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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 45

El médico ordenó una serie de estudios exhaustivos para Emma, buscando cualquier rastro que explicara la violencia del sangrado que la había dejado al borde del colapso. Le realizaron análisis de orina y una química sanguínea completa, pero los resultados no arrojaron ninguna anomalía química sospechosa en ese momento. Ciertos compuestos abortivos, solían metabolizarse con tal rapidez que desaparecían del sistema sin dejar rastro en los exámenes de rutina, por lo que el médico terminó por atribuir la crisis a los antecedentes clínicos de Emma. No era su primera amenaza de aborto, y con once semanas de embarazo, su cuerpo parecía estar luchando contra una fragilidad interna que el estrés del lugar solo había empeorado. Al no haber pruebas de una sustancia externa, el doctor simplemente concluyó que la inestabilidad de las semanas anteriores había alcanzado un punto crítico.

​Emma permaneció sumergida en una angustia que la asfixiaba más que el dolor físico. Mientras los médicos se movían a su alrededor, ella solo podía pensar en la vida que se aferraba a sus entrañas. Se sintió pequeña y desprotegida, aterrada ante la idea de que su cuerpo le fallara a la única criatura que dependía de ella. El miedo a perder a su bebé era una sombra densa que le nublaba el juicio. Recordó la sensación del agua de la ducha mezclándose con su sangre y el pánico que la hizo perder el conocimiento. Cuando despertó y escuchó aquel latido rítmico a través del monitor, no pudo evitar llorar con una desesperación contenida que le sacudió el pecho. Eran lágrimas de un alivio tan profundo que la dejaron exhausta, sollozando en silencio mientras las enfermeras la acomodaban en la cama de la habitación privada. Estaba viva, su bebé estaba viva, y ese milagro era lo único que le permitía seguir respirando.

​El médico había mencionado que su bebé era una niña, aunque a las once semanas era poco más que una suposición basada en la posición del tubérculo genital. Así que para no dejar espacio a la duda y por la urgencia del caso, se realizó un examen de ADN fetal en sangre materna, un estudio de alta precisión que analizó los fragmentos de material genético del bebé presentes en el torrente sanguíneo de Emma. Los resultados llegaron poco después, confirmando con total certeza que el feto era de sexo femenino. Tras estabilizarla con progesterona y líquidos intravenosos, el equipo médico permitió que Benedict entrara a verla. El riesgo mayor ya había pasado, aunque Emma debía permanecer bajo observación estricta durante al menos dos días más para asegurar que el sangrado no regresara.

​Benedict entró en la habitación con cautela, arrastrando una silla para sentarse junto a la cama. Ella ya estaba consciente y el médico le había dado la noticia sobre la bebé minutos antes, pero la presencia de Benedict volvió a tensar sus músculos. Emma se notaba intranquila, con un nudo en la garganta que apenas la dejaba respirar. Aunque a ella solo le importaba que su hija estuviera viva, tenía cierto temor de que Benedict viera a la niña como un fallo en su plan de herencia, recordándole que su unión no era más que un contrato de intereses donde el amor no tenía cabida. Sus manos temblaban ligeramente bajo las sábanas blancas mientras buscaba las palabras adecuadas para hablar.

​—Es niña —dijo Emma, con la voz apenas en un susurro mientras lo observaba sentarse.

​No quería dilatar una verdad que ambos debían enfrentar. Sus nervios eran evidentes; esperaba un reproche, una mirada de desprecio o un silencio glacial que confirmara su irrelevancia en los planes de él. Sin embargo, Benedict no mostró sorpresa alguna, simplemente cruzó las piernas de manera varonil y la miró con esos ojos grises que siempre parecían estar calculando el siguiente movimiento.

​—Lo sé. Como también sé que necesitas reposo absoluto si quieres que esa bebé nazca sana —dijo Benedict, manteniendo un tono neutral que la inquietaba aún más.

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