La noticia del ingreso de Emma al hospital se propagó por el círculo de los Campbell con la rapidez de un incendio. Robert fue el primero en llegar al hospital, escoltado por algunos hombres de confianza que mantenían a raya a los curiosos. Poco después, Angélica, la madre de Emma, y Catalina, su abuela, aparecieron en la sala de espera. Angélica caminaba con una urgencia teatral; aunque sus ojos mostraban preocupación, su mente comenzaba a pensar en los beneficios que podían perder si Emma perdía a ese hijo. Sabía perfectamente que ese bebé era la atadura definitiva de su hija con Benedict. Un hijo de los Campbell significaba seguridad de por vida, y aunque el matrimonio terminara en un divorcio algún día, Emma —y por extensión ella— podría sacar un provecho incalculable de esa unión.
—¡Díganme que mi hija está bien! ¡No puedo creer que esto esté pasando justo ahora! —exclamó Angélica, llevándose una mano al pecho mientras buscaba la mirada de Benedict.
Catalina, por el contrario, mostraba una angustia genuina que se reflejaba en sus manos temblorosas. Se acercó a una de las enfermeras que pasaba por el pasillo con voz quebrada.
—Por favor, señorita, ¿Qué fue lo que ocurrió exactamente para que terminara así? —preguntó, buscando respuestas que calmaran el miedo que le oprimía el corazón.
Robert se detuvo al ver a Catalina. A pesar de la tensión del momento, no pudo evitar admirar la belleza de la mujer; para él, Catalina seguía tan hermosa como en los años de su juventud, conservando una elegancia que el tiempo no había logrado marchitar. Se acercó a ella con una cortesía inusual.
—Por favor, mantengan la calma. Emma está en el mejor hospital de la ciudad y Benedict se encargará de que no le falte nada —dijo Robert, tomando suavemente la mano de la mujer.
El médico salió poco después para dar el informe oficial a todos los presentes. Su rostro era serio, lo que incrementó el silencio en la sala.
—La paciente sufrió una amenaza de aborto grave. Hemos logrado estabilizarla, pero la situación sigue siendo delicada. Debido a esto, la boda debe retrasarse al menos dos semanas para garantizar su estabilidad absoluta —anunció el doctor.
Benedict, que escuchaba desde un rincón con los brazos cruzados, no alegó nada en contra. Aunque su deseo era consolidar el matrimonio cuanto antes, la salud de su prometida era lo primero.
—Haga lo que sea necesario. El dinero no es un problema, solo asegúrese de que ambas estén bien —ordenó Benedict con voz cortante.
Robert se mostró asombrado por la seriedad en los ojos grises de su hijo, ahora sabía que Emma esperaba una niña, pero de eso no hubo comentarios al respecto. Cómo bien habían dicho, lo importante era la salud y bienestar de ambas.
El doctor fue enfático al decir que Emma tendría que estar en reposo absoluto una vez que recibiera el alta. Entonces Catalina se ofreció de inmediato.
—Yo puedo mudarme al apartamento de Benedict para cuidarla. Sé perfectamente qué dieta debe seguir y me aseguraré de que no mueva ni un dedo —soltó con verdadera preocupación.
Sin embargo, Robert negó la propuesta de inmediato con un gesto imperioso de la mano.

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