El deseo en la mirada de Benedict era una llama viva que Emma alimentaba con cada pequeño gesto. Aquellos ojos que desde que la conoció parecían estar tristes, ahora estaban nublados por el deseo que ambos compartían.
Al salir del restaurante, el aire fresco de la noche no logró apagar el fuego que habían encendido en el baño. Benedict la detuvo junto a la puerta del auto, sujetándola por la cintura para atraerla hacia él en un beso que sabía a posesión y a una urgencia que ya no pretendían ocultar. Emma se aferró a sus hombros, entregándose a ese contacto que la hacía olvidar el mundo exterior, recorrió con sus delicadas manos la espalda ancha del hombre, apretando ligeramente sus músculos bajo la tela. Hasta que él se separó apenas para abrirle la puerta. Antes de que ella subiera, Benedict dejó que su mano se deslizara con descaro bajo la falda de su vestido acariciando la piel desnuda de su muslo con una sonrisa triunfante, consciente de que no llevaba ropa interior.
—Podrían vernos, Benedict —reprochó Emma con un susurro que carecía de verdadera convicción, mientras una chispa de picardía brillaba en sus ojos.
—¿Y qué tiene de malo que tenga un momento apasionado con mi futura esposa? Que miren todo lo que quieran —respondió Benedict con arrogancia, antes de obligarla a subir al auto con un gesto posesivo.
Durante el trayecto, Emma se mantuvo en silencio, observando el perfil afilado de Benedict bajo las luces de la ciudad. Pensó en Noah por un segundo, pero esta vez el recuerdo de su ex no trajo dolor, sino una indiferencia absoluta. Ya no le importaba si él se había ido con Mariana o si estaban cenando en el mismo lugar.
Que se fueran a la m****a.
Era mucho más entretenido estar allí, en ese auto, con el hombre que realmente sabía cómo tomar lo que quería.
Carajo, de verdad le gustaba.
Le gustaba su seguridad, su oscuridad y la forma en que la hacía sentir el centro de su universo personal. No sabía que rumbo estaba tomando ella en esa falda relación, pero el revoloteo que ese hombre le causaba estaba presente y ya no podía negarlo.
Mientras tanto, en el restaurante, Noah era la viva imagen de la frustración. Bebía con una rapidez peligrosa, con la mirada fija en la puerta por la que su tío acababa de salir. Mariana, que no perdía detalle de su comportamiento, comenzó a sentirse irritada por esa falta de atención. Sumado al nerviosismo de lo que estaba por ocurrir si es que ese mesero le había dado a Emma lo que ella ordenó.
—¿Por qué últimamente pareces tan afectado cada vez que estamos cerca de tu tío, Noah? ¿O es que acaso esta actitud es por Emma? —preguntó Mariana, entornando los ojos con sospecha mientras jugueteaba con su copa. Las mujeres solían ser más perceptivas y esa actitud de su esposo ya no le agradaba nada.
Benedict y Emma llegaron al apartamento envueltos en una atmósfera de lujuria. El silencio del lugar solo acentuaba el deseo que los consumía. Las manos de Benedict habían subido a sus pechos y sus labios estaban peligrosamente cerca de ellos. Emma, sintiendo que necesitaba un momento para procesar la intensidad de la noche, miró a Benedict con una sonrisa suave.
—Quiero ducharme primero —dijo buscando un poco de frescura antes de entregarse por completo a él. Nuevamente.
Benedict asintió, sirviéndose un trago de whisky mientras la veía caminar hacia el baño. Se sentó en el sofá, disfrutando del sonido del agua al caer, imaginando el cuerpo de Emma bajo el chorro caliente. Sin embargo, dentro del baño, la escena era muy distinta. Mientras Emma se enjabonaba, un dolor punzante y violento le desgarró el vientre, obligándola a doblarse por la mitad. Fue un espasmo tan fuerte que le robó el aliento. Al bajar la mirada, el horror la paralizó: vio cómo una mancha roja y espesa comenzaba a mezclarse con el agua bajo sus pies, tiñendo el suelo de la ducha.
—¡Benedict! —gritó Emma con un hilo de voz, tratando de sujetarse de la pared, pero sus fuerzas la abandonaron de golpe.
Benedict, que estaba en la sala dando un sorbo a su trago, escuchó el grito desesperado y se puso de pie de inmediato. Caminó hacia la puerta del baño, llamándola con preocupación, pero antes de que pudiera entrar, escuchó el sonido de un cuerpo cayendo contra el suelo. Emma se había desmayado, quedando tendida sobre el mármol mientras el agua seguía corriendo, arrastrando consigo la evidencia de la tragedia que Mariana había provocado.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Atada a un Hombre Mayor