Emma apenas había podido dormir, y no precisamente por la frialdad de la mansión o el susto en el hospital, sino por la abrumadora cercanía de Benedict. Había despertado sintiendo un brazo posesivo rodeando su cuerpo, una cadena musculosa y cálida que la aferraba al colchón con una firmeza que la hacía sentirse pequeña. Su corazón parecía acelerarse en una carrera desbocada cada vez que sentía la respiración de él cerca de su nuca, sobre todo cuando percibió esa dureza inequívoca presionando contra su trasero. Emma no intentó alejarse; habría sido hipócrita fingirse escandalizada cuando, de forma totalmente inconsciente, ella misma se había pegado mucho más al calor de su cuerpo durante la madrugada, buscando refugio en el hombre que la mantenía prisionera de su propia farsa.
Tragó con dificultad mientras escuchaba, una vez más, el sonido del agua cayendo en el baño. Se puso nerviosa, sintiendo una ansiedad eléctrica recorriéndole la piel solo de saber que él estaba allí, desnudo y a pocos metros de distancia. Cuando la puerta se abrió, Benedict salió envuelto apenas en una toalla que cubría su cintura para abajo, mientras se secaba el cabello con otra más pequeña. Aprovechando que él no podía verla directamente, Emma recorrió aquel cuerpo húmedo y fornido con una voracidad silenciosa. Tenía la musculatura definida, con esa "V" bien marcada sobre la cadera que se perdía bajo la tela blanca, y sintió que la boca se le hacía agua ante la visión de su torso bronceado. Desvió la mirada de inmediato, avergonzada de sus propios pensamientos, y se levantó de la cama con rapidez porque también necesitaba darse un baño antes de que su madre irrumpiera en la habitación.
Antes de que pudiera escabullirse, Benedict la atrapó por la muñeca con un movimiento felino. La atrajo hacia él con una sonrisa coqueta y descarada, fijando esos ojos grises en los suyos.
—Es una verdadera pena que no podamos ducharnos juntos hoy. Abstinencia, no es mi palabra preferida. Tengo muchas ganas de usar esa ducha contigo, y créeme que lo último en lo que estaría pensando sería en la forma correcta de hacerlo —comentó Benedict, con una voz ronca que la hizo temblar.
Aunque lejos de encogerse, decidió ser osada. Alargó la mano y acarició el pecho firme de él, sintiendo la humedad de su piel y la fuerza de su latido. Ella también deseaba todo lo que esos ojos le gritaban sin tapujos; quería tenerlo una vez más entre sus piernas, pues no era ninguna mojigata y no pensaba pasar la vida llorándole al imbécil de Noah. Sin embargo, la seguridad de la bebé era la prioridad absoluta. Si quería que el embarazo llegara a término, lo mejor era mantenerse alejada de los modos poco gentiles de Benedict al follar, pues él no conocía la palabra delicadeza cuando se trataba de reclamar su placer.
Benedict la soltó, permitiéndole irse al baño mientras la observaba con una mezcla de diversión y deseo. Para él, el coqueteo y los juegos previos no eran algo habitual; era demasiado apuesto para necesitar seducir a nadie, pues normalmente bastaba con una mirada y una sonrisa de lado para que las mujeres terminaran sobre su verga sin cuestionar nada. Con Emma, desde el primer segundo, todo había sido diferente. Disfrutaba enormemente la manera en que sus mejillas se teñían de rojo cada vez que él soltaba algún comentario subido de tono. Tenía unas ganas locas de besarla, de poseerla hasta que olvidara su propio nombre.
Mientras ella se duchaba, Benedict se vistió con un poco de prisa, cuando terminó se acercó al umbral del baño. Se recargó en el marco de la puerta, observando el cristal empañado que, si bien no mostraba su desnudez completa por el vapor, sí le permitía distinguir su delicada silueta. Veía la forma de sus pechos y los pezones erectos por el agua fría mientras ella se pasaba la esponja por el cuerpo con movimientos que a su vista eran seductores. Era una visión hermosa que le despertaba un hambre salvaje, una necesidad de entrar allí y tomarla contra los azulejos. Se repetía mentalmente que ella estaba delicada y muy embarazada, pero lejos de apagar su fuego, ese estado le despertaba un nuevo morbo. Ansiaba ver cómo su vientre se abultaba y cómo se vería ella, pesada y fértil, montándolo a horcajadas.
—Me voy a la empresa. Si sales de la mansión, llama al chófer, estará a tu disposición para lo que necesites, y tienes mi tarjeta para lo que sea que desees —avisó con esa voz grave que retumbaba en las paredes del baño.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Atada a un Hombre Mayor