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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 44

Benedict apenas tuvo tiempo de envolver el cuerpo de Emma en una bata de seda antes de cargarla con una desesperación que nunca había sentido. Condujo por las calles de la ciudad ignorando semáforos y cualquier rastro de prudencia hasta llegar a la entrada de urgencias. La noche era fría y el sudor le perlaba la frente mientras bajaba del auto para tomar a Emma en brazos una vez más. Las puertas automáticas se abrieron con un siseo metálico y la luz blanca de la clínica los envolvió de golpe, contrastando con la oscuridad de la calle.

​—¡Necesito un médico ahora mismo! —exigió Benedict, su voz resonando en el pasillo con una autoridad demandante. Tenía una vena marcada en la frente por el esfuerzo y la rabia.

​Emma estaba muy pálida, con la cabeza colgando sobre el brazo de él y el cabello aún empapado por el agua de la ducha, pegándosele a las mejillas como hilos hermosos y dorados. La bata que la cubría ya mostraba una mancha carmesí que se extendía con rapidez, delatando lo que estaba ocurriendo bajo la tela. Al ver el estado de la mujer y la sangre, dos enfermeras reaccionaron de inmediato, empujando una camilla hacia ellos. Benedict la depositó sobre la colchoneta con una delicadeza que nada tenía que ver con la furia que quemaba en sus ojos.

​El personal médico se movió con precisión. Una de las enfermeras comenzó a inflar el brazalete de presión arterial mientras otra buscaba una vena en el brazo lánguido de Emma para colocar una vía intravenosa. Benedict se mantuvo a su lado, apretando la mandíbula mientras observaba cómo le conectaban bolsas de suero para hidratarla. Avisó de inmediato que estaba embarazada. Emma emitió un quejido débil, abriendo los ojos con dificultad; estaba consciente, pero se veía demasiado débil para articular palabra alguna, apretando los dientes ante el dolor abdominal que parecía desgarrarla por dentro.

​—Tiene un sangrado vaginal profuso y dolor agudo. Esto es una amenaza de aborto —dijo el médico de turno tras una evaluación rápida, dándole instrucciones al equipo para trasladarla de inmediato—. Llévenla a la sala de ultrasonido ahora. No podemos perder tiempo.

​Benedict los siguió, entrando poco después a la sala de ultrasonido donde el ambiente era denso. El único sonido era el zumbido del equipo médico y la respiración agitada de Emma, quien lo miraba con ojos suplicantes. El médico movió el transductor con lentitud sobre el abdomen de ella, aplicando el gel frío que la hizo estremecer. Emma miraba la pantalla del monitor con terror, buscando algo que le indicara que su mundo no se había terminado de derrumbar. Hubo un silencio largo. El médico movía el aparato de un lado a otro mientras Benedict observaba la pantalla con una intensidad fija, como si pudiera obligar al corazón del bebé a latir con su voluntad. De pronto, un sonido rítmico llenó la habitación. Tuc-tuc, tuc-tuc. El latido del bebé inundó el monitor, cambiando el aire de la habitación. Emma soltó un sollozo ahogado, cerrando los ojos mientras las lágrimas se mezclaban con el agua que aún goteaba de su cabello.

​Era hijo de Noah, de un hombre que no merecía tener descendencia. Pero era su bebé. Y ella no quería perderlo. Benedict soltó el aire que estaba reteniendo, pero sus puños seguían cerrados con fuerza. El médico continuó dándole indicaciones al personal mientras limpiaba el abdomen de Emma.

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