Angélica entró en la habitación justo cuando Emma salía del cuarto de baño, envuelta en una bata de seda blanca que acentuaba su palidez. La mujer colocó la charola con los alimentos sobre la mesa y con una suavidad que Emma no recordaba haber recibido en años, su madre la guio hacia el tocador y comenzó a secarle el cabello con una toalla pequeña. El ambiente en el cuarto era cálido, y por un momento, las asperezas del pasado parecieron romperse bajo el rítmico movimiento del cepillo. Angélica la ayudó a colocarse un vestido holgado de algodón, tratándola con una atención minuciosa, casi como si fuera una muñeca de porcelana que pudiera romperse al menor contacto. Emma sentía un pequeño pesar en el pecho; una parte de ella aún guardaba un rencor profundo por la forma en que Angélica la había humillado y despreciado cuando supo que su relación con Noah había terminado. Sin embargo, en su estado de vulnerabilidad, no podía negar que necesitaba ese calor de madre, esa sensación de ser cuidada sin tener que dar explicaciones.
—Tienes que alimentarte bien, Emma. Tu abuela te hizo esta sopa especialmente para ti, es tu favorita —dijo Angélica, colocando la charola frente a ella en la pequeña mesa junto a la ventana.
Emma comenzó a comer en silencio, disfrutando del sabor casero que le devolvía un poco de la fuerza que sentía haber perdido en el hospital. Angélica se sentó frente a ella, observándola con una atención protectora mientras le acomodaba un mechón rebelde detrás de la oreja.
—Desde ahora, ni tu abuela ni yo vamos a permitir que nadie más toque tu comida. Nosotras nos encargaremos de cada plato que salga de esa cocina para ti, así que no debes preocuparte por nada de lo que pase allá abajo —aseguró Angélica, bajando la voz como si las paredes de la mansión tuvieran oídos.
Emma asintió, sintiendo un alivio genuino ante la determinación de su madre. Sabía que en esa casa las lealtades eran volubles y que la seguridad absoluta no existía. Angélica aprovechó la cercanía para compartir sus sospechas sobre Mariana, mencionando la forma en que la pelirroja vigilaba cada movimiento y cómo parecía disfrutar de la desgracia ajena. Emma estaba totalmente de acuerdo; Mariana era una perra y la creía capaz de cualquier bajeza para interponerse entre ella y la estabilidad que Benedict le ofrecía. Compartir ese enemigo común parecía haber sellado una tregua temporal entre madre e hija, una alianza nacida de la necesidad de supervivencia en medio del nido de víboras que eran los Campbell.
Una vez que terminó su desayuno, Emma sintió una necesidad imperiosa de tomar aire fresco. A pesar de la orden de reposo, el médico le había permitido caminar tramos cortos, y el jardín de la mansión se veía tentador bajo la luz de la mañana. Se despidió de su madre y bajó con cuidado, buscando el contacto de la naturaleza para calmar la confusión que la cercanía de Benedict le había dejado en el cuerpo.

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