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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 47

Emma fue dada de alta bajo un sol que no lograba calentar el ambiente gélido que rodeaba a los Campbell. El trayecto en el auto de Benedict fue silencioso, Emma miraba por la ventana tratando de asimilar que dentro de todo, estaba bien.

Al llegar a la mansión, suspiro con alivio, podía caminar perfectamente, pero Benedict no estaba dispuesto a correr riesgos innecesarios. En cuanto sus pies tocaron el suelo al bajar del auto, él la elevó en sus brazos sin previo aviso. Emma soltó un pequeño jadeo y rodeó el cuello de él con sus manos, hundiendo el rostro en el hueco de su hombro para aspirar el aroma de su loción, que por alguna razón lograba calmar sus nervios.

​Aquella escena fue observada por Mariana desde la ventana de su habitación. Con una mueca de fastidio, vio cómo el hombre que ella quería en su vida tenía esas atenciones con una simple asistente. Los celos le quemaban la garganta; no soportaba ver a Benedict actuar con esa protección posesiva hacia Emma. Ella no era nadie.

Benedict entró en la casa ignorando las miradas ajenas y subió las escaleras para llegar a la habitación que, desde ese momento, sería de ambos. Una vez dentro, la bajó con cuidado y se dispuso a acomodar las almohadas de la cama para ella. Emma vestía una pijama cómoda que las enfermeras le habían ayudado a ponerse para salir del hospital; estaba pálida y se sentía débil, pero se mantuvo atenta a cada movimiento de su futuro esposo.

​—Acuéstate —ordenó Benedict con voz grave. Emma obedeció sin protestar, dejándose caer sobre las sábanas de seda. Recargando su espalda en el respaldo de la cama.

Benedict suspiró, frotándose el puente de la nariz; quería darse un baño y despejarse de la tensión acumulada. Pero cuando pretendió alejarse de ella, Emma le sujetó por la muñeca con suavidad.

​—¿Está todo bien? —preguntó, notándolo demasiado callado desde que estaban en el hospital.

​Benedict se volvió hacia ella, colocó una rodilla en la cama y se inclinó, apoyando ambas manos en la cabecera sin llegar a aplastarla. Se veía imponente sobre ella, haciéndola sentir más pequeña.

​—No me agrada la idea de aplazar la boda, porque detesto esperar. Así mismo no me gusta ser imprudente y quiero que tu embarazo se logre. Estoy preocupado, no lo voy a negar. Al final fui yo quien te metió en esto, y en gran parte todo el estrés que has tenido es a causa mía —declaró con esa sinceridad que siempre mostraba.

No estaba enojado porque ese bebé fuera una niña; estaba molesto por haberla expuesto a un riesgo que casi les cuesta todo. Creyendo que ese riesgo era a causa de todo el estrés que Emma había experimentado desde que aceptó montar toda esa farsa.

​Benedict se incorporó un poco y comenzó a desabrocharse los botones de la camisa con lentitud. Emma tragó con dificultad, sintiendo que el aire se volvía escaso en la habitación.

​—Voy a recompensarte por todo esto... —comenzó a decir él, viendo cómo ella se ponía nerviosa.

​Benedict sonrió de lado, notando la dirección de sus pensamientos.

​—Hablo de que aquí estarás bien cuidada... pervertida. Ahora voy a darme un baño —soltó antes de inclinarse para besar la comisura de la boca de Emma.

​Se puso de pie, terminó de quitarse la camisa frente a ella y caminó hacia el baño. Emma se quedó inmóvil, escuchando el sonido del agua de la regadera caer, tratando de controlar el ritmo de su corazón. Ese hombre lograba ponerla nerviosa con una sola palabra. Y sintió su rostro rojo. No era posible que pensara que él trataría de tener intimidad cuando acababa de mostrarle su preocupación.

​Una hora después, el chófer de Robert llegó a la mansión cargando al menos tres maletas grandes pertenecientes a Angélica y Catalina. Más que una estancia de unos días, parecía que se habían mudado de forma definitiva. Angélica entró en el salón con un dramatismo que Robert recibió con una sonrisa amable.

​—Esperamos no ser una molestia, Robert. Lo único que deseamos es cuidar de mi hija como se debe. Después de todo, nadie cuidará mejor de Emma que su propia madre —dijo Angélica, acomodándose el abrigo.

​Robert sonrió en dirección a Catalina, quien bajó la mirada apenada. Catalina le había dado una buena educación a su hija y jamás terminaría de comprender de dónde salió una mujer tan ambiciosa y oportunista, aunque en esta ocasión le daba la razón: nadie cuidaría mejor de Emma que su abuela.

​—Son bienvenidas en esta casa —dijo Robert, haciendo una señal a una de las empleadas—. Preparen dos habitaciones contiguas para las señoras.

​En ese momento, Mariana bajó las escaleras para investigar el origen del alboroto. Fingió asombro al ver las maletas y a las visitas.

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