formas en las que quería poseerla.
El placer de Emma estaba llegando a su punto máximo. Sentía que el control se le escapaba, que su cuerpo ya no le pertenecía. Se aferró más a Benedict, clavando sus uñas en sus hombros, mientras soltaba gemidos cada vez más altos y descontrolados.
—¡Oh, Dios! ¡Benedict! —gritó Emma, mientras el orgasmo la sacudía con una fuerza que la dejó sin respiración.
Benedict sintió las contracciones de Emma a su alrededor, una sensación que lo hizo gruñir de placer. No se detuvo, sino que aumentó el ritmo de las embestidas, buscando su propio clímax.
—Eso es... —dijo Benedict, con la voz ronca, mientras se empujaba dentro de ella una última vez, con fuerza, antes de derramarse dentro de ella con un gemido de satisfacción que llenó el espacio.
Se quedaron así por unos momentos, jadeantes, con los cuerpos sudorosos y unidos. Benedict la besó en la comisura de la boca antes de separarse de ella.
Después de todo, la haría su esposa en unos días; no había nada de ilícito en tomar lo que ya consideraba suyo, aunque el lugar no fuera el más adecuado.

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