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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 6

Emma sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Estaba frente al hombre más poderoso que conocía, empapada y humillada, a punto de vender su futuro por una venganza que le pesaba en el alma. Miró a Benedict a los ojos, sintiendo que la verdad le quemaba la garganta. Sabía que lo que estaba por decir podía ser su salvación o su condena definitiva, pero ya no tenía nada que perder. La desesperación la empujó a hablar, con una voz que tembló antes de recuperar una firmeza gélida.

​—Hay algo que debe saber antes de que sigamos con esto —soltó Emma, apretando los puños sobre el regazo—. No puedo darle lo que pide de la forma en que usted cree. Ya estoy embarazada.

​Benedict dejó el vaso sobre la mesa con una lentitud calculada. Su expresión se endureció. La recorrió con la mirada, deteniéndose un segundo en su vientre aún plano, antes de volver a clavar sus ojos grises en los de ella. Emma sostuvo la mirada, esperando el estallido o que simplemente la echara de ahí, pero él se mantuvo impasible, procesando la información. Ella sintió que le costaba tragar saliva ante la intensidad de su atención.

​—¿He escuchado bien? —preguntó Benedict con una voz muy baja. Su mirada se volvió más afilada mientras analizaba las implicaciones—. ¿Quién más sabe esto?

​Emma notó cómo él se ponía más serio, como si el dato fuera un cabo suelto que pudiera arruinarle el plan o jugarle en contra.

​—Nadie —confesó ella. Decirlo en voz alta se sintió como una liberación dolorosa—. Estoy esperando un hijo de Noah. Descubrí la verdad el mismo día que él me echó a la calle. Él no lo sabe, mi madre tampoco. Nadie lo sabe.

​Esperó que Benedict mandara todo al diablo, que se burlara de ella por cargar con el hijo de su sobrino que además parecía ser su enemigo, pero el hombre no se movió. En lugar de eso, se inclinó hacia adelante, invadiendo su espacio de una forma posesiva. La preocupación inicial de Benedict se transformó en una astucia renovada. Para él, lo que parecía un problema resultó ser una ventaja. No es que le disgustara la forma convencional en que se hacían los hijos, y ciertamente Emma era hermosa, pero el hecho de que el heredero ya estuviera en camino aceleraba sus planes de forma drástica.

​—Eso resulta de mucha ayuda, Emma —dijo él, y hubo satisfacción en su tono—. Si nadie lo sabe, entonces ese hijo es mío. Nos casaremos de inmediato y haremos pasar a ese bebé como mi descendiente. Te daré todo lo que necesites durante el embarazo, la mejor atención médica y una vida de lujos. Una vez que el niño nazca, le daré mi apellido y será reconocido ante mi padre como el primer heredero varón. Con eso, la herencia y el mando de la empresa serán míos.

​Emma se quedó quieta, viendo cómo Benedict tejía el destino de su hijo con frialdad. Él no estaba buscando una familia; estaba comprando su ascenso al poder.

​—Una vez que el objetivo esté cumplido y la herencia asegurada, nos divorciaremos —continuó Benedict con voz firme—. Te entregaré una cantidad de dinero lo suficientemente considerable como para que no tengas que preocuparte por trabajar o por tu sustento el resto de tu vida. Serás libre y tendrás estabilidad financiera total. Es un trato, Emma. Yo obtengo mi cargo y tú obtienes tu libertad.

​Benedict no se preocuparía por ella más de lo necesario para cuidar su inversión, y ella no tendría que fingir afecto. Era un trato de negocios perfecto para ambos.

—¿Que pasa si es una niña? —preguntó Emma un poco confundida. Benedict le dedicó una sonrisa ladeada mientras recorría su ropa húmeda con la mirada. Podía notar la forma de sus pezones sobre la tela.

Pensó que siempre podían hacer otro.

—Esperemos que lo sea —manifestó sin dudar.

​—Entonces acepto —respondió Emma—. Me casaré con usted.

No había otra cosa que pudiera hacer, ya no tenía trabajo ni un lugar donde vivir, por las que eso fuera una locura, en este momento no podía darse el lujo de rechazar su oferta. Si lo analizaba con frialdad, ese parecía ser incluso el negocio de su vida. Estaría bien cuidada en el embarazo y una vez que sucediera ese divorcio, no tendría que preocuparse por el sustento de ese bebé que no tenía la culpa de nada.

​Emma tomó la tela suave entre sus dedos, agradeciendo internamente el gesto. Benedict le indicó dónde estaba el baño para que pudiera cambiarse y ella se encerró para deshacerse de la ropa sucia. Cuando salió, vestía solo la playera negra, que le llegaba a medio muslo. Benedict estaba de pie junto al ventanal y se giró para verla. Sus ojos grises la recorrieron con una lentitud que hizo que a Emma se le erizara la piel. Se detuvo en sus piernas, en la curva de sus muslos y en la forma tentadora en que sus pechos marcaban la tela de algodón.

​—Te quedarás aquí —sentenció él, recuperando su tono autoritario—. Es un apartamento que no uso, pero tiene todo lo necesario para que estés cómoda.

​Emma asintió, sintiéndose diminuta bajo su mirada.

​—Gracias, señor Campbell —susurró ella.

​—A partir de ahora, empieza a tutearme —le ordenó él, dando un paso hacia adelante—. Nadie creerá que eres mi mujer y que el hijo que llevas en el vientre lo hice yo si me hablas con esa distancia —manifestó con la mirada sobre su vientre.

Mañana vendré a buscarte temprano; iremos a comprarte ropa y después visitaremos al abogado para acordar las cláusulas de nuestro matrimonio.

​Benedict se acercó más, invadiendo su espacio. Elevó una mano y, con una suavidad que ella no esperaba, acarició su rostro con el dorso de sus dedos. El contacto fue breve pero se sintió intenso. Sin decir nada más, se dio la vuelta y salió del apartamento, dejándola sola en aquella inmensidad de lujo. Emma se quedó mirando la puerta cerrada, consciente de que su vida acababa de dar un giro irreversible.

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