«Se ha vuelto loco»
El pensamiento cruzó la mente de Emma, dejándola paralizada frente a la figura imponente de Benedict. El ruido de la fiesta parecía haberse silenciado ante la magnitud de lo que acababa de proponerle.
—¿Qué clase de broma es esta? ¿Pretende burlarse de mí después de todo lo que he pasado? —preguntó ella, luchando contra las ganas de llorar que le quemaban la garganta. La lluvia amenazaba con caer y el frío empezaba a calar en sus huesos, pero la mirada de Benedict era mucho más gélida. Él encendió un nuevo cigarro y soltó una bocanada de humo, después la observó con una calma que rayaba en lo cruel, sin inmutarse por su indignación.
—Parece que eres tú misma deseas que se burlen de ti, señorita Spencer —respondió Benedict con voz monótona—. Solo piénsalo por un segundo: entrar ahí a gritar que eres la amante de mi sobrino, ¿dónde crees que eso te deja? Porque para el mundo, Noah tiene una relación oficial con Mariana desde hace meses. Y tú solo serás la asistente resentida que intenta arruinar un compromiso de élite. Lo único que ganarás serán burlas y que todos te señalen como una mujer de poca monta.
Emma bajó la vista, viendo de reojo cómo los guardias de seguridad esperaban impacientes una orden para sacarla a rastras. Se sentía pequeña, minúscula ante el poder de los Campbell. Benedict sacó una tarjeta de su bolsillo y se la extendió con un gesto elegante.
—No me des una respuesta ahora. No estás en condiciones. Ve a casa y medítalo —le indicó, antes de llamar con un gesto a su chófer para pedirle que la llevara a su destino. Emma subió al auto de lujo sin fuerzas para protestar. Durante el trayecto, su teléfono vibró; era una notificación de noticias de sociedad. Al abrirla, un vídeo de Noah besando a Mariana frente a las cámaras la golpeó en el pecho. Él anunciaba con una sonrisa radiante que por fin se casaría con la mujer que amaba. Emma soltó un sollozo ahogado, sintiendo una impotencia que no la dejaba respirar. El dolor era tan agudo que sintió que su cuerpo se desmoronaba en el asiento de cuero.
…
La siguiente semana fue un descenso al vacío. Emma se sumergió en una depresión profunda, pasando los días encerrada en el pequeño hotel, moviéndose solo por la inercia de su embarazo. Los pocos alimentos que probaba lo hacía por la vida que crecía en su interior, aunque las náuseas y el desgano la consumían. Además, sus ahorros se esfumaban; no tenía dinero para sobrevivir mucho tiempo sin empleo y la incertidumbre la asfixiaba. Una tarde, salió por algo de comida y regresó cargando una bolsa de papel con lo mínimo indispensable. En ese momento, su teléfono sonó. Era su madre. Emma respondió con la esperanza de escuchar una disculpa, pero la voz de Angélica llegó cargada de una frivolidad que la dejó sin aliento.
—¿Dónde te has metido, Emma? Hay cuentas que pagar y te fuiste sin dejar un centavo en la mesa —le reclamó Angélica, ignorando por completo el estado de su hija—. Necesito que te hagas cargo de la despensa y de los servicios, no puedo estar viviendo de lo que me queda.


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