El sol apenas comenzaba a filtrarse por los ventanales de la mansión Campbell cuando Angélica ya recorría los pasillos con una determinación renovada. No había pegado el ojo en toda la noche, dándole vueltas a la conversación que escuchó entre Mariana y Noah. Sabía que esa pelirroja era un peligro latente y no pensaba permitir que nadie tocara lo que a su hija le correspondía por derecho. Arrastró a Catalina hasta la cocina principal, irrumpiendo en el espacio con una autoridad que dejó mudas a las empleadas que apenas comenzaban su jornada. Con un gesto imperioso, Angélica sacó a las cocineras y sirvientas de su propio puesto de trabajo, indicándoles que se mantuvieran al margen mientras su madre tomaba el control de los fogones. Estaba molesta y, sobre todo, alerta; la idea de que alguien pudiera estar manipulando la comida de Emma se le instaló en el cerebro como una certeza absoluta.
—Desde ahora, seremos nosotras quienes nos encarguemos de todo lo que Emma se lleve a la boca. No quiero a nadie más cerca de sus platos —sentenció Angélica, cruzándose de brazos mientras vigilaba la puerta de servicio como si esperara un ataque inminente.
Catalina la miró con una mezcla de pena y desconcierto mientras comenzaba a picar fruta con una destreza que los años no le quitaron.
—¿Cómo eres capaz de pensar que alguien en esta casa sería capaz de algo tan horrible, Angélica? Solo son empleados haciendo su trabajo —dijo Catalina en voz baja, tratando de suavizar el ambiente.
—No tienes idea de lo que la gente mala es capaz de hacer por una herencia, mamá. Tú vives en un mundo de flores, pero yo sé que es mejor prevenir que lamentar —respondió Angélica con frialdad.
Por su mente pasó fugazmente la idea de envenenar a Mariana para quitarla del camino, y precisamente por conocer sus propios instintos, estaba convencida de que la otra mujer estaría planeando algo similar contra Emma. No iba a esperar a que su hija terminara de nuevo en una cama de hospital por un descuido en la cocina.
Mientras tanto, en la planta alta, Mariana bajó las escaleras con el rostro crispado por el mal humor. Se detuvo al ver a las sirvientas amontonadas en el pasillo, cuchicheando entre ellas con expresiones de asombro. La mesa del comedor estaba vacía, sin el servicio impecable al que estaba acostumbrada cada mañana, lo que terminó por encender su furia.
—¿Qué es todo este alboroto? ¿Por qué la mesa no está puesta? Quiero desayunar ahora mismo —exigió Mariana, mirando con desprecio a la mucama más cercana.

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